Un baño de realidad

21 Ago 2017 Por Fernando Stanich

En menos de dos años, José Cano pasó de hacer tambalear la estructura de poder de Juan Manzur a hacer cuentas para saber si logrará sentar uno o dos diputados. Esa será, hasta el 22 de octubre, la única preocupación que tendrá el radical, que deberá en este tiempo conformarse con encontrar la fórmula para restarle votos a Fuerza Republicana. Porque, después de las PASO, lejos quedó de la expectativa inicial de arrimarse a los números de la Casa de Gobierno.

La inapelable derrota del domingo 13 sumió al principal espacio opositor en una crisis tan inoportuna como inesperada. En realidad, la diferencia de 200.000 votos en contra desnudó la secuencia de desaciertos tácticos que fue sumando Cambiemos en los meses previos a los comicios. Muchos de ellos, vale aclararlo, no fueron exclusividad de Cano, sino pedidos puntuales de la Casa Rosada. No vale la pena desmenuzar los casos de aquellos dirigentes que dejaron el espacio enemistados con Cano o para alejarse de Mauricio Macri, como los radicales díscolos o la legisladora peronista Stella Maris Córdoba. Ellos son irrecuperables, al menos, en el corto plazo. Quizá el más evidente error sea el haber dejado afuera del armado al ex intendente Domingo Amaya. El secretario de Vivienda de la Nación pedía internas para dirimir las candidaturas, y recibió como mejor ofrecimiento un tercer lugar. Las consecuencias de ese desaire eran previsibles: un sector del peronismo no movió un dedo durante la campaña. Christian Rodríguez, legislador que responde a Amaya, fue claro durante la semana: o se modifica la estrategia, o se repite el resultado electoral en octubre. Pero, además, hay otro yerro inentendible del macrismo. ¿Por qué la Nación hizo renunciar a Cano al plan Belgrano? El tucumano se quedó sin su principal arma en el medio del proceso electoral, y debió volver al discurso de barricada de aquellos años como legislador, diputado y senador. En lugar de exhibir obras y proyectos, el radical debió conformarse con la confrontación dialéctica y eso, en su pretensión de gestionar una provincia, resulta anacrónico. Lo más insólito es que aún no fue ocupado su lugar en ese programa, y ya transcurrió más de un mes desde su dimisión. ¿Para qué, entonces, lo obligaron a dar un paso al costado? Ahora, Cano deberá afrontar los dos meses más decisivos de su carrera política y luchar por mantener su exposición pública desde el llano, justo frente a Osvaldo Jaldo, que volvió a sentarse a sus anchas en el sillón de vicegobernador. Una ventaja que no está en condiciones de dar.

En Cambiemos no sólo hubo pérdida de votos, sino también de respeto. Tras las PASO, en los grupos de Whatsapp de los macristas se repitieron los mismos nombres: José Cano, Germán Alfaro y Pablo Walter. Dirigentes y empresarios que integran el G 25, ese “puente” entre lo privado y lo público ideado por el PRO, dejaron en claro su malestar por los resultados y, además, por las formas. Las miradas apuntan principalmente a Walter, a quien cuestionan que se presente en las negociaciones con el radical y con el peronista como el emisario del Presidente, y que adopte decisiones sin siquiera consensuarlas con los sectores “puros” del partido. Varias de estas quejas, incluso, ya fueron transmitidas a oídos de algunos miembros del círculo rojo de Mauricio Macri. En todos los casos, la evaluación es la misma: se cedió el liderazgo a terceros y el resultado tampoco fue el esperado. “¿No será momento de probar ya con nombres propios y con otros métodos?”, se preguntan en esos mensajes de texto. A juzgar por las versiones acerca de que una comitiva ligada al asesor presidencial Jaime Durán Barba visitaría la provincia en las próximas semanas, las quejas parecen haber surtido efecto.

También la brutal caída electoral obliga a Cano y a Alfaro a repensar estrategias. Lo llamativo es que no hubo en los días posteriores a la elección una serie de encuentros para analizar lo sucedido y replantear el futuro inmediato. Apenas algunas charlas informales e intercambios de opiniones suenan a poco cuando se trata de un espacio que pugna por sacar del poder a Manzur en 2019. No obstante, en esas primeras conversaciones surgieron algunos indicios acerca de dónde se focalizará la campaña hacia octubre. El alfarismo, urgido por lograr que Beatriz Ávila ingrese como diputada, propone “provincializar” la elección y centrar el discurso y las acciones en todo lo relacionado con la falta de seguridad de los tucumanos, y con la corrupción del alperovichismo. En paralelo, aquellos que tienen más relación con la Rosada sugieren capitalizar la gestión de Macri, y ponen como ejemplo los otros distritos en los que Cambiemos triunfó. En el medio, desde luego, está la dificultad de remar contra una mayoría de tucumanos que tiene una imagen negativa de las acciones del Presidente, según marcan las encuestas oficialistas y opositoras.

Las PASO pueden sufrir muchas objeciones, pero suelen ser certeras y tienen la particularidad de ubicar a los dirigentes en la realidad que les toca afrontar. Lo está sufriendo Cambiemos en carne propia.

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