Juan Sasturain: “No en vano nací en agosto del 45”

Acaba de publicar Cuentos reunidos, libro que perfila al mejor Sasturain: aquel escritor que, como un inventor plural, exhibe la exquisita esgrima del cuento y le da un toque original a través del humor. Aquí habla sobre el libro, el género, sus influencias. Y sobre política. Acerca del peronismo, que aparece en muchos de sus cuentos, y también se refiere al proceso actual. “Vivo el presente como un momento de peligroso retroceso”, afirma

05 Nov 2017
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Por Fabián Soberón - Para LA GACETA - Buenos Aires

La diversidad de estéticas en los cuentos de Juan Sasturain hace pensar en una envidiable ductilidad para la escritura, y, también, en un oficio consumado. Es decir, en un manejo de las técnicas y estrategias narrativas que asombra. Esto nos puede llevar a pensar que su escritura está más allá de las etiquetas (o de ciertas clasificaciones) o que no pone al estilo como centro neurálgico de la escritura literaria. Se trata, entonces, del proyecto literario de un escritor inclasificable. En los Cuentos reunidos, desfilan las diversas y osadas facetas de una prosa múltiple: el humor como cross a la mandíbula, la cita sesgada, la reescritura imaginaria, los giros narrativos impensados, los homenajes encubiertos.

- Lo primero que llama la atención en el libro es la coexistencia de una diversidad de poéticas: cuentos sobre fútbol, cuentos que se demoran en el pasado argentino, reescrituras, cuentos que podríamos considerar realistas, cuentos filosóficos (como Balmaceda y las Beatrices), cuentos políticos (como La mujer ducha). ¿Por qué crees que surge esa diversidad? O, ¿por qué te interesa la diversidad?

- Podría decir que la diversidad proviene sobre todo de su carácter ocasional (coyunturas histórico-biográficas, soportes predeterminados, circunstancias puntuales de lectura y escritura) y sería cierto, porque siempre he escrito y escribo situado, parado en algún lugar en tiempo y espacio que se hace sentir como contexto asumido (el momento y el medio); pero no es sólo eso. Tal vez el dato relevante sea que nunca “escribí un libro de cuentos” sino que escribí cuentos o relatos que terminaron reunidos, a veces mucho después en el tiempo, en un libro. El prólogo de La mujer ducha -faulknerianamente titulado Estos trece- hace referencia a esa circunstancia. Pero el modo cómo esos cuentos / relatos heterogéneos en más de un sentido han sido agrupados por secciones o series, tanto en Zenitram como en La mujer ducha y en El caso Yotivenko, sí echa un poco de luz al respecto de esa cuestión. De todos modos, me parecen más relevantes otros datos que pueden subrayar la continuidad, las recurrencias: la aventura como peripecia existencial; la incidencia de lo leído en lo escrito; la importancia como disparador de la acción del personaje puesto en situación antes que la trama predeterminada; el uso libre pero riguroso, consciente y abierto de los diferentes registros del habla, lo alto y lo bajo, el cruce de discursos; la Historia y la literatura como medios ineludibles de referencia constante; el humor y la ironía, y el juego como actitud / aptitud en todos los sentidos. Una espontaneidad razonada -que asume y procesa a Borges y Oesterheld, Onetti y Fontanarrosa sin beneficio de inventario- desplegada como reaseguro contra la solemnidad.

- Si simplificamos y reducimos las formas de pensar el cuento, podríamos decir que existen dos estéticas: el cuento como una máquina perfecta, cerrada (cuento clásico), y el cuento como un espacio de confabulación, paranoia y decadentismo (cuento moderno norteamericano). ¿Con cuál de estas concepciones te sentís más cómodo?

- Sin duda que mis relatos pertenecen al amplio campo que habilita la segunda opción narrativa: entre otras varias influencias que trascienden lo estrictamente literario y pasan por la historieta y el cine de género, el peso de los narradores norteamericanos de la primera mitad del siglo xx es una marca generacional para quienes comenzamos a escribir / publicar en los 70. Mi modelo de un cuento envidiable puede ser Un lugar limpio y bien iluminado de Hemingway, Un hombre bueno es difícil de encontrar de Flannery O’Connor, Te estaré esperando de Chandler o El hombre que ríe de Salinger. Pero también James Thurber o Ring Landner. Que siempre estén Borges, Felisberto, Walsh o Morosoli no implica contradicción.

- El peronismo aparece como problema en varios cuentos. ¿Dirías que la literatura (y los cuentos) tienen una función política?

- No en vano nací en agosto del 45, no es casual que mi viejo haya sido cesanteado de su trabajo de empleado bancario por haber adherido “al régimen depuesto”, no es casual que me haya tocado pertenecer a la generación de los “únicos privilegiados” –ser pibe en los 50- y ser universitario en los sesenta, cuando se produce la radicalización y “peronización” de gran parte del estudiantado durante los años de proscripción. En lo personal, no adherí al más o menos solapado soberbio enfrentamiento de Montoneros con Perón, pero después de su muerte –ahí se acabó todo- padecí a la Triple A como el que más o que menos. Visto en perspectiva, aunque tuvimos la suerte de perder con Alfonsín (la gente eligió bien), tuvieron que pasar los 80 para que recién con el indulto menemista decidiera bajarme del peronismo como rótulo, como marca electoral, sin renunciar a mis convicciones antiliberales en lo económico y nacionales y populares en lo político: supongo que en el pensamiento y la acción de Jauretche y de gente como Salvador Ferla me identifico plenamente. Así, del mismo modo que he sido antimenemista militante adherí a las políticas de Estado y a las propuestas de gobierno –con todos sus claroscuros- de Néstor y de Cristina Kirchner, y vivo el presente como un momento de peligroso retroceso y ciega adhesión a principios político económicos y prácticas de gobierno que -en un contexto democrático- evocan a la ominosa Dictadura. Tal vez por todo esto, el peronismo (o la política a secas) atraviesa como una presencia a veces explícita a veces tácita, como un marco de referencia –del mismo modo que pueden estar Borges y Oesterheld en la escritura y el imaginario- de casi todo lo que he escrito. Debe ser en los poemas reunidos en El versero (1976-2016) donde el peso de lo político-partidario queda más explícitamente registrado. Lo último: para muchos de mi generación, en la acción política, en la militancia más o menos inorgánica en mi caso –más que en ninguna otra actividad- residía la posibilidad de “darle un sentido” a tu vida. Y la literatura no estaba por delante ni detrás de esa zanahoria existencial sino que era una parte de un gesto mayor que le daba sentido.

- A veces tengo la impresión de que una zona de tus cuentos surgen de la confluencia de dos amores, dos modos distintos de pensar la realidad y la literatura. Por un lado, hay un afán obsesivo y exquisito en relación con el adjetivo y la reescritura. Por otro lado, está la cuestión de los mundos sórdidos relacionados con el policial y con cierta zona del realismo norteamericano. En este sentido, podría decirse que algunos de tus cuentos son un cruce de Borges con Arlt o de Borges con Hammett. Esta combinación nos puede llevar a Piglia, por ejemplo. Y no es casual, en ese caso, que uno de tus cuentos sea una versión de uno de los mejores cuentos de Piglia: El fin del viaje.

- Siempre hay conciencia de la construcción elaborada de una escritura, de la tarea de torcer, iluminar cada vez, la opacidad del lenguaje para que vuelva a decir -de otra manera- lo que ya ha dicho antes. La literatura es cosa escrita: ni ideas ni historias ni personajes (aunque también, claro) sino definitivamente texto, escritura. Es decir: Onetti y no Vargas Llosa. Borges y no Sábato. Qué duda cabe. Por eso, leemos / amamos a escritores más que a determinados géneros, temas o modalidades narrativas. El ejemplo es el policial: no soy lector de género sino lector de Hammett, Chandler, Goodis, Thompson, Cain… Escritores, independientemente de lo que narren, del territorio que hayan elegido para contar. Y lo mismo en cuanto a los temas, la materia narrativa: en mi caso, materiales usados, pasados por los medios, provenientes de la cultura popular más o menos transitada, y el reiterado –lo veo ahora- recurso de la devaluada Aventura como esquema de construcción. Y con respecto al peso de la literariedad -lo específico que hace a la condición de un texto literario- siento mi recelo a los extremos. Si me parece tonto y mentiroso el imperativo “ideológico” de “contar una historia” sin atender al cómo, responsable de tantas trivialidades chatas y bienvendibles, hay veces, en el caso de Piglia, maestro, como en Saer o Cohen por ejemplo -todos escritores genuinos, poderosos, admirables- en que hay un cierto pudor ante la posibilidad del relato, una rienda corta que, desde la teoría que vigila de reojo, hace que el procedimiento, el dispositivo literario quede muy adelante, el recelo se imponga sobre la felicidad de la narración. Yo reconozco que me quedo (vulgarmente, digamos) de este lado. Por eso me identifico, en mi práctica, acaso más con libres contadores tan virtuosos como ellos e igualmente conscientes de su instrumento, escritores deslumbrantes como Felisberto o Morosoli o Bioy o Belgrano Rawson –cada uno en lo suyo, bien diferentes- en que la maestría, la destreza si se quiere artesanal, la locura domesticada y el misterio entrevisto no te dejan jamás afuera. Y son infinitos (con “mundos” chicos o grandes) en el sentido de siempre revisitables, pletóricos de sentidos multiplicados. Creo que una novela desaforada / descontrolada como Dudoso Noriega resulta si no ejemplar -en sentido modélico- al menos representativa de algunas de mis nunca sistematizadas convicciones y prácticas como narrador. Y esa primitiva versión trucha de El fin del viaje, un ejercicio de los que más disfruto, sin necesidad de establecer un paradigma teórico que lo justifique.

- Los cuentos de De las Escrituras podrían pensarse como una versión Sasturain (con humor) de una posible “historia universal de la Infamia” de la antigüedad. Es decir, como cuentos trabajados con el método de la reescritura a lo Marcel Schwob, pero con un humor muy Sasturain. Asimismo, en tus cuentos hay una zona vinculada a la osadía, la exageración, el exabrupto, el arte de la invención. Está en Los galochas pero aparece diseminada en los cuentos más sasturainianos.

- Me gusta o me ha resultado cómodo trabajar a partir de relatos seriados, disparados / agrupados por un factor común. Si hay, como está dicho, muchos cuentos (y novelas) que se desarrollan libremente a partir de un personaje marcado por la revelación de una extraña condición -Zenitram, el pibe de Parecido S.A., Pirovano, el de La lucha continúa y otros- o por descubrirse obsedidos por una intuición aparentemente reveladora que suele resultar patética o grotesca -Campitos, el mismo jubilado Etchenike, San Jodete, el profesor Balmaceda, El general Rosca o Nick Frascara, entre tantos-; si hay muchos relatos que parten de situaciones así, hay otros en que -como en la serie de Soler o las variaciones sobre las Escrituras o los mismísimos Galochas- el molde es más estricto, el armazón más grosero, casi un desafío a la fertilidad de la imaginación para agotar las posibilidades dentro de un marco sólo en apariencia limitante. Es cierto: como en el caso de las memorables Historia universal de la infamia o de las Vidas imaginarias, se trata de ejercicios de equívoca timidez: variaciones, comentarios al margen, apuntes laterales, catálogos con un núcleo narrativo que no se asume como cuento o relato en sentido pleno sino como forma alevosamente menor. Así, las Escrituras funcionan, como la Historia Nacional, de repertorio de personajes y situaciones dadas cuya carga de sentido previa opera sobre la complicidad del lector para invitarlo a mirar de nuevo lo que se supone que ya sabe. Es una operación borgeana, claro que sí. Por otra parte, si Soler es la rutina vital –es el que por definición “solía”- puesta en amable examen descriptivo de avatares personales varios, los fantásticos, pueriles habitantes de las fuentes del Orinoco son el pretexto para el apunte irónico sobre la vida social. Como Los Papalagi o los liliputienses del terrible deán, los excesivos y nunca trágicos galochas operan como espejo deformante.

- Luis Chitarroni sostiene que la fuente última de tu estética es la infancia. ¿Qué pensas de esta hipótesis?

- El infalible James Barrie decía que todo lo que vale la pena de ser consignado y tenido en cuenta raramente sucede más allá de los doce años. Se trata entonces de saber qué (poder) hacer con eso. Un tonto concepto de madurez mal entendida reduce el tráfico con el mundo de la infancia a la equívoca nostalgia, a la tramposa idealización o al criptograma freudiano. Si el corte / el paso está dado por la conciencia de la muerte y la consabida caída en el tiempo, toda la equívoca sabiduría que nos es posible, si no alcanzar al menos intuir, consiste en vivir cada día abiertos a la maravilla, como si fuera el primero, y no entorpecidos en la alienación competitiva como si fuera el último. Ésa es la única y auténtica humana madurez. No estaría mal si algo de ese gesto / actitud queda residualmente depositado en lo que nos toca escribir. Digo yo.

© LA GACETA

PERFIL

Juan Sasturain es escritor, periodista y guionista de historietas. Escribe en medios gráficos desde hace más de 40 años. Ha publicado una decena de novelas, cuatro volúmenes de relatos, y otros tantos de ensayos sobre el mundo del fútbol, el cómic y el humor gráfico. En los últimos años, sus programas televisivos han obtenido premios, el favor del público y de la crítica.

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