Los libros sí muerden

20 Ago 2017
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DEFINICIÓN. La lectura es reflexión y disputa, un buen texto nunca nos deja de susurrar sentidos y de interpelarnos.

Por Santiago Garmendia - Para LA GACETA - Tucumán

En mi casa paterna los libros se hacían más importantes a medida que uno se acercaba al escritorio (que solía estar bajo llave). Recuerdo que tenía diez años y mi padre me hizo señas desde el recinto sagrado. “Fito: ¿muchos libros, no? Bueno, escuchá: no los leí a todos”. No le creo. Pero guardo su gesto con mucha alegría. El mensaje que me quedó fue tranquilizarme ante el mar de letras, junto a la enseñanza clave de no usar la lectura como distancia.

Se habla de estrategias de incentivar la lectura. Esto implica el valor de que leer es indispensable. Coincido con el valor en tanto creo que la lectura implica un esfuerzo intelectual tanto racional como creativo, una energía por parte del lector. La Lectura es reflexión y disputa, un buen texto nunca nos deja de susurrar sentidos y de interpelarnos. Ahora bien, también es cierto que es difícil justificar lo que podemos llamar el mandato “E”: Nene entendé que tenés que leer gente célebre. Más si el comanda el “mandato E” está absorto por Netflix.

Un amigo mío, devenido cordobés, me decía que la perfección a la que han llegado los productos como las películas o las series de ficción en cuanto a entretenimiento, no implica un peligro sino una oportunidad para la literatura. O sea que puede ser una ocasión para celebrar aquello que tiene de específico, de imprescindible, y no para competir, digamos, con Juego de Tronos.

¿De qué forma se puede incentivar la lectura? El “mandato E” por sí solo es vacío. No se trata de que el libro salga a buscar fieles perdidos, ni que se simplifique su contenido, sino de recordar esa esencia. Uno de estos espacios esenciales de la lectura es la filosofía.

La filosofía tiene la capacidad de brindar herramientas para las preguntas más profundas, las que nos hacemos desde nuestra infancia. ¿Por qué es un lugar propicio para los jóvenes? No porque sea fácil ni divertida, sino al contrario, porque se resiste a simplificar.

De la misma manera que ningún chico acepta de verdad ninguna respuesta nuestra acerca del amor, de Dios o de la muerte. Enseña a amar la dificultad, la tensión de los términos siempre esquivos a una definición precisa. Pero hay más.

La amistad con un texto filosófico no puede durar más de un segundo, porque el propio movimiento de una lectura lleva a que el texto se convierta en el antagonista de nosotros lectores. Ese oscilar se llama pensar y su forma más pura, desprejuiciada, se da en los chicos, a quienes no hay que decirles que los libros son productos dóciles hechos a medida. Al contrario, hay que mostrarles que el buen libro sí muerde: hasta el hueso, y duele como ninguna otra cosa.

© LA GACETA

Santiago Garmendia - Doctor en Filosofía, escritor.

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