Mate de Luna no tiene la culpa

29 Sep 2017

¿Qué le regalarías a San Miguel de Tucumán en su día? Van algunas de las respuestas brindadas por los lectores de LA GACETA:

- Miles de jacarandás; árboles en abundancia.

- Ciudadanos educados.

- Un millón de cascos para los motociclistas.

- Mejores agentes de tránsito.

- Flores.

- Un monumento a la batalla de 1812.

- Bicicletas y taxis limpios.

- Cloacas que funcionen.

- Más cestos para la basura.

- Un sistema de transporte eficiente.

Son 10 comentarios, pescados casi al azar, entre un mar de opiniones de lo más variopintas. El dato de color es que la encuesta data de 2011, lo que demuestra que en seis años las cosas siguen tal cual. Tampoco es para sorprenderse; a fin de cuentas la gestión municipal es prácticamente la misma. Pero conviene mirar las cosas con una perspectiva un poco más amplia, quitando la hojarasca política. De lo que se habla es de la (mala) calidad de vida de los vecinos.

Se sabe que Tucumán está lleno de curiosidades y una de ellas es que hoy no se celebra el aniversario de la fundación de la capital, sino de su traslado. Del 31 de mayo, la fecha en la que Diego de Villarroel le insufló vida a la ciudad, nadie se acuerda. Claro, se le ocurrió hundir la espada en Ibatín, que además de insalubre y llena de mosquitos vivía jaqueada por los indios más belicosos de la comarca. La movida de Fernando Mate de Luna es la que motiva los festejos y, desde siempre, cuenta con mejor prensa. Quiso la historia que su nombre quedara grabado en una de las avenidas más vistosas, mientras a Don Diego le toca una calle que cruza Villa 9 de Julio, y los barrios Piedrabuena y Centenario hasta evaporarse en la Circunvalación, a metros de la Costanera.

San Miguel Arcángel es el alter ego de la ciudad. Un guerrero de armadura al que, lanza en mano, la iconografía representa a punto de liquidar algún demonio. De San Miguel se dice que formará parte del tribunal en el Juicio Final como abogado de la humanidad. Es, por donde se la mire, una figura protectora. Así que no estamos del todo seguros acerca de la edad de la ciudad (¿son 452 años, contando desde Villarroel, o 332, atendiendo a Mate de Luna?), pero sí de que contamos con un ángel de la guarda del máximo relieve. Vaya si lo necesitamos.

En algún momento de la historia, ubicado en la segunda mitad del siglo XX, mientras San Miguel de Tucumán se descontrolaba, faltó el ojo clínico que detectara la situación y la encarrilara a tiempo. Después fue tarde. Creció la población, creció la masa de viviendas y creció la demanda de servicios; pero no cambió la infraestructura. El microcentro -al que primero accedían cientos de vehículos y luego miles y hoy decenas de miles- es el mismo. Los desagües pluviales y las cloacas de aquel pueblo que dormía la siesta siguen siendo las mismas. Es lógico que no den abasto. Y así punto por punto.

La capital está calzada en un embudo. No puede salir. Precisa soluciones de fondo pero tomarlas cuesta un Perú, porque hay tantos lobbys e intereses que las iniciativas suelen terminar en el freezer. Las ciudades se peatonalizan y priorizan las ciclovías, pero en Tucumán es impracticable porque parecen mandar los dueños de las guarderías. Las calles exclusivas para el transporte público y la descentralización de los recorridos son indiscutibles, pero en Tucumán la sola idea de mover un par de cuadras las paradas de ómnibus representa una cuestión de Estado.

Si la ciudad huele mal (¿alguien se ocupará del tema alguna vez?), es caótica, le falta higiene y mantiene una deuda en materia de servicios provocará un efecto contagio en sus habitantes. Por eso el armado de una fiesta de cumpleaños, con show gratuito incluido en el parque Avellaneda, no genera alegría sino quejas por los cortes en el tránsito. Hay un círculo vicioso que parece imposible de romper: los males de la capital se retroalimentan con la desidia, la falta de respeto o -directamente- el vandalismo de los tucumanos. A esta altura es difícil precisar cuál es la causa y cuál el efecto.

No estaríamos hablando de esto, ni siquiera nos molestaríamos en prestarle algo de atención, si no anheláramos un nuevo comienzo. Será porque es nuestra ciudad, porque aquí elegimos vivir, porque de las más extrañas maneras nos relacionamos con ella. Porque sumergida entre tantos problemas hay mucha belleza. Curiosa vida la de Tucumán.

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