Entrará a la cancha como cura y saldrá como arzobispo

06 Oct 2017

La noche caerá sobre 25 de Mayo y Chile, mientras la hinchada copa las tribunas del Monumental. Hay promesa de clima festivo. Pero no será un equipo el que saldrá a la cancha, sino Carlos Sánchez, el hombre que Francisco eligió para conducir la arquidiócesis más importante del norte del país. ¿Qué cruzará en estos momentos por la mente y por el corazón del cura de barrio -Villa Luján para más datos- llamado a ser cabeza de la Iglesia tucumana? No son muchos los antecedentes de una investidura arzobispal de estas características: en un estadio de fútbol, con una concurrencia estimada de 20.000 fieles y un espíritu de comunión netamente popular. Son muchos los símbolos que adornan esta puesta en escena, tantos como los mensajes que Sánchez necesita emitir.

La plaza Independencia y la Catedral podían quedar chicas y de allí que la elección de Atlético suene lógica. También el día y la hora, un viernes a las 20. A Sánchez le gustaría ver una masa de fieles horizontalizada desde lo etario y desde lo social. Muchas familias. Se justifica así la idea de la cena a la canasta, una vez que concluya el ritual. La empanadeada que propone invita a confraternizar, como en los viejos tiempos, cuando al final de la misa se estilaba quedarse charlando un largo rato en la zona del atrio.

Hay una Iglesia deshilachada que el arzobispo deberá bordar. Juega de local y con los mejores antecedentes, un plus que Francisco supo valorar cada vez que el cardenal Villalba puso el nombre sobre las mesas de arena de la política vaticana. La cercanía del flamante arzobispo con la gente, su perfil misionero, es el modelo de líder espíritual que el Papa avizora como dique de contención para el relativismo campante aquí y allá. Sánchez encarna al fatigador de parroquias capaz de meter los pies en lo más profundo del barro. “Cuando la marea baja ves el basural”, dice la canción de Los Piojos. Ahí espera Francisco que esté su arzobispo.

Lo de la Iglesia deshilachada no es una exageración. La gestión de Alfredo Zecca dejó heridos en el camino. A propósito: ¿cómo será el recibimiento para el renunciado pastor en el Monumental? ¿Con un aplauso cálido y conciliatorio? ¿Tan distante como el espacio que lo separó de la feligresía durante sus años en Tucumán? Muy buena -y cristiana- sería una despedida afectuosa. Pero más allá de lo que pueda ocurrir la semana próxima en el estadio, la certeza es que Sánchez deberá recomponer numerosas redes, puertas adentro y hacia afuera. Ya está embarcado en esa tarea silenciosa. No es fácil.

Por más que la Justicia lo demuestre, con las pruebas en la mano, hay muchos convencidos de que Juan Viroche fue víctima de un crimen. Están las pericias, está el móvil; la investigación no deja margen para dudar que el sacerdote se quitó la vida. Y no es suficiente. Sánchez conoce el caso en detalle y lo aguarda la misión de cerrarlo, al menos desde lo espiritual, lo que no significa barrer con la figura de Viroche. Todo lo contrario: deberá ubicarlo en el lugar que le corresponde en el imaginario tucumano. El informe publicado ayer por LA GACETA cuenta que a muchos vecinos les cuesta volver al templo en La Florida. Las secuelas del caso impactan.

El lenguaje llano y directo, propio de Sánchez, es el que utilizan día a día, puerta a puerta, barrio a barrio, los entusiastas fieles de las iglesias protestantes. Su crecimiento es exponencial en Tucumán y está ligado con ese sacrificado trabajo de convencimiento cara a cara. No existe una feligresía cautiva y mucho menos en estos tiempos, cuando las elecciones se rigen al ritmo de los clics en las redes sociales. Jorge Bergoglio viene machacando con este tema, al que muchos católicos no suelen prestarle atención, desde muchísimo antes de encontrarse con el trono de Pedro. El arzobispo, como Villalba, como su colega Melitón Chávez, sabe que Francisco quiere a los curas en la calle, encarnando una Iglesia de los pobres que lleve la Palabra y no se limite a propalarla desde el púlpito.

Dentro de una semana, el padre Carlos se despedirá definitivamente de La Victoria y pasará a revistar en las ligas mayores. Entrará por la puerta grande, al menos en lo que a fervor popular se refiere. Después la pelota le quedará bajo la suela y la responsabilidad de moverla será suya. Un nuevo capítulo de la historia tucumana se abre.

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