Reciben el Nobel de Física por confirmar una hipótesis de Einstein

Tres científicos y su equipo buscaron durante más de 40 años detectar ondas gravitacionales.

04 Oct 2017

Todos los años se hacen apuestas y la mayoría de las veces el pozo queda vacante. Pero este año, no. La Academia de Ciencias Sueca anunció que Rainer Weiss, Barry C. Barish y Kip S. Thorne recibirán el 10 de diciembre el Nobel de Física 2017 por el desarrollo de LIGO (Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales, por su sigla en inglés), sistema que permitió la detección de las ondas gravitacionales y confirmó así otro fragmento de la Teoría General de la Relatividad, que Albert Einstein publicó en 1915.

Algunos dicen que el premio “estaba cantado”; quizás. Lo cierto es que hace casi exactamente un año, durante la “101ª Reunión de la Asociación Física Argentina”, que se llevó a cabo en Tucumán, la cordobesa Gabriela González, miembro de LIGO, cerró su conferencia afirmando: “el futuro es brillante”. Tenía razón.

Un largo camino

Llegar hasta aquí costó más de 40 años de trabajo. Durante más de 100 años las ondas gravitacionales habían sido sólo una deducción lógica del modelo de Einstein, pero Weiss, Barish y Thorne (y muchos otros científicos e ingenieros cuasi anónimos) “se empecinaron en buscar” y LIGO fue creado especialmente para ello.

Hoy trabajan en el proyecto más de 1.000 investigadores que el 14 de septiembre de 2015, junto con socios científicos de Europa y Asia, lograron la primera prueba de lo que tanto buscaban: una onda generada hacía 1.300 millones de años por el choque de dos agujeros negros hizo que el detector saltara... y con él buena parte de la comunidad científica. “Los dos interferómetros, ubicados a 3.000 km de distancia, captaron la misma señal con sólo 7 milisegundos de diferencia”, relató a LA GACETA González.

El detector -según explica un informe de la agencia DPA- está formado por dos brazos de cuatro kilómetros de largo cada uno, colocados en el suelo en forma de ángulo recto. En el interior hay rayos láser con los que se miden de forma extremadamente exacta los cambios que se producen en el largo de los brazos. Si las ondas gravitacionales lo afectan, los brazos se comprimen y alargan de forma diferente en una medida ínfima, unas 10.000 veces menor que el núcleo de un átomo de hidrógeno. ¡Y con eso alcanza!

González contó que para poner el detector a punto y estar seguros de que funcionaba, cada tanto hacían una simulación e “inyectaban” una onda. Y hace poco más de dos años ocurrió. “Era madrugada en EE.UU., pero nos llamaron de los laboratorios de Europa y preguntaron ‘¿qué inyectaron?’. ‘¡Nada, nada!’, les dijimos”. Fue la primera prueba.

Weiss, el único no estadounidense de los galardonados (nació en Alemania) confesó ayer -cuando supo que habían ganado el premio- que al principio no pudo creer que habían logrado el hallazgo. “Nos hicieron falta dos meses para estar totalmente convencidos”, reconoció, y auguró que el descubrimiento hará posible una nueva ciencia.

Quién es quien

Weiss, de 85 años, sentó en 1972 las bases para construir el observatorio de ondas gravitacionales; era profesor de Física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). Su colaboración con Thorne (77) comenzó en 1975, y este le propuso al Instituto de Tecnología de California (Caltech), donde trabajaba, fundar un grupo de investigación; en 1984, lograron que LIGO fuera creado. Barish (81) asumió la dirección 10 años después y transformó un grupo de unos 40 científicos en una colaboración internacional de más de un millar de investigadores. Desde junio de 2015 se ha conseguido detectar ondas gravitacionales al menos en otras tres ocasiones. La última de ellas fue anunciada hace pocas semanas en el observatorio Virgo, de Italia, uno de los socios científicos europeos.

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