Fito Páez proyecta su influencia a todo el continente

01 Ago 2017
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TALENTO DESDE CHICO. Fito Páez descubrió el piano a los siete años. Lo tocaba su madre concertista.

HISTORIAS DEL ROCK

Medio siglo de una pasión argentina

GUSTAVO JATIB / ESPECIAL PARA LA GACETA

Había un piano en la casa de los Páez en Rosario, y el pequeño Rodolfo lo descubrió a los siete años casi como un juguete. Su madre había sido una reconocida concertista, pero luego de su muerte (ocurrió cuando él tenía apenas ocho meses) nadie había vuelto a tocarlo. Pronto el niño empieza a tomar clases y descubre el placer de hacer música.

Ya en su adolescencia escucha a los Beatles y a los Rolling Stones y le cambian la cabeza, pero su destino se transforma una noche de agosto de 1976 en el teatro Astengo de su ciudad. Tiene 13 años y ve en vivo La Máquina de Hacer Pájaros, con un Charly García inspiradísimo haciendo maravillas. Esto lo decide a ser músico de rock y forma sus primeras bandas: Neolalia (con Fabián Gallardo); Staff, con la que gana un concurso, y El Banquete (con Rubén Goldín y Silvina Garré).

En 1981 Juan Carlos Baglietto lo invita a sumarse a lo que se conocería como La Trova Rosarina, un seleccionado de músicos integrado por Goldín, Garré, Adrián Abonizio, Jorge Fandermole y Lalo de los Santos, entre otros. Con sólo 18 años, Fito compone canciones como “La vida es una moneda”, “Sobre la cuerda floja” y “Puñal tras puñal”, que integrarán el primer disco de Baglietto, del cual además sería el arreglador y pianista. El éxito de la Trova es arrollador en 1982 y 1983, con conciertos en Buenos Aires y giras por todo el país.

Imparable

En una de esas actuaciones, en el teatro Coliseo, aparece un espectador de lujo: el propio García. Le habían hablado de un flaquito de anteojos, parecido a él, que la rompía en el piano. A fines del 83 lo invita a sumarse a su nueva banda, junto a los GIT (Pablo Guyot, Willy Iturri y Alfredo Toth), más Daniel Melingo en vientos y Fabiana Cantilo en coros.

Con esa banda extraordinaria giran presentando “Clics modernos”, y graban “Piano bar”, tercer disco y obra maestra de García. Mientras tanto, Fito empieza su propia carrera solista con el álbum “Del 63”, donde se destaca “Tres agujas”, una de sus canciones más inspiradas. En 1985 deja a Charly y graba su segundo disco, “Giros”, que incluye dos joyas que entrarían en la historia: “11 y 6” y “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, que le da el reconocimiento unánime del público y de sus pares, entre ellos nada menos que Luis Alberto Spinetta, quien lo invita a grabar juntos. De esa unión nace el disco doble “La La La”, el único trabajo en la carrera de Spinetta compartido con otro músico. Incluye otra canción excelente de Páez, “Parte del aire”, dedicada a sus progenitores.

La muerte de su padre y el brutal asesinato de su abuela y de su tía, quienes lo habían criado al morir su madre, disparan un período artístico oscuro, con los discos “Ciudad de pobres corazones” y “Ey” como exponentes del terrible momento que vive. En este último se destaca el hit “Polaroid de locura ordinaria”, inspirado en un cuento de Charles Bukowski.

Toda una estrella

En 1990 graba “Tercer mundo”, que vende 30.000 copias en dos meses, donde se respira ya otro aire en canciones como “Y dale alegría a mi corazón” y “Fue amor”, ambas dedicadas a Fabiana Cantilo, reflejando los vaivenes de la pareja a lo largo de seis años de relación.

En el verano de 1992, en Punta del Este, se empieza a gestar “El amor después del amor”, el disco más vendido de la historia del rock argentino y el punto más alto en la brillante carrera del rosarino. De los 14 temas, tuvo 11 cortes de difusión, una cantidad increíble de hits que explican el descomunal éxito, como “Un vestido y un amor”, “Tumbas de la gloria”, “A rodar mi vida”, “La rueda mágica” (compuesta e interpretada junto a Charly), “Dos días en la vida”, “Brillante sobre el mic” y “Pétalo de sal”, con el aporte de Spinetta en guitarra y poniendo su voz inconfundible. La gran musa de este trabajo fue su flamante pareja de aquel momento, la actriz Cecilia Roth. La presentación de “El amor…”: arrancó con 11 Gran Rex, teatro con capacidad para 3.200 espectadores; continuó con más de 120 conciertos por todo el país y nueve países de Latinoamérica, y cerró con más de 80.000 personas en dos funciones en el estadio de Vélez Sarsfield.

Después de semejante éxito, Páez siente la presión para el siguiente álbum, “Circo beat”, pero demuestra su extraordinario talento componiendo más canciones maravillosas como “Las tardes del sol, las noches del agua”; “Tema de Piluso”, en homenaje al Negro Olmedo”; “Mariposa tecknicolor” y “Lo que el viento nunca se llevó”. Se editó a fines de 1994 y vendió más de 350.000 copias sólo en el primer año.

Vendrán una docena de discos más; temas inolvidables como “Al lado del camino”, “Bello abril”, “Eso que llevas ahí” o “El cuarto de al lado”; álbums en vivo, entre los que se destaca “No sé si es Baires o Madrid”, grabado en España; y trabajos junto a Joaquín Sabina y el brasilero Paulino Moska, todos con su sello y su talento inigualable para componer y desnudar sus emociones en cada verso.

Aquel niño que jugaba con el piano se convirtió en una de las figuras fundamentales de la música iberoamericana. Un artista enorme, ya instalado entre los cinco o seis más importantes del rock argentino, que nos regaló verdaderos himnos y nos sigue maravillando desde la diestra de algún escenario.

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