El toque excesivo de bocina perjudica la salud

01 Nov 2017

Una bocina insistente en el microcentro, en las horas pico, seguramente desencadena una mezcla de ansiedad, impaciencia, falta de respeto por los otros -equivalente a ignorancia cívica-, intolerancia y agresividad. Difícilmente, el semáforo cambie de luz o el auto detenido adelante del propio logre avanzar en un embotellamiento. Esta irascibilidad o prepotencia sonora de una buena parte de los conductores afecta, por cierto, a los transeúntes y los habitantes de casas y edificios, o a los comercios.

Hace casi 51 años, San Miguel de Tucumán no sufría el acoso de un parque automotor desmadrado, sin embargo, las autoridades pensaron entonces que era necesario proteger la salud ciudadana de los transgresores. Durante la intendencia de Roberto Avellaneda, entró en vigencia en diciembre de 1966 la ordenanza N° 661 sobre ruidos molestos, en cuyo artículo 5° se prohibía el toque de bocina durante las 24 horas y esta sólo podía justificarse en forma excepcional para evitar accidentes; se exceptuaba a ambulancias, bomberos y la policía, que en casos de urgencia podían usar la sirena moderadamente. La norma, que también se refería a otros ruidos molestos, se respetó durante varios años hasta que poco a poco la costumbre se fue relajando. En 1978 volvió a prescribirse la prohibición de ruidos innecesarios o excesivos originados por vehículos.

En los años ‘90, los bocinazos sobresaltaron nuevamente la ciudad. En julio de 1996, la Municipalidad recordó que seguía vigente la ordenanza 266/78. Sin embargo, en los años subsiguientes no se aplicaron sanciones a los transgresores y la norma fue cayendo en desuso para detrimento de del resto de los ciudadanos que deben soportar las agresiones sonoras.

Cualquier persona que camine por el centro en las horas pico padecerá la embestida ruidosa, por ejemplo, en la esquina de 24 de Septiembre con Salta y Jujuy, en Córdoba y Virgen de La Merced; en la calle Monteagudo, entre 24 de Septiembre y Santiago del Estero, o en la General Paz, entre Jujuy y Entre Ríos, en Ayacucho, entre Las Piedras y San Martín. A esta estridencia se suman por unas horas las caravanas de estudiantes que recorren Barrio Norte, especialmente por la 25 de Mayo, para promocionar sus fiestas.

La Organización Mundial de la Salud indica que lo máximo que puede soportar un ser humano en materia de ruidos son 70 decibeles (dB). A partir de allí y hasta los 80, pueden producirse daños físicos y emocionales. Por ejemplo, 90 dB es el sonido de las sirenas de ambulancias; 100 dB produce el motor de un ómnibus en mal estado al frenar, y el martillo mecánico; 110 dB soporta quien baila en un boliche o los que emite una moto; 120 dB generan los parlantes traseros de un automóvil a alto volumen; 130 dB produce un trueno, a 600 metros a la redonda y 140 dB produce un jet antes de despegar.

Sería importante que la Municipalidad se ocupara de desterrar este estruendoso problema; tal vez se necesite una nueva normativa que contemple sanciones onerosas, pero luego el desafío será controlar con perseverancia y hacerla cumplir, que es lo que más le cuesta al Estado en casi todos los órdenes. Hace cinco décadas se consiguió que se respetara la ordenanza; para las autoridades actuales sería un verdadero reto lograr lo mismo que con tanta eficacia hicieron sus antecesores.

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