Las penosas vicisitudes de afiliados del PAMI

09 Nov 2017 Por LA GACETA

Tras un largo camino de trabajo y esfuerzo, la jubilación debería ser sinónimo de placer, de merecido descanso, de dicha, de nuevos proyectos. Sin embargo, hay motivos que en muchísimos casos impiden ese estado de bienestar, sobre todo cuando se pasa a integrar las filas de los jubilados, cuya mayoría percibe la jubilación mínima que está lejos de la canasta básica, que ronda los $15.000. La vejez es la etapa en que comienza una declinación física, también intelectual - aunque hay muchísimas excepciones- y aparecen con suma frecuencia enfermedades que nos acompañarán hasta el final. Pero la desdicha es mayor cuando se pasa a ser obligadamente afiliado del PAMI, una obra social que yace intervenida desde su nacimiento en 1971.

Nuestra sección Cartas de Lectores es con frecuencia eco de las protestas de sus afiliados que a veces deben atravesar por situaciones dramáticas. En la carta que publicamos ayer un lector, domiciliado en Lules, dijo que va a cumplir tres años de postración, esperando una prótesis. Su salud se agravó casi al 100% debido al tiempo de demora para la cirugía. “Ahora pregunto, señor director del PAMI: ¿cuánto tiempo más cree que puede soportar un afiliado como yo, discapacitado con implantes protésicos en ambas rodillas...? ¿Dónde están mis derechos como afiliado, primero, como discapacitado y, principalmente, como ser humano? El PAMI me condenó a tener una mísera vida, ya que debo depender de otra persona hasta para ir al baño... Ya sufrí bastante y tengo miedo que, al seguir postergándose la operación, me amputen la pierna”, escribió.

En mayo pasado, asumió el director del PAMI local y afirmó que la situación de la obra social que atiende a 160.000 tucumanos, seguía siendo muy crítica y que sólo el control exhaustivo que están realizando, permitirá disminuir el enorme déficit de más del 30% que tiene en la actualidad. Habló de reestructuración, de rearmar los convenios con todos los prestadores y dijo que durante seis años no hubo auditorías. Sobre el crónico mal trato al afiliado, manifestó: “los profesionales de la salud y las clínicas y sanatorios, todos hemos crecido gracias al PAMI. Desde lo humano, lo profesional y hasta económicamente. Pero no tratamos bien a los jubilados de PAMI... hay un fenómeno cultural histórico por el cual se posterga la población del PAMI”. Reconoció que había pacientes postrados desde hacía más de un año porque no les llegaban las prótesis y que a mediados del año próximo los afiliados notarán los beneficios de la actual reestructuración.

Los usuarios del PAMI deben soportar a menudo otras penurias, como tener que esperar tres meses para que un especialista lo atienda y si necesita atención con urgencia debe pagar la consulta al contado y el tratamiento subsiguiente. En el caso de que no tenga el dinero deberá pedir prestado. ¿Quién asume la responsabilidad cuando fallece una persona por falta de atención, provisión de medicamentos, por demoras de prótesis o porque no hay lugar para ellos en los sanatorios? ¿Algún funcionario es castigado? ¿Por qué someter a la humillación y a la desdicha al ciudadano en la última etapa de su vida?

El PAMI ha sido considerado tradicionalmente un botín de guerra para los gobernantes. Quizás estos deberían experimentar en carne propia lo que siente el afiliado para darse un baño de sensibilidad y dar fin a esta eterna situación crítica que padece la obra social más grande del país.

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