Elecciones 2017: las trans piden más derechos y que no las discriminen

En Tucumán se realizaron 457 cambios de identidad desde la sanción de la Ley de Identidad de Género. A pesar de algunas conquistas, las personas trans denuncian que viven presas de una sociedad machista

23 Oct 2017 Por Martín Dzienczarski
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DECEPCIONADA. Jaqui llegó hasta la mesa en la que votaba, pero finalmente decidió no sufragar; pidió más derechos y que la sociedad deje de discriminar. LA GACETA / FOTOS DE DIEGO ARÁOZ

Entró arreglada a la escuela Bernabé Aráoz y la mayoría de las miradas masculinas la siguieron. Todas intimidantes. Jaqui se acercó a la mesa 382 y preguntó si figuraba en el padrón. “José Ponce”, leyó respetuosa y en voz baja la presidenta de mesa, y les dijo a los fiscales el orden en la planilla. Pelo rubio, labios de negro, un metro con setenta y cinco, brazos delgados pero musculosos y un vaso de aceite de avión en cada nalga. Jaqui es José Ponce. José Ponce es la Jaqui. Un par de tatuajes en el cuerpo y una M en el pómulo izquierdo. Un relámpago pasó por sus ojos. Guardó el DNI y salió. “La cantidad de punteros que había en el pasillo me asqueó”, se excusó la mujer trans. Y deseó: “hoy (por ayer) se supone que somos todos iguales: vale lo mismo el voto del más rico y del más pobre. Ojalá el resto del tiempo seamos iguales, tengamos derechos y no nos discriminen”.

La discriminación es la que hizo que Jaqui dejara de votar. “La primera vez que voté fue tan feo, te miraban de todos lados. Escuchaba que gritaban por lo bajo ‘puto, putito’ o ‘correte puto de mierda’. Ahora me miraron mal pero los del barrio sí me saludaron. Me gané mi lugar porque me discriminaban”, narró la vecina de La Costanera. Se estremeció cuando volvía al barrio: pasó por la vereda de la Comisaría 11. Su amiga Ayelén Gómez (fue encontrada muerta en agosto), denunció que policías de ése destacamento la habían violado. Su crimen aún no se esclareció.

Claudinna Rukona, Mahia Moyano, Iara Briana Álvarez y Gabriela de la Rosa integrantes de la agrupación Libertad y Orgullo Trans Organizado (LOTO), explicaron que la discriminación y las situaciones de violencia son una constante en la vida de las personas trans. Reconocieron que gracias a que las mesas son mixtas y a la ley de Identidad de Género sufragar es más amable, pero que la situación continúa crítica. Las militantes explicaron que en el país no existen datos certeros de la cantidad de mujeres y varones trans. Carolina Bidegorry, directora del Registro Civil, afirmó que en la provincia se registraron 457 cambios de género entre junio de 2012 y el 17 de octubre de este año. “Si te discriminan cuando estas en la calle o cuando vas al médico, por qué sería distinto cuando hay elecciones. Lo que necesitamos es que nos traten como seres humanos, necesitamos derechos”, explicó Rukone. Según un informe de 2014 de la Defensoría del Pueblo porteña junto con organizaciones sociales, la expectativa de vida trans en el país es de 35 a 40 años, en línea con las estimaciones en Latinoamérica.

Jaqui forma parte del universo que no realizó el cambio de identidad. Como integra una cooperativa del programa Argentina Trabaja, teme que los trámites administrativos hagan que deje de cobrar el sueldo unos meses. “Si no alcanza para vivir, imaginate que voy a resignar el sueldo”, dijo.

Dejó la primaria en tercer grado por la discriminación de sus compañeros y de algunos directivos. Le gustaba vestirse con la ropa de sus primas. No se cambió y su padre la descubrió. Comenzaron las palizas. Fue a vivir a la casa de su abuela Francisca. Ella falleció al par de años y Jaqui fue a la calle. Se fue a vivir a Los Vázquez, cuando todavía funcionaba ahí el basurero oficial de la capital. A los 10 comenzó a aspirar poxi-ran. Luego vino el paco. “La primera vez mi papá me pegó malamente y me defendió mi abuela. Para poder sentirme cómoda tenía que esconderme. Cuando se enteraba ya era la paliza. Cuando falleció mi abuela decidí agarrar la calle. Era más feliz en la calle que con mi propia familia”.

A finales de los 90 se encontró con su hermana menor, que también se había escapado de su casa por padecer violencia de género. Limpiaron juntas un terreno en el barrio y se instalaron en una casilla. Jaqui trabajó después en una bloquera con el padre Melitón Chávez y se munió de los 2.600 bloques con el que ahora levantaron, junto a su hermana, las casas en las que viven.

Jaqui (33 años) se acomodó en su sillón y se tomó las manos. En la derecha tiene tatuado “Minina”, por su hermana menor. En la izquierda, “Rubén”, por otro hermano. Se los hizo una amiga. La tinta se obtiene mezclando ácido de baterías, orina y tinta china. La aguja son varias agujas de coser unidas. Ella es discriminada por ser pobre, por vivir en una villa, por haber sido adicta al paco, y por ser trans. “No es fácil ser trans, y menos en barrios marginados. Siempre les he enseñado a las chicas que van saliendo que tienen que sentirse libres y no llevarle el apunte a nadie. Hay que ser libres. Tengo parientes que cuando salen del barrio se trasvisten y me cuentan que sienten que han nacido de vuelta. Acá en el barrio no pueden pintarse. Es una lucha”, continuó.

Democracia

En los pasillos del barrio algunos salen a votar, otros a cartonear. Un grupo de chicos invita a los que pasan a tomar jugo y a escuchar una cumbia. Forman parte de la barrita que integraba “Huguito”, un adolescente de 15 años adicto que murió hace un mes. “Acá son más los que faltan que los que ves, y los que están andan heridos por ellos mismos. Hace unos días dos se agarraron por una dosis de paco. El ganador lo cortó al otro con una botella”, recordó Jaqui. La novedad entre los vecinos es el reparto de vales comida, supuestamente entregados a cambio del voto.

“Me encantaría que nos dejen de discriminar, que seamos todos iguales. Nunca pasará, pero me encantaría. Acá están meta comprar votos. Y la gente acepta por necesidad. Además tenemos la lucha por una política contra las adicciones, y me gustaría que el Gobierno, nacional y provincial, al menos cumpla con lo que promete. Acá a una cuadra está el lugar donde debería estar el centro para adictos abandonado. Sin jóvenes no hay futuro. El año pasado hubo cerca de 70 muertes, cada semana nos desayunábamos con un ahorcado. Ahora debemos contar como 30”, repasó. Y agregó: “a mi hermano lo fui a sacar porque estaba preso. Lo pilló la policía, que andaba de razzias. Le hicieron una contravención y le sacaron $ 300. Eso sí, no hacen razzias con los narcos que la traen y viven en barrios caros. Me gustaría que este Gobierno sea más humano. Están muriendo chicos”.

Jaqui es una de las cocineras de un comedor de noche para adictos. Funciona como estrategia terapéutica de un grupo de trabajo territorial en adicciones que depende de la Secretaría de Adicciones de la provincia. Hace meses protestó, junto con otras cocineras, porque le habían reducido una de las partidas del Ministerio de Desarrollo provincial.

“Me gustaría que al menos no nos discriminen. Varias veces acompañé a amigas trans al hospital porque las habían apuñalado. Cuando llegábamos no las atendían. ‘Ese puto tiene sida’, te decían. A un colectivo tampoco podes subir porque te miran como a un sapo de otro pozo. No podes caminar de día por las burlas o la violencia. La vida del trans es sólo la noche. Por eso de día es raro que veas a un travesti. Si esta sociedad no cambia, que al menos nos den un lugar aparte para nosotras para que no nos maten”, finalizó.

para ella votar es un fastidio
“nos deben muchos derechos”
“Para mí nunca estuvo la opción de no ir a votar, al margen de que significaba el desgaste extremo de tener que exponerme, de enfrentarme con un grupo social que obviamente me iba a ver como algo extraño. Fue bastante duro cuando las mesas no eran mixtas. A pesar de todo, sigue siendo un fastidio votar, la mirada social castiga mucho e innecesariamente. Las caras se vuelven, el morbo está. Lo mismo los codazos y los comentarios”. Así resumió Claudinna Rukone (35 años) lo que significa para ella participar de una elección. Rukone explicó que la mayoría de las mujeres y hombre trans se ven forzados a abandonar la escuela, son expulsados de sus hogares y deben optar por prostituirse como única alternativa para sustentarse. “Para mí, la democracia nos debe derechos”.
tuvo que ocultarse para votar, para evitar el maltrato 
“No somos libres de poder salir de nuestras casas” 
Mahia Moyano tiene 27 años y tiene fresco el recuerdo de la primera vez que votó. “Era 2007, fui obligada por mi mamá. Salir implicaba temor, porque tenía que ir a una escuela en la que solamente votaban hombres. Por más que haya quedado a media cuadra de mi casa, me exponía a burlas. Mi mamá me prestó una campera grande, me até el cabello y fui a votar cuando casi no había gente. Por años no quería votar, para qué votar a alguien que después no trabajará para darme derechos”, recordó. Moyano volvió a entusiasmarse con la política tras la sanción de la ley de Identidad de Género. Votó en las PASO, pero contó que le había pedido a sus hermanos que le dijeran en qué mesa le tocaba, para demorar el menor tiempo posible. “La democracia nos debe bastante. Vivimos en una dictadura social, seguimos estando presas en nuestras casas, no somos libres de poder salir. Es una cuestión cultural de la sociedad: es como si fuera una dictadura en la que hay muchos dictadores, cada persona que te cruzás en la calle puede ser uno”.

Para ella votar es un fastidio
“Nos deben muchos derechos”

“Para mí nunca estuvo la opción de no ir a votar, al margen de que significaba el desgaste extremo de tener que exponerme, de enfrentarme con un grupo social que obviamente me iba a ver como algo extraño. Fue bastante duro cuando las mesas no eran mixtas. A pesar de todo, sigue siendo un fastidio votar, la mirada social castiga mucho e innecesariamente. Las caras se vuelven, el morbo está. Lo mismo los codazos y los comentarios”. Así resumió Claudinna Rukone (35 años) lo que significa para ella participar de una elección. Rukone explicó que la mayoría de las mujeres y hombre trans se ven forzados a abandonar la escuela, son expulsados de sus hogares y deben optar por prostituirse como única alternativa para sustentarse. “Para mí, la democracia nos debe derechos”.

Tuvo que ocultarse para votar, para evitar el maltrato 
“No somos libres de poder salir de nuestras casas” 

Mahia Moyano tiene 27 años y tiene fresco el recuerdo de la primera vez que votó. “Era 2007, fui obligada por mi mamá. Salir implicaba temor, porque tenía que ir a una escuela en la que solamente votaban hombres. Por más que haya quedado a media cuadra de mi casa, me exponía a burlas. Mi mamá me prestó una campera grande, me até el cabello y fui a votar cuando casi no había gente. Por años no quería votar, para qué votar a alguien que después no trabajará para darme derechos”, recordó. Moyano volvió a entusiasmarse con la política tras la sanción de la ley de Identidad de Género. Votó en las PASO, pero contó que le había pedido a sus hermanos que le dijeran en qué mesa le tocaba, para demorar el menor tiempo posible. “La democracia nos debe bastante. Vivimos en una dictadura social, seguimos estando presas en nuestras casas, no somos libres de poder salir. Es una cuestión cultural de la sociedad: es como si fuera una dictadura en la que hay muchos dictadores, cada persona que te cruzás en la calle puede ser uno”.

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