Antibióticos para la alegría

El nuevo arzobispo abre un ciclo diferente en la vida tucumana. La política y la justicia le pronostican algunas tormentas. El primer pastor de la arquidiócesis nacido en la provincia . Melitón y “Carlitos” en la misma senda.

27 Ago 2017 Por Federico Diego van Mameren
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En un LED inmenso apareció la imagen del gobernador Juan Manzur. Carlos Sánchez la miró y no dudó un segundo. “Juancito”, dijo. En el acto, el flamante arzobispo de Tucumán unió el nombre del mandatario provincial con el sustantivo diálogo. Y, como el nuevo monseñor no le escapa a los desafíos, explicó que el diálogo y la búsqueda de él debe ser la tarea del gobernador tucumano. El mismísimo arzobispo advertía a Manzur que el diálogo, la búsqueda y la construcción de relaciones positivas debían ser algunos de sus atributos. En síntesis, le definía el rol de canciller para que la provincia salga de ese divorcio permanente que suele patentizarse en las redes sociales mejor que en ningún sitio.

Hasta antes de las primeras elecciones de este año -y con el impulso del Bicentenario de la Patria-, Manzur vino ejerciendo su cancillería. Era la forma que el mandatario tenía de diferenciarse de José Alperovich, quien gobernó la provincia con puño cerrado, dientes apretados y un autoritarismo inesperado. Monseñor Sánchez, el arzobispo de la alegría, subrayó este cambio y este proceso de transición en el que está embarcado Tucumán, tal vez sin saberlo todavía.

Geppeto

Es en el peronismo donde se cuecen las habas y monseñor Sánchez lo sabe. Hasta hace unos años, en el triángulo del poder el titiritero Alperovich se había aposentado en el vértice principal que le da altura a esta figura de tres lados. En la base estaban, en un extremo, el general Osvaldo Jaldo con toda la tropa y la impronta justicialista y, en la otra punta, el canciller. Después de las PASO, el triángulo se mantuvo, pero se dio vuelta. Al titiritero se le fue la mano e inesperadamente se convirtió -como en el viejo cuento infantil- en un verdadero Geppeto que le dio vida al muñeco de madera y hoy es incontrolable. El general Jaldo logró más votos que los otros dos líderes. En 2015, el canciller obtuvo 491.000 sufragios y el titiritero fue elegido senador con 404.000. En este 2017, el general llegó a los 495.000 sufragios. Pero no sólo se trata de una comparación cuantitativa: también hay componentes cualitativos porque el general triunfó sin acoples, que son a las candidaturas peronistas como las turbinas al avión. El general y su amigo el canciller peronizaron la campaña y con ese triunfo pusieron en un plano de igualdad al veterano Geppeto, quien después de octubre posiblemente se arrepentirá de haber movido los hilos para que Jaldo sea el candidato oficialista.

El gran enemigo

En el peronismo tucumano había dos motivaciones en estas PASO que se repetirán cuando en octubre se cubran los cuatro escaños que quedarán vacantes. Una era borrar la imagen de escándalo que tenía la provincia después de los comicios de 2015 y la otra, vencer a un enemigo conocido. Ese personaje no figura en la lista de candidatos. No era José Cano, precisamente, sino Germán Alfaro, el intendente peronista que juega con los globitos amarillos. El general mandó a sus lugartenientes a atacar la Capital y puso toda su artillería contra Alfaro, primero, y contra Mauricio Macri, después.

Con estos antecedentes que dejaron las PASO, en el heterogéneo equipo de Cambiemos los peronistas disidentes están seguros de que en el camino hacia octubre deberán peronizar la campaña. Por ello no es de extrañar que se toquen menos timbres y que se monten más tarimas para que los candidatos se suban a arengar a la tropa. El más desubicado en este proceso es José Cano, candidato a diputado en primer término. Su rol contestatario y agresivo supo tener en otros tiempos el respaldo millonario de la Asociación Bancaria. Eso ya no está, como tampoco están otros estrategas que solían bisbisearle al oído las próximas jugadas del ajedrez político. El escenario es distinto. Tucumán no está en El Centro ni de la escena ni del discurso de Cano, quien repite eslóganes e ideas que se piensan en la Casa Rosada. Cambiemos vive otra realidad en Olivos y en la Casa Rosada. En cambio, en Tucumán aún no salieron los brotes verdes.

A la deriva

El “arzobispo de la alegría” se pone serio cuando habla de la pobreza. Considera que es ella la que terminó coronando el reinado de la droga y a la inseguridad. Al mismo LED al que monseñor Sánchez miró de frente y respondió cada pregunta que se le hizo en un programa televisivo del miércoles pasado por la noche, los principales responsables de la seguridad de la provincia prefirieron darle la espalda. Ni el ministro Regino Amado; ni el secretario de Seguridad, Paul Hofer; ni el jefe de Policía, Dante Bustamante dieron la cara para analizar qué pasa en la provincia después de un año de vivir en emergencia de seguridad. A este trío podría sumarse Claudio Maley, quien fue puesto por el gobernador como asesor de seguridad sin que su presencia haya servido tampoco para transformar la historia.

Manzur, a diferencia de su antecesor, no sigue de cerca el funcionamiento de sus ministros. Por el contrario, estos tienen vía libre para hacer que funcionen sus ministerios. El problema de esta política autonómica es que tampoco puede ver los problemas que acechan. La administración de Seguridad ha quedado en manos exclusivas de Hofer, quien, junto a Bustamante, maneja las riendas de la Policía provincial. Sin embargo, ni Maley, ni el ministro, ni los legisladores oficiales acompañan los procesos y acciones de este binomio. Por el contrario, hacen la vista gorda. El dúo dinámico tiene el mote de alperovichista y hoy por hoy esa cualidad no parece ser bien vista en la Casa de Gobierno, pero se mantiene en silencio, no se expresa en voz alta. Puede demorar tanto el guiño del gobernador para definir acciones, que a Amado le alcanza el tiempo para distenderse en las mullidas butacas de la primera clase de American Airlines. La señal nunca llega porque el canciller está en otra. Hofer se defiende mostrando números que le permiten demostrar que hay mermas en los delitos, pero no le alcanza porque el apoyo político no figura en el manual de procedimientos del canciller.

Manzur, en tanto, está más preocupado por no darle nunca la jubilación al juez Salvador Ruiz, que en escuchar los problemas que tienen en el área de seguridad con la Justicia. En los pasillos cercanos al área de Seguridad no se cansan de mostrar que cada vez que se identifica al autor de algún delito, esa persona termina siendo alguien que ya tiene antecedentes en los Tribunales. Los detenidos que no deberían andar por las calles suman más de 3.000. Esa cifra que exige una política de acción inmediata no figura en la agenda del canciller. En los Tribunales pareciera que tampoco es prioritario.

La reyertas internas ocupan toda la atención del palacio. El nudo del conflicto cabe en un ómnibus de la línea 11. En cada parada se sube un problema más. La imagen del Poder Judicial no marcha sobre ruedas: se asemeja más a esos polizones que tratan de burlar la buena fe del chofer. El último escrito del fiscal Washington Navarro Dávila lo confirma. “El tiempo que demoró la Cámara Contencioso Administrativo y la propia Corte en remitir el expediente de origen de la cautelar y las actuaciones de la Municipalidad va de suyo que si esa fuera la interpretación correcta, la propia Cámara y la Corte actuaron con demora para proteger a los denunciados, lo que significaría ni más ni menos en convertirse en actores principales en garantizar la impunidad de los presuntos acusados generando con ello un gravísimo antecedente de protección corporativa inexcusable, lo que sería desencadenante de una gravísima investigación por cuanto a través de la demora protegerían a sus pares, más cuando aparece involucrado ni más ni menos que el hijo del presidente de la Corte, explicando de este modo el género de la recusación cuyos conceptos nunca pudieron ser explicados por el doctor Antonio Gandur” (sic). Este párrafo describe el grado de enfrentamiento que existe en Tribunales, donde el propio presidente de la Corte es blanco de diferentes intérpretes del ministerio público que conduce Edmundo Jiménez.

El primero

El arzobispo de la sonrisa es el primero en la historia que ha nacido en las dulces tierras tucumanas. Hubo algún obispo como Bernabé Piedrabuena, pero fue antes de 1957 cuando se elevó a la categoría de Arzobispado a la diócesis tucumana. Desde ese año estuvieron al frente de la Iglesia provincial religiosos foráneos: Juan Carlos Aramburu, Blas Victoria Conrero y Silvio Pellico llegaron desde Córdoba; Horacio Bózzoli aterrizó oriundo de Buenos Aires; Arsenio Raúl Casado vino desde Salta y tanto Luis Héctor Villalba como Alfredo Horacio Zecca nacieron en Buenos Aires, lo mismo que Armando José María Rossi, el obispo de la diócesis de Concepción.

No sólo la imagen del arzobispo sonriente es la que sobresale; también en la santiagueña Añatuya se ha instalado otro tucumano, Melitón Chávez. Sería también la primera vez que dos tucumanos se insertan juntos en la Conferencia Episcopal. En común las dos figuras tienen su vínculo con el cardenal Villalba, pero también la apertura de caminos insondables en los escondites de la droga. Desandaron a su vez los serpenteantes andurriales de la pobreza dejando descolocado a más de un político.

Monseñor Sánchez o el padre Carlitos es lo mismo. Corre con la ventajas de que conoce muy bien a los principales personajes de la vida pública tucumana y con la desventaja de que su Iglesia necesita, más que nunca, de pastores que salgan de los templos a recorrer las calles, algo que la política suele recordar sólo en tiempos electorales.

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