Ser feliz es más barato

07 Oct 2017
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Dos horas antes del fatídico partido entre Argentina y Perú, un grupo de muchachos, vestidos con ropa de fajina, bebían cerveza mezclada con gaseosa (el fernet de los pobres, le dicen) sentados en las escalinatas de un almacén de Barrio Norte, sonorizados por la cumbia de un celular. (Siempre surge la pregunta, ¿cómo hacen esos teléfonos para sonar tan fuerte?)

Hacían lo que se conoce como “la previa” futbolera, postal que debe haberse repetido en decenas o cientos de almacenes y drugstores a lo largo de este país de corazón redondo. Que Messi sí, que Messi no, que Mascherano ya no corre, que Sampaoli es un ladri, que hay que dejar de traer estrellas…

En ese momento llegaron al almacén dos mujeres adultas, muy bien vestidas, que al toparse con la escena cruzaron miradas y, como si estuvieran frente a un espejo, pusieron idéntica cara de haber olido huevo podrido. Un gesto que no pasó desapercibido, sino todo lo contrario, fue acentuado y exagerado, como para que todos se dieran por enterados que las damas desaprobaban el cuadro.

Hay gente que cuando llega a un lugar hace caras, gesticula notoriamente, como si tuviera la obligación de expresar su opinión silenciosa o como si el resto estuviera esperando ansiosamente el juicio de ese alguien que se presume importante.

Con las narices aún fruncidas, como quien anuda una bolsa de basura, las damas susurraron algo inaudible, mientras relojeaban el beberaje cumbiero y verborrágico.

Suponemos, y sólo suponemos, que deben haber dicho algo del tipo “mirá estos vagos tomando en vez de estar trabajando”.

Y en esa suposición imaginaria no pudimos aguantar la respuesta:

-Pero ¿no ven señoras que están vestidos con ropa de fajina? Probablemente madrugaron a las 5 de la mañana, varias horas antes que ustedes…

-Disculpe señor -contestó una de ellas en esta conversación ficticia, mental y unipersonal- nos referimos a la cultura del trabajo, algo que falta tanto en este país… Gente joven y fuerte que en vez de estar haciendo algo útil está dando el mal ejemplo en la calle…

-Claro -ya más enojado-, usted quiere que estos morochos no dejen de trabajar para que usted pueda hacer lo mismo que ellos, pero en el Caribe…

-A mí nadie me regaló nada señor, y me rompo el lomo desde que tengo 14 años...

En fin, así seguimos peleando un rato en mi cabeza, hasta que el diálogo se interrumpió de golpe al grito de “¡Daríooo, pasate dos birras más antes que se enojen las chetas!”

Recontra dignificados

Cultura del trabajo. Hacer algo útil. Romperse el lomo laburando. Dar el mal ejemplo. Vagos de porquería. Borrachos. Tener una vida digna. El trabajo dignifica al hombre. Frases y palabras que rebotan en la mente del ser humano cada día de su vida.

Hace poco escuchaba a jóvenes del secundario cuestionar la famosa consigna “el trabajo dignifica”. Decían que es un invento capitalista para hacerte trabajar 12 horas diarias y así poder cobrar un sueldo digno que a su vez te permita comprar lo que ellos quieren venderte. En definitiva, un círculo perverso de esclavos a dos bandas, de ida y de vuelta.

El razonamiento de los chicos no es del todo errado (su autor es un genio, como veremos más adelante), salvo por el hecho de que la frase “el trabajo dignifica al hombre” no es un invento capitalista sino que fue formulada por Karl Marx, en un contexto diferente. Quizás la confusión surja porque luego fue repetida hasta el hartazgo por encumbrados empresarios estadounidenses.

Henry Ford decía que “hay alegría en el trabajo”, que “el genio desconocido es aquel que tiene una gran capacidad para el trabajo duro”, o que “como servimos a nuestros trabajos servimos al mundo”. Ford fue uno de los grandes impulsores de reducir la jornada laboral y tal vez logró más resultados concretos que varias luchas socialistas.

El padre de la producción en serie sostenía que si los obreros trabajaban todo el día no tenían tiempo para consumir lo que el mercado producía. ¿A quién le iba a vender los autos en serie que fabricaba si nadie tenía tiempo para usarlos?

Si la gente no tiene tiempo para hacer un asado ¿a quién le vendemos la carne y el vino?

Una lógica que se replica por igual en modelos capitalistas y socialistas. ¿Acaso no impuso el kirchnerismo los feriados puente para que los muchachos puedan viajar y gastar?

El ocio como motor de la economía es tan antiguo como los griegos. En su origen, la palabra positiva era “ocio” y la negativa era “negocio”. Al revés que hoy. Ocio no es sólo estar tirado en una hamaca paraguaya, es también trabajar en algo placentero, creativo, inventar, jugar, relajarse. En cambio, negocio proviene de “nec” y “otium”, es decir “sin ocio”, y se refería al trabajo recompensado, remunerado, en general esclavo, el esfuerzo sin placer, obligado.

Con el tiempo, la tiranía que mueve la rueda de la producción-consumo invirtió los términos y pasó a ser bien visto aquel que hace negocios, y cuanto más trabaja y más negocia más meritorio es, contra el ocioso que sólo quiere descansar, divertirse, amar, comer, beber y bailar.

“La diversión es buena, pero en su justa medida”, repetían las abuelas en el Siglo XIX. ¿Cuál era la justa medida? Elemental Watson, la que marcaban los tiempos de producción de una fábrica.

La Iglesia suele subrayar bastante la redención de Cristo, su sacrificio, como una de sus máximas virtudes. Pero poco habla -pese a estar muy documentado en la Biblia- de cómo Jesús pasaba la mayor parte de su tiempo: bebiendo vino con sus amigos (apóstoles parece más serio). Es decir, viviendo la vida y la felicidad en su forma más simple y elemental. Sabiduría pura.

El sendero minimalista

“Aprendí que si no puedes ser feliz con pocas cosas, no vas a ser feliz con muchas cosas”, enseñó el ex presidente uruguayo José “Pepe” Mujica, un gran profeta, tal vez sin saberlo, de un movimiento social que avanza silenciosamente por el mundo: el minimalismo.

Esta gente sostiene que una de las claves de la felicidad es andar por la vida más liviano, con pocas pertenencias, con menos compromisos, comprando sólo lo que necesitamos, invirtiendo más horas en hacer lo que nos gusta, lo que nos da alegría. Un buen documental sobre este tema puede verse en Netflix: “Minimalism”.

Cada vez hay más víctimas de la llamada sociedad de consumo, esclavos de la publicidad, de estándares de vida irreales, personas obsesionadas por los objetos y cada vez más desinteresadas por los sujetos. Compradores compulsivos que buscan tapar vacíos que ellos mismos van creando sin darse cuenta. Esa alegría efímera que produce comprar algo inútil e innecesario se transforma luego en depresión, cada vez que pasamos frente a ese objeto que nunca usamos y que nos costó tan caro. Sentimientos negativos, tristeza, arrepentimiento, bronca, sensación de fracaso.

Está comprobado que acumular cosas y más cosas genera gran estrés. Dónde guardarlas, porque no se usan (“algún día”), cómo ordenarlas, cómo conservarlas. Sobre todo cómo y cuándo mostrarlas, porque la psiquiatría explica que muchas veces compramos objetos caros (lo último de lo último) para obtener la aprobación de los otros. Queremos que nos quieran más y para eso compramos objetos que los otros quieren. Pero no nos quieren a nosotros, quieren lo que nosotros tenemos. Es más, tal vez nos odian por eso.

Un estudio de la Universidad de Berkeley concluye que el impacto material sobre la felicidad tiene un techo, un límite. Afirman que si a un indigente se le da casa y comida se pondrá muy feliz. Sí además le damos un trabajo, una pareja, tal vez hijos, y tiempo libre para disfrutar alcanzará el paraíso. A partir de allí, sostiene el estudio, una persona no puede ser mucho más feliz.

Es decir, la felicidad real que proporciona lo material se agota cuando una persona cubre sus necesidades elementales: comer, dormir, curarse, aprender, trabajar, amar, divertirse. No hay mucho más. El resto es parte de una patología que se va inoculando silenciosamente a través de nuestras debilidades, entre ellas, las inseguridades y los miedos, la avaricia, la soberbia, la competencia, las ansias de poder y, la reina de todas, la maldita ansiedad.

Superado cierto umbral de bienes materiales, la felicidad empieza a decrecer, aumentan las tensiones, el estrés por conservar las cosas y los estándares de vida, la competitividad con los pares, los celos, la envidia, la ansiedad y luego el pánico.

Prohibido para menores

Hay países donde ya analizan limitar o directamente prohibir la publicidad para niños. Mentes que están en plena formación son invadidas por engaños, por felicidades ilusorias, niños que son transformados en compradores compulsivos, en seres siempre insatisfechos, infelices. En llorones crónicos. Y después en adultos individualistas y egoístas.

A varias generaciones la publicidad les hizo creer que fumar era sinónimo de status, de experiencia, de éxito, mientras millones morían de cáncer. Podemos estar horas repitiendo ejemplos similares del daño que viene provocando la sociedad de consumo, absolutamente insensible con las personas.

“Ir de shopping”, como sinónimo de felicidad, es una de las consignas más zonzas y tristes instaladas por el mercado. No sabemos qué, pero vamos a comprar cualquier cosa inútil y seremos felices.

Un publicista contaba hace poco que su mujer tiene más de 50 pares de zapatos y ahora quiere voltear una pared de la casa para agrandar el placard. “A la mitad no se los puso nunca y sigue comprando, está loca”, se quejaba.

Tampoco se trata de demonizar la publicidad, hay avisos muy importantes, que nos informan, que nos educan, que nos ayudan a elegir o que nos dan ideas. Distinta es “la matrix” en la que nos va atrapando el híperconsumismo.

Las fiestas de fin de año, por ejemplo, se han transformado en un verdadero calvario para quienes pretenden vivir una vida más relajada, más espiritual, menos compulsiva, más suelta de equipaje. Igual con el resto de las festividades (padre, madre, niño, maestro, secretaria, y un largo etcétera).

Si hacemos el ejercicio de taparnos los oídos y detenernos a mirar a la gente, por ejemplo en una peatonal céntrica, un 24 de diciembre, podemos llegar a asustarnos: un verdadero ejército de autómatas, zombis repletos de bolsas, a las corridas, pisándose, empujándose, con ceños fruncidos y rostros preocupados gastando lo que no tienen.

¿Felicidad? efímera, porque es falsa, impuesta, que se desvanece el 25 de diciembre entre kilos de comida sobrante y objetos carísimos que no usaremos nunca.

“El lujo es vulgaridad” escribieron con sabiduría Los Redondos en 1991. Otra forma de ver aquello del “nuevo rico”, ordinario y ostentador, porque es inseguro e ignorante y por lo tanto víctima del mercado (como los niños).

La gente inteligente y educada, no necesariamente rica, es en general sencilla, para vestirse, para comer, para divertirse, para vivir.

Un dato. Algunas de las personas más influyentes del mundo, multimillonarios, políticos, investigadores, están dejando de usar smartphones, porque descubrieron que eran esclavos de un aparatito, que habían perdido la libertad, que desperdiciaban la mitad del día con eso (de la vida). Los están reemplazando por celulares simples, que sólo sirven para hablar y enviar mensajes. Para reflexionar.

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