El gran déficit: falta cultura turística

10 Nov 2017

Por el aeropuerto Benjamín Matienzo pasaron el año pasado 670.075 pasajeros. La cifra colocó a Tucumán en el puesto 11, detrás -por ejemplo- de Río Negro, Salta, Neuquén, Tierra del Fuego y Santa Cruz. La multiplicación de vuelos, a partir de la reconfiguración del mercado de la aeronavegación comercial, promete revertir la ecuación. El salto de calidad en lo que a conectividad se refiere es una puerta que se abre. La pregunta es ¿cómo está el interior de la casa para recibir a los visitantes? De esto se ocupa el informe de estrategias para el desarrollo que elaboró el Ente de Turismo, un compendio de ideas para ejecutar en el corto y mediano plazo (2017-2021). Algunos de esos planes están en marcha, otros parecen al alcance de mano y dependen de la decisión política para materializarse, y figuran los que suenan a expresión de deseos. Es clásico en esta clase de trabajos.

Vale subrayar que muchas de estas ideas surgieron de los foros que el Ente organizó por regiones (sur de la provincia, San Miguel de Tucumán, Valle de Choromoro, Yerba Buena y aledaños, y Valles Calchaquíes), con una variopinta selección de invitados. Esas voces, pertenecientes a las comunidades en cuestión, fueron las más indicadas para destacar fortalezas, debilidades y potencial de cada zona. La democratización del debate, tan necesaria -y ausente- en las distintas áreas del Estado legitima los discursos. Después, la viabilidad de lo que se propone y planifica dependerá de la capacidad del funcionario de turno.

En materia de conectividad aérea los deberes se vienen haciendo. La flamante pista posiciona al aeropuerto en un nivel más alto, logro atado a los anuncios sobre la completa refacción de la terminal, que tiene más de 30 años. Hay más rutas, más destinos, más compañías involucradas. Y un dato: en cualquier momento puede concretarse un vuelo directo a San Pablo, lo que significa subirse al más gigantesco de los trampolines de Sudamérica.

El problema es que por tierra las noticias y los turistas viajan a otra velocidad. Hay cuatro objetivos anotados: las autopistas Tucumán-Termas y Tucumán-Rosario de la Frontera, más el ensanche de la ruta 38 hasta la frontera con Catamarca y un enlace práctico y veloz entre las rutas 9 y 157. Son obras tan impactantes como costosas. El tramo Tafí-Amaicha sigue a la espera y mucho más difusa queda la conexión entre San Pedro de Colalao y los Valles por Hualinchay. La sensación es que a Tucumán le está resultando más cómodo el juego aéreo que la pelota del transporte al ras del piso.

El que mucho abarca...

Los productos son muchos y ese es un activo valioso. Pero cuando hay tanto para ofrecer el riesgo pasa por pretender abarcar mucho sin llegar a apretar en el lugar preciso. ¿Qué es Tucumán? Es historia, es campo, es azúcar, es vino, es deporte, es gastronomía, es naturaleza, es artesanía, es limón. Es noche y es cultura. Hay fiestas populares, hay múltiples expresiones de religiosidad. Los turistas -y esto parece una perogrullada, pero está lejos de serlo- no son manadas uniformes que van de acá para allá sacando fotos con un smartphone. Los intereses son distintos y satisfacer cada demanda no es sencillo. Aquí nacen la inteligencia y la creatividad para detectar esas inquietudes. Es el gran desafío que, para Tucumán, tiene la forma de una deuda.

Hay gente que viaja para tirarse en parapente de un cerro, para hacer trekking o para jugar al golf. Otros prefieren internarse en una granja para ordeñar vacas. Hay quienes se deslumbran con las ruinas precolombinas y ven un menhir con el mismo interés que puede generar un moai. Algunos salen a pescar, otros a espiar el comportamiento de las aves, y otros a mirar las estrellas. Están quienes se tiran panza arriba en aguas termales, los que disfrutan comiendo y bebiendo, los que se mezclan en una procesión, los que recorren iglesias, los que fatigan parques nacionales, los que se sacan selfies con la Pachamama. Están los que asisten a toda clase de congresos y se fabrican infinidad de ratos libres para pasear. Y así hasta (casi) el infinito. Para todos y cada uno de ellos no pueden fallar ni la conectividad, ni la información, ni la infraestructura. El turismo es como el fútbol: todos hablan pero son realmente pocos los que saben.

Hasta fines del año pasado la provincia contaba con 10.455 camas. Poco menos de la mitad corresponden a la capital (4.944), seguida por Tafí del Valle (1.838) y San Pedro de Colalao (1.185). En algunas zonas el déficit es notorio: apenas 609 alojamientos contando todos los departamentos del sur. También están en rojo Yerba Buena (399), Amaicha (306) y el resto de las localidades con potencial turístico (¡32 en Raco!). En total Tucumán cuenta con 42 hoteles; lo que se extraña es otra clase de establecimientos. Son contados los hoteles boutique, complejos de cabañas, hosterías, posadas y estancias. A la oferta le falta variedad.

Se viene hablando largo y tendido de lo fundamental que sería contar con un estadio moderno, con un polideportivo y con un centro de convenciones. Nunca está de más recordarlo, porque estas carencias dejan rengo a Tucumán en un amplio espectro de actividades que por ahora miran en otra dirección. A propósito: Argentina, Uruguay y Paraguay son candidatos de fierro a organizar en forma conjunta el Mundial 2030. ¿Interesa aquí? De ser así, ¿no debería estar en marcha ya un grupo de trabajo en esa dirección?

El compendio de estrategias toca infinidad de puntos. Por caso, luce atractiva la propuesta para transformar El Cadillal. Quienes pasaron por Potrero de los Funes, en San Luis, pueden dar fe de lo que puede generarse alrededor de un dique. Pero hay una cuestión de fondo, imprescindible para que cualquier plan funcione, y es generar una cultura turística en la comunidad. Hay iniciativas para avanzar en ese sentido. Porque todo puede lucir muy cómodo, bonito y eficiente, pero el turista destratado no regresa nunca más.

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