Gobernabilidad, no ruptura

08 Oct 2017

En algunos círculos muy próximos o vinculados directamente a núcleos de poder locales las expectativas no están centradas tanto en los resultados de la votación del 22 como en las posibles conductas que puedan adoptar algunos líderes políticos a posteriori. En ese marco se vienen reiterando las especulaciones y los comentarios respecto de los posibles caminos que adoptarían Manzur, Jaldo y Alperovich una vez que los datos provisorios ya hayan ganado los títulos periodísticos. Por determinismo histórico y por una costumbre peronista, los análisis concluyen que la ruptura de la sociedad política marcará el título de su último capítulo.

En la fecha está la gran duda, no el desmoronamiento del trípode de poder que se construyó en 2015. Sobran los ejemplos en la historia, incluso recientes, para abonar este final. ¿Será inmediato?, ¿antes de fin de año?, ¿a comienzos de 2018? En ese sentido hay respuestas para todos los gustos. Las ansiedades están a la orden del día, incluso hasta hay apuestas. Se palpita.

Sin embargo, si por definición y pragmatismo en la política prevalecen las conveniencias antes que las amistades, cabe preguntar si alguno de ellos se apresurará a decir me abro del espacio para enfrentar al resto, ya sea en este mes, en diciembre o en marzo próximo. Un concepto impediría que la fractura se concrete incluso durante todo el año entrante: gobernabilidad. Los tres, juntos, son los garantes; en disputa, la ponen en peligro. En teoría significa que si cada uno va por un lado la consecuencia sería un debilitamiento del oficialismo, y el peligro cierto de que en la división -como suele suceder en todo proceso electoral partidario o sindical-, la oposición saque ventajas.

Se dice una cosa, se hace otra

La gobernabilidad no sólo vale para observar las acciones entre los tres referentes sino, además, para definir las relaciones institucionales, como por ejemplo: Nación-Provincia. No se puede apostar al desgobierno del país o de una provincia, es mezquino y antidemocrático. Si prevaleciera la pirotecnia electoral como norma de conducta en las instituciones, además de marcar una inmadurez política, la Argentina sería ingobernable. Lamentablemente, algunos apuestan a eso.

Por eso, por ejemplo, primero se habla de empinar el codo para votar de cierta manera y luego, en un cara a cara -Manzur, Peña- se habla de trabajar en conjunto; o bien decir que hablar mal del votante de otra fuerza es un error -Peña- y luego decir que es necesario el diálogo con los gobernadores. Todo eso ocurrió el jueves.

Ese día, el jefe de Gabinete aseguró que con el gobernador tucumano hubo una correcta relación institucional. Al día siguiente, en Jujuy, al lado de Gerardo Morales, Peña cuestionó a los mandatarios que quieren hacer división entre sus provincias y la Nación, aunque sin dar nombres. Pirotecnia cuando se está entre amigos, diálogo institucional cuando se está con el adversario. Es costumbre, una estrategia arraigada. Macri y Manzur, en la última visita presidencial, habrían acordado una reunión con los gobernadores para después de los comicios a los fines de la gobernabilidad; ya no tanto para la foto -como aquella del jefe de Estado con todos los mandatarios-, sino para avanzar en acuerdos institucionales, donde el Congreso tendrá un rol clave. Que Frigerio y Peña, en su paso por Tucumán, hayan visitado a Manzur, implica un guiño de Macri que, frente al “ruido” electoral, queda en segundo plano.

Mosqueteriles

Retomando, no se aseguraría la gobernabilidad de la provincia, por ejemplo, si se prioriza la pelea por la sucesión; y sobre todo tan anticipada entre los tres referentes del oficialismo. ¿Qué recogería el que quede en pie? La conveniencia marca, más allá de que se profesen amistad en cuanto acto proselitista aparezcan, que la mejor apuesta a futuro sería evitar el desmadre institucional y dirigencial por caprichos o ambiciones personales. El viernes, en un acto de Villa Luján, organizado por Guillermo Gassenbauer, aparecieron los tres en el escenario. El mitin fue para respaldar la candidatura de Jaldo, pero la imagen dice que por ahora siguen en la misma tesitura mosquetera: todos para uno, uno para todos.

De todas maneras, en adelante, muchos mirarán y tratarán de escudriñar e interpretar cada paso que den en función de 2019, un año en el que los peronistas querrán que ya estén definidos con claridad los liderazgos. O sea, querrán tener la certeza de que a quien sigan será el que les asegure la continuidad en el poder. Vienen observando. Baste un botón de muestra: el miércoles Manzur dio de baja como personal de gabinete a un funcionario cuestionado del Instituto de la Vivienda, gesto que provocó sonrisas en algunos integrantes del Ejecutivo entendiendo que era otra señal de independencia respecto de Alperovich. El gobernador se justificó diciendo que estaba harto de la corrupción; Alperovich no se dio por aludido y aplaudió la decisión.

Si la gobernabilidad primara, no cabría observar en el gobernador actitudes prematuras de distanciamiento con su mentor, menos con Jaldo, a quien “le firma sin mirar” lo que le pida. A tanto llega la confianza con el vicegobernador. Me sorprendió, suele decir sobre su compañero de fórmula, reforzando la idea de que se complementan cada uno en su rol en el binomio. El que avance en dirección de la ruptura debe calcular el riesgo de perder todo y quedar afuera para la próxima. ¿Quién estará haciendo cálculos individuales?

Y, al margen de que las especulaciones existan en los tres; sólo hay una certeza: todo depende de lo que resuelva hacer Alperovich con su futuro. Quienes lo escuchan, dicen que está feliz con su presente político y empresario y que no le inquieta demasiado el porvenir. Aunque no en vano sigue recorriendo el interior y recibiendo en su casa a funcionarios, legisladores, intendentes, comisionados rurales y a todos lo que resultaron “heridos” o perdieron en las internas del oficialismo para acceder a un cargo. No descuida el frente interno. Y ningún dirigente con algo de territorio detrás descuida a los tres. “Mosqueterilmente” hablando: uno para todos, todos para uno. Picardías de ida y vuelta.

A nivel nacional consolidó públicamente su relación en el Senado con Pichetto y con Bossio en Diputados; o sea con los que no comulgan con el cristinismo. Una señal al Gobierno nacional de que está más del lado de los que prefieren el diálogo, o la gobernabilidad. ¿Cómo será su relación con Cristina en la Cámara Alta si la ex presidenta asume su banca? Alperovich fue uno de los primeros en decir que no era kirchnerista antes del final del mandato de la patagónica; o sea que blanqueó la incomodidad que le significó la relación institucional con la ex jefa de Estado. Todo sea por la gobernabilidad, la de antes, la de ahora y la del futuro.

Bien con el de arriba

Gobernar implica, entre otras cosas, no andar mal con el que está arriba, sea el que sea el color político del que gobierna la Nación. Mejor si es del propio, porque no habría que hamacarse tanto como siendo opositor. Como Manzur. En ese sentido, Alperovich bailó con la más linda, en cambio su sucesor debe soportar que su par bonaerense lo amenace con medidas judiciales que pueden significarle una fuerte pérdida de recursos coparticipables.

Por ejemplo, la sintonía política del senador con el kirchnerismo -hasta antes de desconocerlo- le permitió contar con favores en materia de obras públicas y de fondos como para presumir con sus logros de gestión y mostrarlos en su página web (www.josealperovich.com.ar). Allí, bajo el título de “mi historia” expone como logros de su gobierno la construcción de 26.000 viviendas y 48.000 soluciones habitacionales, cuatro hospitales nuevos, la construcción de 376 escuelas, la merma de la desocupación del 25% al 7% entre 2003 y 2015, la nueva traza de la ruta 38 y la incorporación de 119 alojamientos turísticos, entre otras cosas. En 12 años, más obras que Gelsi; diría un adláter, algo que soñó y mencionó como aspiración el senador allá por 2004.

Este listado tendrá valor más adelante, cuando surjan las comparaciones entre las gestiones, como una forma de señalar con quién se estuvo mejor a los fines de dirimir liderazgos y futuras candidaturas. Pero con una acotación; Alperovich le saca ventajas por cuanto gestionó con un Gobierno nacional del mismo color partidario; Manzur, en cambio, baila con la más fea, institucionalmente hablando. Tiene que hacer más contorsiones, políticamente hablando.

Certezas y dudas

Así como hay certezas sobre que en algún momento se desajustará el trípode, aunque las dudas vayan por el “cuándo”; así también hay certezas sobre el triunfo del oficialismo en la elección del 22, aunque las dudas vayan por el “cuánto”. En las PASO de agosto, el Frente Justicialista por Tucumán (FJT) obtuvo un 52,4% de los votos y Cambiemos por el Bicentenario (CpB), 30,9%. Si es por nombres se podría decir que la lista de Jaldo obtuvo un 46,5% y la de Cano un 30,9%. Las diferencias pueden leerse de distinta forma, y de hecho hubo quienes lo hicieron; para algunos la diferencia fue de 22 puntos y para otros sólo de 16.

Un matemático haría rápidamente una interpolación y diría que la diferencia es de 19 puntos. Sin embargo, vaya casualidad, por ese valor -decimales más o menos- andarían los números que manejan en el oficialismo en cuanto a la diferencia con CpB. ¿Se habría achicado en un sentido (respecto del FJT) y agrandado en otro (respecto de Jaldo)? Las respuestas pueden ir por cualquier lado. La pregunta es si la oposición creció; y allí las respuestas que dan desde el oficialismo señalan que Cambiemos se mantiene y que creció Bussi en dos puntos. ¿Anhelo o realidad? Habrá que esperar el conteo de votos.

Desde la otra trinchera se sostiene que mejorará la performance y que la diferencia final le permitirá llegar al empate en dos bancas. Sería un triunfo en medio de la derrota. Un festejo macrista. El Gobierno, en cambio, para celebrar en serio debería repetir los números de las PASO, algo que ven difícil. Por lo que el decir que “vamos a ganar” y que “lo importante es consolidar el triunfo”, suena resignado. Aunque sea cierto.

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