Una tarde con minotauros, vaqueros, zombis... y El Aleph

Desde hace 22 años los talleres de Mandrágora estimulan la imaginación de los “tucumanitos”. Dos libros recopilan la producción de los chicos.

13 Sep 2017

Los viernes por la tardecita, durante un par de horas, a la librería de Edunt (al lado del teatro Alberdi) la toman por asalto el juego y la imaginación. Y tanto, que hasta se escapan los personajes de la páginas de los libros que están en los anaqueles, y se entrometen en las historias que van urdiendo Agustín, Lucio, Julia, Milena, Matilda, Eugenio, Noé, Sandino, Bernardo y Santiago, entre otros compañeros del taller de Mandrágora.

Los chicos van llegando de a poco; cuelgan las mochilas de la escuela en el perchero (las edades oscilan entre los 8 y los 11 años) y se arremolinan alrededor de la mesa. En esa merienda conviven galletitas, botellas de gaseosa, un yogurt, algún juguito o “sanguchito”. Y hay cartucheras con lápices; y papeles de todos los colores a la espera de su “alguien que me escriba”. Como dice Ana “Mimí” García Guerrero, alma mater de los talleres de Mandrágora (los miércoles son para adolescentes), los papelitos son de colores para vencer el miedo de la página en blanco, ese síndrome que suele atacar al sufriente que escribe.

En las dos horas que dura el taller, los chicos escriben, leen, improvisan, dramatizan, juegan, sueltan tanto el cuerpo como la palabra... Hay algunos “recursos” que permiten que la “librería/biblioteca” se convierta en un salón de juego. “¡137!”, canta Emiliano Ceridono (teatrista y estudiante de Ingeniería), como si estuviera cantando el número ganador de la Lotería. Los chicos se levantan, y cada uno toma un libro cualquiera de los miles que hay en los anaqueles, y busca en la página 137. “Algunas veces nos dan un tema, pero hoy es libre”, apunta Sandino. Mimí explica que ahí entra a jugar la página 137: “de una línea tomo una idea, y vuelvo a la hoja, con la idea robada o tomada”.

¿Qué y cómo leen? ¿Qué y cómo escriben? ¿Qué cosas los inspiran? Las respuestas se superponen. “Mimí nos ha leído sobre el caballo de Troya. Nadie lee como la Mimí”, suelta un tallerista. “Lo que más nos ha gustado es la mitología griega. “Nos fascina mucho. ¡ Y aguante el terror !”, exclama Eugenio. Por la charla desfilan imágenes “del minotauro al que hay que salvar”; de vaqueros, de zombis, de “brujos malos pero que sin querer hacen cosas buenas”; un poco de historias de amor (poco); y la muerte, que aparece tanto en las lecturas como en la escritura. También les gusta Pescetti; y Lucio cuenta que está dibujando dragones en código de programación. También les han leído el cuento “El Aleph”, de Borges. “Después salieron a buscarlo (al Aleph). Y aseguran que lo encontraron debajo de una escalera; y han escrito alrededor de él”. También han armado un héroe con su propia tabla de valores. “Y le hemos dado el poder, pero todavía no lo han usado”, desliza Mimí.

¿Qué les pasa por la cabeza cuando les leen? “Yo me imagino”, coinciden Bernardo, Eugenio y Noé. “A veces se pelean porque uno dice que tiene más razón, el otro no... Para mí nadie tiene la razón... Me imagino que cada uno tiene un poco de razón. Pero no podemos conocer las razones de todos”, observa Sandino.

¿Por qué les gusta el terror? “Porque se siente adrenalina, y porque sentís que es como que te está pasando a vos”, acerca uno de los chicos. ¡“Cuando vos escribís, sentís que te está pasando a vos; vos, imaginás que estás en su lugar!”, enfatiza Noé.

De la producción de los talleres creativos de Mandrágora, Edunt publicó recientemente “Los lectores somos gente rara” (2015, con compilación de Ana García Guerrero y Emiliano Ceridono) y “Sin renglones” (de los mismos compiladores, producción del taller de 2016). En sus 22 años de vida, por Mandrágora pasaron muchas generaciones de “tucumanitos”; y en el mismo lapso replicaron su experiencia creativa en la Casa Cuna, en los hogares Eva Perón y Santa Rita, en el comedor Don Bosco y en la Bombilla, entre otros espacios.

“Mimí” anticipa que de este ciclo 2017 surgirá un nuevo título; y que en esta tercera producción el eje editorial está puesto en “las cosas que tachan”. “Es importante la publicación para ellos. Quieren escribir e imprimir. Vienen de la escuela con la idea de empezar y terminar. Con Emiliano hemos descubierto que lo mejor es lo que tachan; son cosas breves, altamente filosóficas. Por eso les hemos pedido que tachen suavecito, para que podamos ver qué es lo que hay debajo de las tachaduras”.

La tarde va cayendo, Emiliano y los chicos separan la mesa y las sillas y queda un espacio para jugar con el cuerpo, con la música y con los sonidos. En un rato volverán a casa; a jugar con la Play; o a escribir poemas o reflexiones filosóficas y de las otras, en la hoja del cuaderno Rivadavia, en la compu, o en el celular.

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