Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota : nada menos que un fenómeno

03 Oct 2017
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HISTORIAS DEL ROCK | MEDIO SIGLO DE UNA PASIÓN ARGENTINA

GUSTAVO JATIB / ESPECIAL PARA LA GACETA

¿En qué momento un artista o una banda alcanzan la estatura de leyenda? ¿Cuál es el punto exacto que divide al músico de carne y hueso del mito? Es difícil precisarlo, pero lo cierto es que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota entraron hace rato en esa categoría, reservada a unos pocos. Bienvenidos a la historia del pogo más grande del mundo.

¿Existe Patricio Rey? Cuando la banda nació en La Plata, en 1976, muchos pensaban que ese era el nombre del cantante, pero hoy todos sabemos que es Carlos “Indio” Solari, autor ideológico y creador de la gran mayoría de las letras del grupo. Su socio musical desde aquellos orígenes fue el guitarrista Skay Beilinson, compositor de las músicas y de los riffs que identifican inconfundiblemente los temas. Y la tercera protagonista es Carmen Castro, conocida como La Negra Poly, una especie de guía espiritual en los comienzos, luego devenida manager y parte fundamental de la identidad ricotera. “Patricio Rey somos todos”, definió el Indio sin ahondar mucho en los detalles, dejando ese halo de misterio que siempre los acompañó y ayudó a construir el mito.

¿Y los redonditos de ricota? Las primeras presentaciones de la banda, en teatros y pubs del under, eran happenings donde, además de música, se compartían performances y otras manifestaciones, como teatro y ballet. En aquellas reuniones se repartían buñuelos redondos de ricota, y de ahí nació el nombre. Las artes plásticas también formaban parte de aquellos comienzos y un actor clave fue Ricardo Cohen, más conocido como Rocambole, quien crearía las tapas de todos los discos y la estética general plasmada en logos, entradas y afiches, para convertirse en una figura destacada dentro del rock y del arte gráfico en general.

La bestia pop. Casi 10 años pasaron hasta que llegaron a su primer disco, “Gulp”, grabado en 1985. A esa altura se habían presentado muchas veces en diferentes escenarios y la banda sonaba muy afianzada. El boca a boca les había dado cierto reconocimiento en el medio, y los hits de ese primer trabajo empezaron a sonar rápidamente en las FM, que despegaban con fuerza por aquellos años. “Barbazul versus el amor letal#, “Superlógico”, “El infierno está encantador esta noche” y “La bestia pop” tenían melodías irresistibles con letras un tanto misteriosas, que pronto prendieron en el público.

“Ji ji ji”. Nadie sabe a ciencia cierta cuándo una canción está destinada a trascender y pasar a ser de la gente, ni siquiera sus propios autores. Cuando grabaron “Oktubre”, su segundo álbum, en 1986, ninguno de los músicos y productores sabía lo que pasaría con “Ji ji ji”. Nadie podía imaginar que su estribillo (“no lo soñéeeee”, con la e arrastrada) provocaría la euforia descontrolada de miles de seguidores moviéndose de un lado a otro, creando el pogo más grande del mundo. La canción surgió en el balcón de la casa de Skay, cuando jugaba con un riff en su guitarra, y enseguida el Indio le agregó el pegadizo estribillo. Luego salió el resto de la letra que, según el propio autor, “habla de la paranoia de la droga, cuando alguien está a la deriva dentro de esa situación”. Esta canción aumentó la popularidad de Los Redondos y llegaron a tocar en Cemento, templo rockero de la época.

Vamos las bandas. En un momento clave en la madurez del grupo llega su mejor trabajo, ”Un baión para el ojo idiota”, editado en 1988 con joyas como “Vencedores vencidos”, “Todo preso es político”, “Todo un palo” y “Vamos las bandas”, todas convertidas en himnos. “Me voy corriendo a ver / qué escribe en mi pared / la tribu de mi calle”, canta Solari, reconociendo a las hordas que empiezan a seguirlos y los van convirtiendo en banda de culto.

Walter. Llega el cuarto disco en 1989, shows cada vez más masivos, hasta que la noche del 19 de abril de 1991 se convierte en una bisagra de la identidad ricotera. Luego de un concierto en Obras se producen incidentes, la policía detiene a varios espectadores en una razzia, entre ellos a Walter Bulacio, menor de edad, a quien presuntamente dejan luego de unas horas en grave estado en una ambulancia. El joven muere días después y la causa se caratula como “muerte dudosa”. Para los fans no hay dudas sobre la culpabilidad policial y realizan multitudinarias marchas en reclamo por el esclarecimiento del hecho, no resuelto hasta hoy.

Un poco de amor francés. A fines de ese año editan su quinto disco, “La mosca en la sopa”, con un éxito arrollador gracias a temas como “Mi perro dinamita”, “Tarea fina” y “Un poco de amor francés”. En 1993 llega el álbum doble “Lobo suelto, cordero atado” y empiezan los shows masivos. Reúnen 90.000 personas en dos conciertos en el estadio de Huracán, preámbulo de lo que serán los años venideros. Editan “Luzbelito” en 1996 con hits como “Me matan, limón”, “Juguetes perdidos” y “Mariposa Pontiac-Rock del país”. Sus presentaciones empiezan a concentrar multitudes. En 1998 convocan más de 100.000 personas en la cancha de Racing Club. Editan “Último bondi a Finisterre” en 1999, y en abril de 2000 hacen dos conciertos en River antes unos 140.000 espectadores. En junio editan su último trabajo -“Momo sampler”-, y en agosto se presentan en el estadio Chateau Carreras de Córdoba, su última aparición en vivo.

El fin. En 2001 anunciaron su separación. Desde entonces los fans sueñan con una reunión, que parece poco probable debido a las diferencias entre el Indio y Skay por temas económicos y de derechos sobre la obra. Pero no les hablen a los ricoteros de egos ni de peleas. Ellos siguen esperando ese regreso, para cerrar la historia como se lo merece una de las bandas más importantes del rock argentino.

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