El silencio y la soledad dominan a la villa que añora los trenes

En el punto cardinal este, Las Cejas es el último paraje antes de cruzar al territorio santiagueño. La vieja estación será un museo.

15 Ago 2017
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EN LA VÍA. Las piezas del viejo ferrocarril todavía se conservan en los alrededores de lo que fue la estación. LA GACETA / FOTOS DE FRANCO VERA.-

POR LOS PUEBLOS

Se pasea por las calles del pueblo se pasea. Lleva las riendas con firmeza y se nota que tiene experiencia, porque viaja de pie dentro del carro. Todos lo conocen como el domador de caballos. Se llama Carlos Pérez y sabe de memoria la rutina de entrenamiento del animal. Los lugareños reconocen la buena técnica del domador y lo elogian en público. “Si el animal es chúcaro y no lo sabe amansar, le va a salir mal; eso lleva un tiempo, no es de un día para otro y él sabe lo que hace”, explica Oscar Miguel Medina (65 años), mientras señala al experto que viaja a bordo del carro.

Otro vecino acelera la moto en la que carga una docena de botellas de plástico descartable. Va en dirección a la plaza, donde esperan sus clientes. “El Mozo” Medina le dicen al lugareño que todas las mañanas se levanta, ordeña las vacas, pasa la leche a los envases de plástico y sale a recorrer el pueblo para la venta.

Las Cejas nació por la extensión de las vías férreas. A un costado del ramal fue creciendo el paraje. El origen del nombre se retrotrae al año 1862, cuando una comisión especial elaboró un informe sobre los límites de Tucumán. Al referirse al territorio compartido con Santiago del Estero indicaron que había varias estancias.

Algunos relatos transmitidos de una generación a otra se refieren a una derivación de la expresión “Ceja de Monte” o “Punta de Monte”. Otros relatos hablaban de la posibilidad de que uno de los dueños más antiguos de esa porción de tierra era Roque Cejas. Antes, los pobladores le decían Los Cejas, pero con el paso del tiempo se modificó hasta quedar Las Cejas.

Una de las principales fuentes de empleo es la comuna rural, que administra Cristina Contreras, en su segundo mandato consecutivo. Si no hay un lugar en la planta estatal, la mayoría de los jóvenes se quedan sin posibilidades de obtener un empleo. Eduardo Sánchez, de 53 años, es artesano y trabaja en su casa con la madera. Crea piezas con figuras gauchescas en quebracho colorado y también algunas en caña bambú. “Me gustaría enseñar el oficio -dice el vecino-, en las escuelas, ir a dar charlas, para que los jóvenes puedan desarrollar sus talentos”, agrega. A su lado, su hija, Rocío Sánchez, de 25 años, recuerda que hace unos años tenía un microemprendimiento en la escuela con la cría de porcinos, pero no fue sustentable. “Como no hay trabajo, la juventud está perdida -sostiene-, aquí los chicos van a la plaza y están tomando cerveza o vino en grupos; hace falta fomentar la cultura”.

Los sueños

El destino del pueblo se forjó a la par de las vías del ferrocarril. Pero una vez cerrado el ramal, en los 90, la vida pueblerina comenzó a apagarse lentamente como un cuerpo dormido. El paisaje todavía está dominado por el silencio y la soledad. En aquel tiempo, los sueños se quebrantaron y comenzó la emigración, en especial, de los más jóvenes en busca de un futuro.

Julio Héctor Orrillos, de 73 años, se jubiló en la actividad ferroviaria. Con nostalgia recuerda que desde Las Cejas salía el tren cargado con soja hacia Clodomira, en Santiago del Estero, y después llegaba al puerto de Rosario. “Cuando Carlos Menem cerró el ramal se apagó la vida del pueblo”, afirma con resignación. El edificio de la vieja estación todavía se mantiene en pie. Elena Borges, 56 años, es vigía de la comuna y trabaja en esa coqueta construcción de dos plantas. “La idea es hacer un museo, pero faltan algunas cosas”, admite.

Cada 22 de junio, Las Cejas celebra el aniversario de la fundación. Todavía se mantienen las leyendas, como en todos los pueblos del interior. La salamanca, la mulánima o el duende, con una mano de lana y otra de plomo, son las más conocidas entre los lugareños.

La mayoría de los chicos estudia en la escuela Agrotécnica Rural “Soldado Cajal”. En medio de las plantaciones de maíz, soja o trigo, pueden verse teros y algún que otro halcón en busca de una presa para el almuerzo. Algunos lugareños todavía se trasladan en carros, como el domador de caballos. Pero duando se termina la cosecha, los lugareños se convierten en trabajadores golondrinas que salen en busca de un nuevo destino, lejos de sus casas.


agricultura 
una zona fértil para cultivar granos
El 22 de junio pasado, el pueblo festejó los 163 años de su fundación. Las Cejas nació con la explotación forestal. Después la gente se inclinó por la agricultura con tierras óptimas para el cultivo de granos. Carlos Pérez es un experto domador de caballos, que se pasea en su carro por la plaza del pueblo.
 
piezas en madera 
un artesano que cuida el cementerio
En el último paso en territorio tucumano, en el límite con Santiago del Estero, se construyó un parador para control policial. Sin embargo, la obra quedó inconclusa. Eduardo Sánchez nació en Las Cejas, es artesano y trabaja con la madera. Además, en su rol de empleado de la comuna, trabaja en el mantenimiento del cementerio.

Agricultura 
Una zona fértil para cultivar granos

El 22 de junio pasado, el pueblo festejó los 163 años de su fundación. Las Cejas nació con la explotación forestal. Después la gente se inclinó por la agricultura con tierras óptimas para el cultivo de granos. Carlos Pérez es un experto domador de caballos, que se pasea en su carro por la plaza del pueblo. 

Piezas en madera 
Un artesano que cuida el cementerio

En el último paso en territorio tucumano, en el límite con Santiago del Estero, se construyó un parador para control policial. Sin embargo, la obra quedó inconclusa. Eduardo Sánchez nació en Las Cejas, es artesano y trabaja con la madera. Además, en su rol de empleado de la comuna, trabaja en el mantenimiento del cementerio.

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