Incendio en el centro de Tucumán en 1932

06 Nov 2017

Manuel Riva - LA GACETA

Serían las 16.50 cuando los transeúntes que acertaron a pasar por la esquina de las calles Crisóstomo Álvarez y 9 de Julio fueron sorprendidos por la presencia de un hombre que corría desesperadamente abrasado por las llamas. De esta manera nuestro diario presentaba la noticia del incendio de un negocio en pleno centro de la ciudad. Tras el primer impacto que vivieron los ocasionales peatones atendieron al hombre que luego fue llevado a la cercana Asistencia Pública y posteriormente, al hospital Padilla. Finalmente y tras algunos días de agonía, el hombre murió debido a la gravedad de las quemaduras que había sufrido. El negocio soportó daños de cierta consideración pero no fue destruido gracias al rápido accionar de los bomberos, que lograron controlar el fuego rápidamente y evitar que las llamas alcanzaran las propiedades linderas.

El hecho se produjo el 2 de noviembre de 1932 y para nuestro cronista de entonces: hacía mucho tiempo que Tucumán no había registrado un siniestro como el de ayer, ocurrido en una de las calles más centrales de la ciudad y a la hora en que mayores son las actividades cotidianas.

El negocio se ubicaba en la esquina sudoeste donde más de dos décadas después, al promediar la década de 1950 se inauguró el hotel Premier, que aún funciona en el mismo lugar. Los ocasionales testigos no tuvieron tiempo que perder y pese a la impresión que les causó ver al hombre en llamas correr entre ellos en el acto pidieron auxilio, tanto de la Asistencia Pública, de la Policía y del Cuerpo de Bomberos.

Al mismo tiempo que la atención general seguía al hombre en llamas, salieron del negocio: el dueño, José Liebfeld, y una joven que trabajaba en el taller de sombrerería y tintorería convertida en esos instantes en hoguera. La joven empleada era Rosa Pérez, de 17 años que presentaba algunas lesiones por lo que fue llevada al hospital Santillán (centro médico desaparecido y donde ahora funciona la Escuela de la Patria) por el propietario del negocio José Libfeld. Él mismo llevó a su cuñado, el hombre quemado, Juan Oversinger.

El siniestro se produjo, de acuerdo con los testigos e informes aportados, cuando Oversinger estaba traspasando nafta a un depósito de una de las máquinas de la tintorería. El combustible se derramó, corrió por el piso sin ser visto por quien realizaba la operación. Cuando la nafta llegó hasta cerca de otra máquina que se hallaba en funcionamiento, se produjo la inflamación. Un segundo después se producía la catástrofe, indescriptible por la asombrosa rapidez. Las llamas abrasaron a Oversinger y la joven Pérez, que estaba cerca. Las dos víctimas abandonaron el lugar con rapidez y el negocio se convirtió en una pira. La esposa de Libfeld que concurrió cuando el negocio ardía sufrió un desmayo, siendo atendida allí mismo y luego trasladada a su domicilio a pocos metros del lugar.

Los bomberos controlaron las llamas en poco tiempo y para ello: tiraron dos líneas de mangueras para atacar el fuego desde las mismas puertas del negocio en la misma esquina. Las llamas salían por todas las puertas, y un denso humo negro se elevaba a gran altura, dando la sensación de un siniestro de grandes consecuencias. La preocupación era que no se extendieran las llamas a los negocios aledaños y la acción principal fue aislar a esas casas del incendio, para evitar mayores daños. El duro trabajo de los bomberos, que arrojaban agua con gran destreza bañando completo el interior del edificio rindió sus frutos al evitarse que las llamas pasaran a los negocios vecinos y en pocos minutos fueran dominadas por completo. Se evitó que siniestro tuviera mayores proporciones.

La crónica explicaba que entre los negocios vecinos al incendiado: está un taller de vulcanizado, donde ya ocurrió un siniestro casi parecido unos años antes. Al reventar un calentador sufrió quemaduras tan graves el dueño del taller, que falleció pocos días después. Pegado a la vulcanizadora había una fábrica de cepillos de paja y más allá, un almacén. Ante la magnitud inicial del fuego se desató la alarma: Se tiraba la mercadería a la calle y se corría de un lado para el otro sin saber qué hacer para librarse del peligro.

La evaluación del propietario del negocio indicaba que las pérdidas habían superado los 3.000 pesos. Para entender el valor de lo destruido, un sombrero rondaba los 4 pesos, un par de zapatos (de hombre o de mujer) costaba entre ocho y 10 pesos. Las pérdidas fueron, en cierta medida, por el daño que el fuego causó a las maquinarias. Pero también porque se quemaron: la ropa, sombreros, y otras mercaderías que había en los estantes fue inutilizada por completo por el agua.

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