Aprender a nadar los hizo más sanos y felices

Ocho clubes y escuelas de natación se reunieron en una jornada de integración social y deportiva. Las historias

09 Nov 2017
Una hora, tres veces a la semana. Es el único tiempo que le dedicaron y bastó para que mejoraran su salud, elevaran su calidad de vida, superaran sus miedos y se integraran con los demás. La natación produce todo eso y mucho más en las personas con discapacidad. Lautaro Córdoba tenía un mes de vida cuando le descubrieron dos perforaciones en el intestino. Lo operaron tres veces en 24 horas. Le quitaron el 50% del intestino. Vivió un año internado en el Hospital Garrahan, de Buenos Aires. Se alimentó hasta los 11 años con sonda nasogástrica. Uno de los médicos que lo atendía en Buenos Aires miró a los ojos al padre de Lautaro, Osvaldo Córdoba, y le dijo: “preguntate por qué tu hijo sigue vivo”.
Lautaro, que ya tiene 21 años, y su padre cuentan la historia desde la pileta de Congreso al 600, donde el fin de semana se realizó una jornada de integración social en la que los participantes nadaron durante 24 horas seguidas. La propuesta fue organizada por la Escuela de Natación Las Focas, a la que concurren personas con y sin discapacidad. Participaron ocho clubes y escuelas, cada una con su objetivo, separadas por sectores. “Aquí hay chicos que nadan 25 metros y otros 5.000. El objetivo es la integración porque la natación es un trampolín para la salud y el deporte”, explica el profesor Pablo Palacios.
La jornada se abrió con la zambullida de dos nadadores, uno de cuatro años y el otro de 74, para demostrar que este deporte no tiene edad. De hecho, a la pileta concurren desde madres con sus bebés de seis meses hasta ancianos con bastón. En el agua las diferencias físicas se anulan y emergen los beneficios, que son tanto físicos como psíquicos. Esta actividad permite que trabajen todos los músculos, y que no se afecten las articulaciones, mejora el buen humor, relaja, abre el apetito, tonifica los músculos e incorpora un aprendizaje que alguna vez puede salvar vidas.
En esta segunda jornada de inclusión social y deportiva de Las Focas, Lautaro Ale, de cinco años, disfruta como otros chicos sin que nada haga pensar que alguna vez estuvo enfermo. Con sus pocos años tiene una larga historia. “A los dos años y medio le diagnosticaron Perthes, un mal que produce necrosis en la cabeza del fémur. Le dolía la cadera, lloraba... Los médicos me decían que era un golpe, no tenían idea... Hasta que llegamos al doctor Carlos Juárez, que nos dio el diagnóstico exacto”, contó Marco Ale, papá de Lautaro.
A medida que avanza el tiempo es menor la probabilidad de recuperación. Por suerte a Lautaro se le manifestó la enfermedad de muy pequeño y ello permitirá que la cabeza del hueso se regenere naturalmente, explicó su padre. “Como mi hijo no puede hacer ninguna actividad de alto impacto durante el proceso de recuperación nos recomendaron la natación. Aquí fue otra cosa. Viene desde los tres años, ya sabe nadar, y lo más importante es que tuvo una recuperación del 75%. Desde que practica natación no tiene más dolores de cadera y tampoco se le junta líquido en la cadera. Además mi señora, que lo acompaña, también hace natación y ya aprendió a nadar, a los 35 años. Yo también, a los 33 años”, celebra Marco.
Valentina tiene 10 años. También está en la pileta. Sus padres,  Patricia y Rubén Ledesma, dicen que la niña se cansó de transpirar con hockey, taekwondo y voley. Nada le gusta tanto como la natación.
Desde el agua, Lautaro Córdoba regala una sonrisa plateada, con sus aparatos de ortodoncia. “Nado para agradecerle a Dios esta oportunidad. El agua me calma y me disminuye los ataques de pánico”, dice el joven, que ya terminó el secundario y ahora quiere ser chef. No necesita que nadie le diga por qué está vivo, él lo sabe: “quiero alentar a la gente a que no se dé por vencida. El deporte ayuda, pero más ayuda Dios”.

Una hora, tres veces a la semana. Es el único tiempo que le dedicaron y bastó para que mejoraran su salud, elevaran su calidad de vida, superaran sus miedos y se integraran con los demás. La natación produce todo eso y mucho más en las personas con discapacidad. Lautaro Córdoba tenía un mes de vida cuando le descubrieron dos perforaciones en el intestino. Lo operaron tres veces en 24 horas. Le quitaron el 50% del intestino. Vivió un año internado en el Hospital Garrahan, de Buenos Aires. Se alimentó hasta los 11 años con sonda nasogástrica. Uno de los médicos que lo atendía en Buenos Aires miró a los ojos al padre de Lautaro, Osvaldo Córdoba, y le dijo: “preguntate por qué tu hijo sigue vivo”.

Lautaro, que ya tiene 21 años, y su padre cuentan la historia desde la pileta de Congreso al 600, donde el fin de semana se realizó una jornada de integración social en la que los participantes nadaron durante 24 horas seguidas. La propuesta fue organizada por la Escuela de Natación Las Focas, a la que concurren personas con y sin discapacidad. Participaron ocho clubes y escuelas, cada una con su objetivo, separadas por sectores. “Aquí hay chicos que nadan 25 metros y otros 5.000. El objetivo es la integración porque la natación es un trampolín para la salud y el deporte”, explica el profesor Pablo Palacios.

La jornada se abrió con la zambullida de dos nadadores, uno de cuatro años y el otro de 74, para demostrar que este deporte no tiene edad. De hecho, a la pileta concurren desde madres con sus bebés de seis meses hasta ancianos con bastón. En el agua las diferencias físicas se anulan y emergen los beneficios, que son tanto físicos como psíquicos. Esta actividad permite que trabajen todos los músculos, y que no se afecten las articulaciones, mejora el buen humor, relaja, abre el apetito, tonifica los músculos e incorpora un aprendizaje que alguna vez puede salvar vidas.

En esta segunda jornada de inclusión social y deportiva de Las Focas, Lautaro Ale, de cinco años, disfruta como otros chicos sin que nada haga pensar que alguna vez estuvo enfermo. Con sus pocos años tiene una larga historia. “A los dos años y medio le diagnosticaron Perthes, un mal que produce necrosis en la cabeza del fémur. Le dolía la cadera, lloraba... Los médicos me decían que era un golpe, no tenían idea... Hasta que llegamos al doctor Carlos Juárez, que nos dio el diagnóstico exacto”, contó Marco Ale, papá de Lautaro.

A medida que avanza el tiempo es menor la probabilidad de recuperación. Por suerte a Lautaro se le manifestó la enfermedad de muy pequeño y ello permitirá que la cabeza del hueso se regenere naturalmente, explicó su padre. “Como mi hijo no puede hacer ninguna actividad de alto impacto durante el proceso de recuperación nos recomendaron la natación. Aquí fue otra cosa. Viene desde los tres años, ya sabe nadar, y lo más importante es que tuvo una recuperación del 75%. Desde que practica natación no tiene más dolores de cadera y tampoco se le junta líquido en la cadera. Además mi señora, que lo acompaña, también hace natación y ya aprendió a nadar, a los 35 años. Yo también, a los 33 años”, celebra Marco.

Valentina tiene 10 años. También está en la pileta. Sus padres, Patricia y Rubén Ledesma, dicen que la niña se cansó de transpirar con hockey, taekwondo y voley. Nada le gusta tanto como la natación.

Desde el agua, Lautaro Córdoba regala una sonrisa plateada, con sus aparatos de ortodoncia. “Nado para agradecerle a Dios esta oportunidad. El agua me calma y me disminuye los ataques de pánico”, dice el joven, que ya terminó el secundario y ahora quiere ser chef. No necesita que nadie le diga por qué está vivo, él lo sabe: “quiero alentar a la gente a que no se dé por vencida. El deporte ayuda, pero más ayuda Dios”.


Comentarios