La emotiva despedida a 32 años de tradición del bar Lisandro

La fonda cultural formó parte de almuerzos y cenas de los tucumanos desde 1985. La última jornada de trabajo tuvo mucho de nostalgia.

01 Nov 2017

Habían dormido poco, como todos los días desde hace más de 30 años. Pero esta vez el desvelo los tuvo a ellos como protagonistas y agasajados, la versión opuesta de la novela que habían escrito durante décadas. El lunes a la noche, un grupo de amigos, esos de las largas tertulias en el restaurante de 25 de Mayo 453, cerraron virtualmente las persianas con bombo y guitarra. Y ayer, el último día del mes, Lisandro apagó las luces de una etapa que para miles de tucumanos será inolvidable.





Misión cumplida. Esa era la sensación que se percibía entre las paredes borravino tapizadas de fotos familiares, de compañías artísticas que viajaban como por un túnel desde los escenarios hasta las mesas de la fonda cultural. “Nosotros nunca planeamos esto. Pusimos un bar y se terminó convirtiendo en un lugar de encuentro, de charlas, de música, de debate, familiar, de parejas que se conocieron en estas mesas. Durante octubre, desde que anunciamos el cierre, nos dimos cuenta realmente de todos los amigos que cosechamos, del cariño que nos tiene la gente”, dice Margot Obeid, una madre para numerosos clientes y para varios empleados que pasaron por Lisandro.

El secreto no es ningún secreto. Margot y Carlos Estévez, su marido, le pusieron literalmente el cuerpo al emprendimiento. Y es por eso que necesitan ponerle un final: para descansar, para dedicarse a su salud y a su familia. “Acá me di cuenta de la diferencia entre ser empresario y ser bolichero. Nosotros somos bolicheros. El empresario tiene sus encargados, delega todo lo que puede, controla desde lejos. Los bolicheros estamos, trabajamos al lado del personal, conversamos con los clientes. Y eso es algo que no podemos sostener más”, apunta Carlos, dando a entender que no hay manera de que Lisandro siga siendo Lisandro sin ellos dos detrás del mostrador o en la cocina.

Ayer, en el último día, Margot repitió el ritual de ir a primera hora al Mercofrut. Un poco para hacer las compras en persona, como siempre, y otro poco para despedirse de los changarines con los cuales se entabló una relación, aunque no hayan visitado nunca el boliche ubicado frente a la Facultad de Derecho. “No sé qué haremos mañana (por hoy), no me imagino. Lo único que pienso es que vamos a dar vueltas como locos en la casa para bajar la ansiedad”, bromea.

Al mediodía abrieron las puertas esperando una catarata de comensales dispuestos a despedirse con el paladar y con la vista de Lisandro. Los mozos y cocineros andaban a paso lento, con más nostalgia que aflicción por el trabajo. “Quién sabe, algo va a surgir, dicen que lo van a alquilar al local para otro restaurante. Si no, tendremos que buscar otra cosa. Yo estoy tranquila”, confiesa con timidez Elisabeth Cuello, empleada desde hace 21 años en la cocina. Ingresó cuando tenía 17, sabía poco, pero necesitaba criar a su bebé. “Doña Margot nos crió a todos nosotros”, agradece.

Alrededor de las 13 empezaron a llegar los comensales. Mesas de una persona que después se transformaban en grupos, chicos que lo adoptaron como tradición con sus padres o no, amigos de la casa que llegaban simplemente a saludar. Margot, a ellos, los recibía con las mismas palabras: “estoy deshidratada de llorar”.

> Los últimos brindis

El sabor de la facultad.- Temprano, primero entre los primeros, llegó Juan Arena a ocupar una mesa y comer el último sánguche de milanesa con la firma de Lisandro. En 1986, cuando el bar había abierto hacía menos de un año, él comenzaba la carrera en la Facultad de Derecho. “Miles de veces comí acá en aquella época. Acá hacíamos todo: estudiar, política, la previa antes de salir a bailar, ponernos de novios...”, cuenta. Carlos y Margot, que siempre tuvieron un aprecio especial por los estudiantes, les fiaban cuando tenían los bolsillos secos. “Hoy me esperaban a comer en casa pero dije que tenía unas cosas que hacer. Era esto: venir a despedirme de este lugar, con un sánguche y una cerveza”, confiesa Juan. Más tarde se le sumó un amigo, con el mismo plan. El sánguche se convirtió en uno y medio.

Amiga, moza y clienta.- Gaby Pani (30 años -foto a la derecha-) integra la camada de jóvenes fanáticos de Lisandro. Es amiga de la familia, en alguna época trabajó como moza y pasó a ser clienta fiel. “Siempre pedí lo mismo: arroz con pollo. Es mi plato favorito de Lisandro”, dijo Gaby, sentada en la barra.

“Se merecen un descanso, han trabajado mucho”.-Con una nostalgia anticipada, pero comprensiva con la necesidad de descansar de los dueños del boliche, “Chichí” de Curia se acercó a saludar y a llevarse dos milanesas a la napolitana para su hijo, Gerardo. “Nos conocimos en Simoca, cuando ellos tenían el bar ahí. Las dos familias nos vinimos a la capital y nosotros íbamos a comer a Napoleón, cuando estaba en el mercadito del barrio Jardín. Me entristece este cierre, pero me alegra al mismo tiempo, porque necesitan descansar. Han trabajado muchísimo”, comentó “Chichí”.

Jubilado.- Oscar Carrizo (75) es uno de los tres empleados que se jubilaron trabajando en Lisandro en sus 32 años de vida. Ayer también pasó a saludar. “Esto ha sido una familia siempre, el hogar de todos los que trabajamos alguna vez acá”, destacó.

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