Las polifacéticas trapacerías del “busca”

Es un personaje típico de la “fauna” argentina. Tratan de sacar provecho de todo. ¿Hay que desenmascararlo o tolerarlo?

22 Ago 2017 Por Roberto Espinosa

Mirada que sonríe. Palabras que envuelven. Simpatía que resbala en los gestos. Los elige cándidos. Crédulos. Define su objetivo. Observa. Calcula. Medita, antes de lanzarse sobre la presa. Repasa mentalmente su estratagema. Escoge el momento. Una vez lograda la misión, adopta la fórmula. Perfecciona las mañas. Sacar ventaja es su leitmotiv, desde lo nimio hasta lo más trascendental. Ambición y manipulación; palmada y el “Dios te lo pague” son sus aliados. La picardía se sienta a diario en su mesa. Ventajero. Busca. Pijotero. Aprovechador. ¿Sinónimos de éxito? “El pícaro y el villano, la pagan tarde o temprano”, dice el refrán. ¿Será así?

Es la persona que sin miramientos procura obtener ventaja en los tratos, en el juego, en lo que vea una buena oportunidad. Extiende sus intereses en distintas profesiones y oficios. Son típicas esas señoras que en las insufribles colas bancarias, se acercan para saludar a una conocida, se ponen a conversar y distraídamente se incorporan a la fila de espera. La política suele ser un campo fértil para este personaje que sacará provecho de cualquier situación, aunque perjudique a otros. El vivo es un personaje propio de la fauna argentina. ¿Tenés amigos buscas? ¿Qué hacen? ¿Hay un antídoto para estos aprovechadores? ¿Hay que tolerarlos? ¿Aprender a convivir con ellos? ¿Desenmascararlos? ¿Resignarse? ¿Qué hacer cuando una sociedad que está gobernada por vivos?


> La vidriera irrespetuosa

Adriana Olivera

Doctora en Letras-Cantante

El término “busca”, como adjetivo de matiz peyorativo, se asocia con otros, dispersos por el mundo, como buscón: “dícese del que hurta rateramente o estafa con socaliña. Persona pendenciera”. Si nos remitimos a la literatura, recordamos personajes famosos como el pícaro o el buscón, con distintos matices que van desde el vivo aprovechador hasta el cínico inescrupuloso. En nuestro país, el buscavidas adopta distintas representaciones: “persona ingeniosa, perezosa, indolente, que busca modos lícitos (o no) para sobrevivir”. ¿Quién es “el busca” actual? ¿Qué fines persigue? ¿Cuáles son sus nuevas prácticas para sobrevivir sin un trabajo fijo, en el actual contexto neoliberal? En un momento en el que el trabajo es un bien escaso, donde no hay estabilidad ni posibilidades de progreso, donde la letra del tango “Cambalache” reactualiza sus críticas, el pícaro encuentra modelos para su accionar, que legitiman su accionar. “¿Es lo mismo un burro que un gran profesor?” “¿Da lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata, que el que cura o está fuera de la ley?” ¿Quiénes son los Maquiavelos de hoy? ¿Qué cargos públicos o privados ejercen? ¿La vidriera irrespetuosa de ayer es la pantalla de hoy, donde ostentan poder y dinero desde las botineras hasta los políticos? ¿Qué modelos tienen los jóvenes, si el éxito lo obtienen “los buscas” inescrupulosos? La cultura del trabajo promueve el esfuerzo y la disciplina, requiere voluntad y la capacitación constante. No es terreno favorable para cínicos, aprovechadores, profesionales de lo fraudulento. Dependerá de los adultos, de la escuela, crear conciencia social, dignificar el trabajo cotidiano, sembrar en los niños y jóvenes valores que promuevan la cultura del trabajo heredada de nuestros mayores.

> Revalorizar la igualdad

Gabriel Fulgado

Productor de espectáculos

Siempre recuerdo una siesta tucumana en que dejé el auto estacionado por algo más de una hora, al regresar lo encontré totalmente cubierto de cenizas provenientes de un volcán en erupción en Socompa. Hasta aquí, el detalle climático. Lo sorprendente vino después, cuando minutos más tarde, al detenerme en un semáforo a pocas cuadras encontré a dos “buscas” ofreciendo barbijos para protegerse de la lluvia de ceniza. Con esto quiero destacar una actitud de trabajadores -generalmente informales- que a fuerza de astucia y rapidez consiguen un resultado económico aun en una situación sorpresiva o adversa sin abandonar el hábito del esfuerzo y el trabajo. Muy distintos del “vivo” -ese otro busca- que pensando sólo en su provecho actúa sin importarle -o sabiendo- que dañará a otros. Este es un manipulador de cualquier situación que actúa sin mirar el valor moral de lo que hace. Cuando estos últimos personajes se multiplican llegando a ocupar lugares destacados en la sociedad, todo el resto sufre las consecuencias (más allá de las víctimas eventuales de su proceder): Por un lado, probablemente debido al “éxito” que logran, aparecen quienes aplauden o imitan la conducta defectuosa que se extiende y por otro, paralizan el accionar respetuoso y considerado de quienes se sienten lentos, ineficaces o tontos frente a un conjunto social que tolera o premia lo malo como valioso. ¿Hay antídotos? Más allá de que como individuos debamos tomar una actitud activa deteniendo, desenmascarando o enfrentando esta “viveza” - con la palabra, los gestos y el ejemplo-, es esencial que como sociedad busquemos como superar este desafío. Creo que en una revalorización de la “igualdad” -uno de los tres valores que dieron forma a las democracias modernas- podemos encontrar alguna respuesta. Educando a los que vienen en el reconocimiento del otro (de todo otro) como un semejante, construiremos una convivencia más respetuosa. El Estado debe ser el responsable de sostener esa “igualdad” no sólo como punto de partida y referida a las posibilidades, sino resguardar y mediar para que sea eficaz en el resultado. Sólo así, aquel “Viejo Vizcacha” del Martín Fierro, será solo un personaje literario y no un ejemplo para cientos de modernos Maquiavelos a quienes no les importan los medios si los llevan a lograr sus fines mezquinos. ¡Ojalá!

> Esperando el contacto

Cristina Kreczman

Docente-Escritora

Hace tiempo, el actor Brandoni personificó “El buscavidas”. En mi niñez los vi subir al colectivo a los trenes, vendiendo biromes generalmente y algunas hojas Gillette... actualmente sacaron las hojitas y las cambiaron por golosinas y cuadernillos de Matemáticas y libritos para colorear. Sin embargo, desde hace tiempo la denominación de “busca” se extiende más allá de ese personaje que salía a proveer el pan diario a cambio de una sencilla transacción comercial. Hay buscas que se acodan en la barra de un bar esperando ese “contacto” que le abra la puerta hacia una oportunidad para aplicar su “te tengo un negocio que no puede fallar”, o alguien que les cambie la vida con alguna proposición matrimonial. Buscas, amigos de amigos de amigos. Sin distinción de sexo, estudian horas, lugares, personas y casi con seguridad hasta tienen la “pilcha” especialmente pensada para cada ocasión. Se los puede encontrar en el mismo lugar de trabajo y los calás desde lejos. Se te arriman, te dicen cosas bonitas, halagan tu tarea, se hacen los gatos mimosos y si eres medio tontón, cuando te tienen a punto caramelo te piden: “mañana podés cubrirme en la salida, es media horita nomás”. El busca busca atajos, pone los mecanismos de su mente a funcionar mejor que un reloj suizo, cuando quieren alcanzar un propósito (aunque perjudique a otros). No les anda el corazón para comprender que los mejores logros se hacen con trabajo y empatía.

La buena gente

Raúl Ponce

Artista plástico

La costumbre de los “pícaros” de aprovecharse de las personas cándidas parece ser innata en ciertos individuos. Hay desde la niñez conductas que lo verifican: los alumnos obsecuentes buscan conquistar a la maestra con regalitos (la clásica manzana), la limpieza del pizarrón y alcahueterías varias. Conocí a un pibe que durante la actuación en un acto escolar, olvidó su discurso, pero recordó el del compañerito actor y lo declamó con altisonante voz, ganándose el aplauso de los papás, mientras el otro niño lloraba desconsolado. Justamente entre los 14 o 15 años, sufrí una situación que cada tanto vuelve culposa a mi mente, por no haber puesto en evidencia a un compañero de campamento que se lució con una realización mía como si fuera propia. Nuestro profe de gimnasia, organizador del evento, era un tipo macanudo. El hombre estaba de novio y la encantadora señorita que había ganado sus preferencias iría a visitarlo; limpiamos y arreglamos tan prolijamente como pudimos, preparando un recibimiento digno a la princesa. Llegó con una comitiva notable de papás, tíos y etcéteras que ameritó el cinematográfico beso de nuestro campeón. En el remolino resultante, emergió el Gordo López con un precioso corazoncito de piedra que entregó zalamero en su nombre a la pareja ante la emoción de la dama por tan bello gesto. Consternado, tembloroso, arrastrando mi timidez me metí en la carpa y revisé impaciente la mochila. En efecto, el corazón que trabajosamente había tallado para obsequiar a mi novia imaginaria no estaba. Como corresponde a la adolescencia, amaba a un ángel de cuya carnalidad nadie puede dar fe, porque como se sabe, los ángeles no existen.

> PUNTO DE VISTA

El "busca" anida en nuestras cobardías

GABRIELA ABAD

DOCTORA EN PSICOANÁLISIS

Nada más difícil para el sujeto que decir no, esto se escucha con frecuencia en el diván del psicoanalista. Vergüenza ajena le llaman algunos, pero lo cierto es que los neuróticos, o sea casi todos, nos quejamos amargamente de las veces que permitimos que nos ventajeen. Lo peor, es que por lo general lo advertimos, es en nuestras narices y sin embargo, no aflora la reacción. “No podía creer que sea tan descarado”, se dice comúnmente, pero lo cierto es que le dimos lugar, nos callamos, reaccionamos tarde.

Podríamos preguntarnos por esta pasión por dejarnos perjudicar, nos justificamos diciendo que fuimos confiados, discretos, que no queríamos hacer el papelón de una disputa. Pero ya somos grandes para aducir inocencia y lo más acertado es hablar de complicidad.

Cuando empezamos a desmenuzar las circunstancias que nos llevaron a silenciar nos encontramos con una de las caras más terribles de nuestra cobardía. Es más fácil quejarse, hacerse el distraído, culpar a cualquiera, que enfrentarnos a nuestra pasión por someternos.

La ventaja del que se somete y se queja, es que cree estar libre de responsabilidad, hace la de Pilato, la culpa es del otro, él es pobrecito, víctima del “busca”. El precio es caro, renunciar a defenderse, a poner límite al que te gana, te ventajea, te goza dicen ahora. Por todo esto, afirmo que estos personajes abrevan en las renuncias del entorno, en la dificultad por hacerse responsables, en las flaquezas.

Respecto al planteo de que muchos de los que se dedican a la política lo hacen solo por “buscas”, hay que pensar todas las dimensiones posibles de estos personajes. El ventajista supone de últimas sacar algunas ventajas o beneficios de un lugar de privilegio, con lo cual da la idea de políticos que se mueven en la periferia, en cargos de poca monta, sin embargo y casi por una cuestión de clases aceptamos callados los grandes “vivos”, aquellos que sustraen nuestros futuros y el de nuestros hijos. Lacan dice en uno de sus seminarios: “son pocos los sujetos y los pueblos que pueden no sucumbir a la captura monstruosa de ofrecerse como objeto de sacrificio de oscuros dioses”.

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