El tiempo derretido

06 Oct 2017
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El tiempo parece haberse tornado impotente en la escena pública de Tucumán. No se encuentra detenido, por supuesto, porque tal cosa es imposible (y porque en Tucumán ni siquiera se consigue que queden detenidos los reos). En todo caso, se halla derretido. Como si estuviera regido por los relojes blandos de La persistencia de la memoria, ese emblemático cuadro de Salvador Dalí, donde la única solidez radica en un paisaje de la infancia, mientras las máquinas inventadas por el hombre para medir el tiempo aparecen dobladas bajo su propio tiempo.

Al igual que los relojes de Dalí, que parecen escurrirse sobre los muebles, el tiempo da la apariencia de resbalar sobre los asuntos del Estado provincial. Entonces, aunque los plazos siguen corriendo para los más domésticos asuntos privados (para muchos, la vida es también una sucesión de cuotas y vencimientos), en el ámbito público buena parte de las decisiones más importantes han sido pospuestas “para después de las elecciones”.

Una de las cuestiones más trascendentales en materia institucional que podría resolverse antes de los comicios del 22 de octubre, pero que se encamina al “después de las elecciones”, es la renovación de las autoridades de la Corte local. La vez anterior, en 2015, se anunció que la votación se realizaría el 6 de octubre, porque los mandatos caducaban el 22 de ese mes; pero luego de dos intentos fallidos para forjar la más precaria mayoría (tres de cinco), la elección se concretó el 25 de noviembre, al borde de una situación de acefalía en la que hasta llegó a asomarse la posibilidad de una intervención.

Cuando moría septiembre, se tanteó la posibilidad de concretarlo todo antes de que el pueblo volviera a las urnas. Incluso, se mencionó el lunes pasado como fecha para una posible reunión preliminar en la cual se pudiera delinear cómo sería el recambio. Léase: la mentada presidencia rotatoria del cuerpo. Es decir, un sistema por el cual se resuelva de una vez cuál es el orden en el que irán sucediéndose. La idea original consiste en reducir a un año el ejercicio de la presidencia de la Corte, lo cual choca con el artículo 111 de la Constitución de 2006 (“Los Tribunales colegiados elegirán de su seno sus respectivos presidentes, que durarán dos años en sus funciones y serán reelegibles”), pero que podría saldarse mediante el honorable acuerdo de que cada presidente dimita al año de asumir.

Sin embargo, el lunes pasó sin pena ni gloria y los pasillos de Tribunales volvieron a llenarse de con la novela de recelos y desconfianzas que se escribe en el alto tribunal. Un mentidero largo que baja y se pierde, donde unos y otras se unen o desunen en función de intereses personales o ajenos; donde Fulano dice que se va y Mengano no le cree y anuncia que se queda; y donde arrecian los rumores de que Tal se conformaría con presidir el Consejo Asesor de la Magistratura o que Cual se contentaría con encabezar el Jurado de Enjuiciamiento o con ser representante ante la Junta Federal de Cortes y Superiores Tribunales de Justicia de las Provincias Argentinas y de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Trascendiendo las rencillas, lo que está en juego es quién presidirá la Junta Electoral Provincial (tarea que le cabe al titular de la Corte), cuando haya que renovar gobernador y vice en dos años.

Anticipar la renovación de autoridades de la Corte a la elección de parlamentarios nacionales le vendría bien al Poder Judicial, que daría una sana señal de independencia con respecto al poder político y sus avatares. Lo contrario no dejará de alentar suspicacias respecto de las razones por las cuales fue consagrado el magistrado que sea ungido presidente de la máxima instancia judicial.

Habrá que reconocer, eso sí, que si la votación interna del supremo tribunal se realiza después de la votación general, ello comprobará el enorme poder gravitatorio que tiene una de las cuestiones más trascendentales en materia política cuya resolución fue postergada “para después de las elecciones” de medio término. En concreto, las relaciones de poder dentro del triunvirato que componen Juan Manzur, Osvaldo Jaldo y José Alperovich.

Si en la fórmula de 2019 sólo hay lugar para dos de ellos, el resultado del domingo 22 no va a ser beneficioso para los tres. Si Manzur y Jaldo, a través de este último, mantienen una diferencia de votos de la magnitud de la lograda en las PASO, resultará cuanto menos improbable que alguno de ellos pueda ser desalojado del próximo binomio. Alperovich, por caso, sonríe abrazándolos en cada foto en que es convidado, pero no ha dejado de recorrer la provincia ni un solo día desde que concluyó su mandato en 2015.

Después de las primarias de agosto comenzó a observarse el sordo fenómeno de los dirigentes peronistas que quieren convertirse al manzurismo y al jaldismo. El caso sintomático más reciente es el de la directora de Adultos Mayores de la Capital, Blanca Gómez, que presentó su renuncia esta semana al intendente, Germán Alfaro, para acercarse al Poder Ejecutivo provincial. En su dimisión, identifica como uno de los motivos de su alejamiento a los insultos del edil radical Agustín Romano Norri hacia la figura de Eva Duarte de Perón… revelados en julio. O sea, antes de las PASO. Como ella, muchos “compañeros”, después de que el binomio gobernante acreditara medio millón de votos, comenzaron a manifestarse sorpresivamente indignados, en declaraciones periodísticas y hasta en cartas documento, por cualquier situación que consideraran propicia para congraciarse con el gobernador y el vice.

Lo que deriva en otra postergación: para después de las elecciones han quedado los cambios en el gabinete del Poder Ejecutivo. Si el oficialismo sufriera un traspié en las urnas, los alperovichistas (que siempre consideraron esta gestión como un interregno) activarán la cuenta regresiva y comenzarán a trabajar sin maquillajes por el retorno del senador a la gobernación. Pero si operase un triunfo contundente, o deberán convertirse a la fe política manzurista o dejar su lugar a todos los que, por las dudas, ya se están subiendo al último vagón…

Por cierto, “para después de las elecciones” ha quedado, también, la definición de cómo seguirán las relaciones de poder de Cambiemos en Tucumán. José Cano, que ya tiene asegurada una banca, tiene un futuro incierto si su sector sólo consigue esa banca. Sobre todo dentro del radicalismo. A Germán Alfaro se le presenta un camino algo distinto. Claro que nunca dará lo mismo para él, política y anímicamente, que Beatriz Ávila, su esposa, sea consagrada diputada, o no. Pero en cualquier caso se ha convertido en el único horcón que sostiene el rancho opositor. Y muchos radicales jóvenes se han acercado estrechamente al jefe municipal, con intenciones de construir una relación política que trascienda los próximos 15 días. En definitiva, a los candidatos radicales nunca les fue tan bien que cuando compitieron apoyándose en una pata peronista.

El frente preocupante para Alfaro, en rigor, está fuera de Cambiemos. También él apuesta a dejar “para después de las elecciones” la renovación de autoridades del Concejo Deliberante de la capital. Si Cambiemos logra achicar las diferencias con respecto al justicialismo tucumano y consigue consagrar dos diputados, igual que el oficialismo provincial, esa paridad lo legitimará para reclamar que se mantenga el statu quo en el órgano deliberativo municipal. Si el resultado, en cambio, fuera 3 a 1 en el reparto de bancas nacionales en favor de la Casa de Gobierno, no habrá mucho más que conversar.

En este contexto, por cierto, también cifra esperanzas Fuerza Republicana. Si reedita la buena performance electoral de agosto, Ricardo Bussi no será un convidado de piedra en la definición de la mesa de conducción del Concejo.

“Para después de las elecciones” ha quedado, también, la suerte de una eventual reforma de la Constitución provincial. La piden a los alaridos los legisladores, que quieren eliminar el tope de reelecciones en la banca, como en el Congreso Nacional. Sorpresivamente, la ha instalado el vocal de la Corte Daniel Posse durante la semana pasada, quien ha manifestado la “necesidad” de que se dicte una nueva Carta Magna, luego de que el fallo “Iriarte-Fontán” demoliera un cuarto bloque de la Ley Fundamental. Hasta aquí, los que no tienen necesidad de una enmienda son Manzur ni Jaldo, porque ambos llevan adelante sus primeros mandatos, y porque el vicegobernador puede competir por la gobernación después de dos mandatos. Sufrir el desgaste político de una reforma porque la Corte lo pide y los legisladores lo necesitan no parece políticamente probable. Salvo que esa reforma establezca en favor del binomio gobernante una serie de mecanismos e institutos que terminen de saldar en su favor el equilibrio de poder con respecto a Alperovich…

Hacia afuera, “para después de las elecciones” se han postergado las definiciones de cómo seguirán las relaciones entre el Gobierno provincial y el Gobierno nacional. Lo planteó el jefe de Gabinete nacional, Marcos Peña, a LA GACETA: con Manzur siempre hubo diálogo y en el macrismo se sorprenden por las críticas de los últimos meses, que atribuye a estrategias de campaña. Es decir, de la fortaleza o de la debilidad electoral del oficialismo tucumano dependerá de que la Nación se predisponga a recomponer relaciones o a sentirse directamente ofendida.

Entre el cuadro de situación en los tres niveles del Estado (nacional, provincial y municipal), y el cuadro de Dalí, se cuela una analogía. Los relojes blandos de La persistencia de la memoria no pueden sostenerse por sí solos. En lo institucional, también las decisiones parecen necesitar de algo que las sustente.

No importa si son cuestiones de índole judicial, de política municipal o de internas de poder; todo parece depender de una elección de cuatro diputados nacionales para adoptar una forma política que ya no dependerá de ninguna lógica ni de ninguna planificación. Si las determinaciones no serán lo que deban ser, ni mucho menos lo que se necesita, sino que serán manzuristas, jaldistas, alperovichistas, canistas, alfaristas o macristas según lo que diga el escrutinio, entonces la política se ha derretido. Y la política líquida no tiene forma: adopta la del recipiente coyuntural que la contiene. En Tucumán, entonces, La persistencia de la memoria se habría pintado con brújulas estatales que se disuelven. Y de fondo, el paisaje de un firme decisionismo…

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