Cambian los gobiernos y los pobres son siempre los mismos

04 Nov 2017
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A este país lo gobiernan los prejuicios y los gobiernos acompañan. No importa qué es lo que haga un presidente, un gobernador o un intendente, si no es del palo está todo mal. O al menos eso nos quieren hacer creer.

Cristina fue, es y será una “yegua chorra”, y Macri fue, es y será un “dictador gato”. Así se expresa la gente en las “democráticas” redes sociales que han empoderado a los gritones violentos y maleducados y han silenciado, más aún, a los respetuosos de los derechos individuales y de las normas básicas de convivencia. Amén de las “tendencias” pagas orquestadas desde el poder.

El problema es que cada gobierno tiene el pueblo que se merece. “Si yo decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”, reconocía Carlos Menem en una de sus célebres frases, emulada hace poco más de un año, palabras más palabras menos, por el presidente Mauricio Macri. “Me encerraban en un manicomio”, le agregó Macri.

No dicen lo que van a hacer. Y cuando lo dicen siempre piden un poco más de esfuerzo y sacrificio. O no dicen lo que realmente hacen o hicieron, como Cristina, que sigue insistiendo que dejó un país sin inflación ni pobreza.

Estamos realmente complicados. Macri tardó dos años en decir lo que realmente quiere hacer. Y tanto esperamos para escuchar que hará lo mismo que los argentinos venimos haciendo hace décadas: patear la pelota hacia adelante. Más ajuste y más endeudamiento para seguir sobreviviendo.

No hay que saber mucho de economía para entender variables básicas de la suma y de la resta.

El dilema no es Cristina o Macri, el problema es Argentina. Hasta que no comprendamos esto, esta bella nación por fuera y nefasta por dentro seguirá siendo una utopía.

Modelos exitosos

En Caral, la segunda civilización más antigua del planeta, descubierta en Perú en 1994, hicieron escaleras de 30 metros de altura, con piedras cortadas a la perfección, y no había ingenieros. También diseñaron un foro acústico, semi sumergido, de una circunferencia perfecta, donde alguien podía silbar y se lo escuchaba a cien metros. Cinco mil años después, aún funcionan estas obras. Hoy muchos ingenieros no podrían hacer ese trabajo.

Tampoco había economistas en Caral y sin embargo la prosperidad de esta cultura es envidiable: agricultura sofisticada con sistemas de riego y terrazas, pesca a gran escala (ballenas y tiburones) y arquitectura de avanzada. En Caral había gente poderosa y rica, pero no había pobres, la clave para que cualquier modelo de sociedad sea sustentable. Todos tenían vivienda y alimento de sobra.

Así como no hacen falta ingenieros para construir pirámides ni economistas para eliminar la pobreza, no hay que doctorarse en Harvard para poder mentirle a la gente.

Aquí, en Tucumán, con una tormenta se cayeron 12 puentes diseñados por soberbios ingenieros. No pedimos que duren cinco mil años pero…

Lo que sí es probable es que en Caral no hayan conocido los sobreprecios, la mezquindad de los materiales, las adjudicaciones directas, entre otros menesteres de la obra pública actual.

Dos siglos en rojo

Este es un país deficitario, lo sabe todo el mundo, desde hace más o menos 200 años. Decir que al déficit fiscal producto del gasto social lo inventó el peronismo es una falacia instalada por el antiperonismo que no ayuda en nada a solucionar el problema de fondo. Como siempre se enseña, para solucionar un problema primero hay que reconocerlo. Y si siguen insistiendo con que la culpa de todos los males argentinos es del peronismo, vamos a seguir tomando la medicina equivocada.

En todo caso el peronismo es un emergente de profundas inequidades e injusticias que arrastra la Argentina desde sus días fundacionales.

Tres de cada diez argentinos son pobres. Índice que sube o baja un poco, de acuerdo a contextos socioeconómicos puntuales, pero que más o menos se mantiene desde hace dos siglos.

Sucede que hace 100 años no se consideraba pobre a una persona que hoy sí se encuadra en la pobreza. A menores expectativas, menores decepciones, pero ese es otro tema.

Era normal que los hijos de un campesino cenaran una taza de mate cocido. “Pobreza digna”, le decían. Hoy sabemos que eso es pobreza a secas. Y ninguna pobreza es digna, porque esa es otra gran mentira de la clase media negadora.

Con un 30% de argentinos pobres y un 10% de argentinos que acumula el 60% de la riqueza, un país no puede no ser otra cosa que deficitario. Salvo que se decida ir a una guerra civil. Y a esta opción ya la conocimos, varias veces.

En Argentina el déficit que genera la inequidad social se financia siempre de la misma forma: emitimos dinero sin respaldo o nos endeudamos.

Cristina imprimía billetes y Macri trae billetes de afuera. Idéntica bicicleta, sólo que una crea deuda interna y la otra, externa.

Para ser más gráficos. Argentina es una olla a presión con la hornalla al máximo y cada tanto (más o menos diez años) hay que levantarle la tapa para que no explote.

El último que destapó la olla fue Eduardo Duhalde. Ya lo había hecho Menem una década antes. Cuando la presión baja lo primero que ocurre es que la olla no explota. Después la volvemos a tapar. La pobreza es como el vapor caliente, sube y baja a medida que aumenta la presión.

La tercera pata renga

En la misma olla está la Justicia, a la que le ponen y le sacan la tapa según convenga. O alguien con sentido común ¿realmente puede creer que los mismos jueces que están clavados en su silla hace 20 años de golpe ahora se despertaron justos?

La Justicia es la tercera pata corta que hace que esta república tambalee. Porque supongamos que por obra y gracia del Espíritu Santo de repente la Justicia amaneció eficiente y empezó a investigar la corrupción y a encarcelar corruptos.

También queremos saber quiénes son los empresarios que le llenaron los bolsos de plata a los López, a los De Vido, a los Boudou y demás secuaces. Estos nombres, que no se conocerán nunca, son los verdaderos jefes de los jueces.

Lo advirtió hace días en el diario La Nación el periodista Joaquín Morales Solá: “Nada indica que (Macri) haya podido deshilvanar al poder oscuro que cada tanto lo acorrala. Es un poder formado por las viejas cloacas de los servicios de inteligencia, por los policías corruptos, por la política embustera y por el narcotráfico que penetró en el Estado y en la política. Terminar con ese Estado dentro del Estado, y fuera de él, es ahora el trazo de historia que al Presidente le falta escribir.”

Porque son los amigos del blanqueo de capitales los que tienen 400.000 millones de dólares depositados en el exterior. Lo dijo Elisa Carrió, no Guillermo Moreno. Evasores y estafadores de cabo a rabo. Dinero en negro, no tributado, blanqueos de la droga, de las coimas, de adjudicaciones directas y de obras que nunca se hicieron.

Si a José López le pagaron 10 millones en coimas quiere decir que hay otro que ganó 100 millones por izquierda. Matemática simple.

Del campo a la ciudad

La derecha ortodoxa pretende que Macri elimine todos los subsidios y planes sociales, algo socialmente inviable. Hace 100 años hubiera sido posible, sin derechos laborales y civiles.

Se cree erróneamente que los pobres son personas que abandonaron el campo, “vagos que no quieren laburar”, para amontonarse en cordones marginales a la vuelta de las grandes ciudades. Lo cierto es que esa gente vivía y vive en condiciones de explotación extrema en el campo, de esclavitud, y migra a las ciudades en busca de una vida mejor.

Cien pesos por jornada cobra un cosechador de limones. La industria estrella y modelo de Tucumán, que exporta a todo el mundo, y que pretende dar cátedra de responsabilidad empresaria y negocios sustentables. Emplea a personas que si trabajan todos los días, sin descansar uno solo, ganarán 3.000 pesos por mes. Esa es la pobreza digna del campo.

Por eso decíamos al comienzo que la grieta es eso que “nos quieren hacer creer”. Cada gobierno en Argentina, sin excepción, culpa a la pesada herencia. Alfonsín a la dictadura, Menem a Alfonsín, De la Rúa a Menem, Kirchner a De la Rúa y Macri al kirchnerismo.

Cuando Cristina ya no pudo responsabilizar por todo al colapso de 2001 empezó a esconder los números en rojo. Y a mentir.

Nos preguntamos, ¿hasta cuándo Macri podrá sostener su discurso apoyado en el desastre que heredó del kirchnerismo?

Las inversiones no llegan (¿quién querría invertir en Argentina si hay países fiscalmente mucho más viables y rentables?); el consumo interno ya demostró que no alcanza y el gasto social no puede más que aumentar a la par de la pobreza.

¿Cómo podría Argentina ser más competitiva? ¿Eliminando sindicatos y explotando niños en las fábricas, como hacen en Asia?

Por más optimismo que le inyecte el publicista Jaime Durán Barba a la marquesina de Cambiemos el futuro es muy complicado.

Si el único plan para derrotar a la pobreza es la inversión privada, entonces es cuestión de sentarse a esperar, como otras veces, a ver quién será el próximo que destape la olla antes de que explote.

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