El gymnasista gringo al que Latinoamérica se le metió en el cuerpo

El Tucumán de 1976 marcó la biografía personal e intelectual de Charles Walker. De becario de AFS a la rebelión de Tupac Amaru.

30 Jul 2017
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LA HUELLA DE LA ADOLESCENCIA. “Mi paso por Tucumán cambió radicalmente mi vida”, asegura Walker.LA GACETA / FOTO DE MATÍAS QUINTANA.-

En 1976, Charles Walker era un adolescente que saltaba de un pequeño pueblo de la costa californiana (La Selva Beach) a una provincia del norte argentino de la que sólo sabía lo que le mostraban los manuales, en un mundo en el que internet era apenas un proyecto en ciernes. Para este estudiante que llegaba a Tucumán por una beca de intercambio por la American Field Service (AFS), el futuro era una aventura en puntos suspensivos. Ahora, a 41 años de esa experiencia en la que sumó amigos (del Gymnasium Universitario) y una familia adoptiva (los Moeremans), Walker recuerda que la aventura adolescente viró en la vivencia dramática del ser joven en el Tucumán de la dictadura, cuando Antonio Domingo Bussi mandaba en la provincia.

“Mi paso por Tucumán cambió radicalmente mi vida -destaca Walker-. En primer lugar, vivir en otro país o cultura es impactante; pero pasar de un pueblo chiquito de la costa californiana al Tucumán de Bussi fue un gran cambio”.

“Me acuerdo del miedo de mucha gente, el susto si se te acercaba un militar, y la complicidad de otros. Conversaba con mucha gente (tenía amigos y familia muy pacientes) y me acuerdo de conversaciones largas donde intentaban explicarme el peronismo, los montoneros, o el golpe mismo. Eran conversaciones en casa o en sitios cerrados, no se podía en público. Sin duda, de ahí surge mi interés en la historia, los derechos humanos, y la memoria; temas que marcan mi carrera profesional”, recuerda Walker durante una charla con LA GACETA, en un alto en su agenda de reencuentros con la “segunda patria”.

Como él mismo señala, tanto lo marcó esa etapa “latinoamericana” que hoy es un reconocido académico e investigador de Historia en la Universidad de California Davis. Y como el amor siempre mete la cola (se enamoró de una antropóloga peruana), se especializó finalmente en la historia del país andino y escribió un libro -“La rebelión de Tupac Amaru”- que estudia las tensiones de los períodos coloniales en la región. La publicación alcanzó un gran impacto en Estados Unidos y en América Latina.

La obra y el hombre

Diversas reseñas académicas sobre la obra de Walker (editada en inglés por Harvard University Press en 2014, destacada por su originalidad y traducida al español por el Instituto de Estudios Perujanos en 2015) corroboran que los aportes del libro residen por lo menos en dos cuestiones: 1) la reivindicación del liderazgo de Micaela Bastidas, esposa de José Gabriel Condorquanci (Tupac Amaru), el caudillo indígena que lideró la dramática rebelión anticolonial en el Perú de 1780. 2) La tensión que se generó entonces con la Iglesia Católica.

“Es una síntesis del libro del polaco Boleslao Lewin sobre Tupac Amaru -describe Walker-. Condorcanqui era creyente. Y eso marca una tensión, porque al final él es incapaz de quemar una iglesia. Otro argumento es que aún después del cruel ritual con el que lo matan en la plaza del Cuzco, la rebelión sigue por dos años, con protagonismo de un primo, Katari. Ahí ya la relación con la Iglesia se rompe dramáticamente, y en el último año hay crueldad por ambas partes, los indígenas para con los europeos y los europeos para con los indígenas, incluidos aquellos que no apoyan la rebelión”.

El libro de Walker destaca el papel de Micaela Bastidas como estratega de la rebelión. “Ella dirigió toda la logística, fundamental en las guerras. Veía que los rebeldes tenían balas, coca, alcohol y que cobraban sus (pequeños) sueldos. De alguna forma, ese fue el trabajo que tuvo como socia de Tupac Amaru y su profesión de arriero. Mientras que él llevaba sus mulas a Salta, ella se encargaba de cobrar deudas, pagar a la gente, comprar mulas y otros productos, etc. Este trabajo la dejó muy bien preparada para dirigir la rebelión”, explica.

La charla vuelve al Walker gymnasista del Tucumán del 76. “Lucrecia Rosemberg (madre de Daniel y de Raúl Moeremans) me ayudó mucho. Eran tiempos duros, pero lo que me llamó la atención fue la diversidad de mi grupo del Gymnasium. Anoche (en reunión de la camada) hablábamos de esa riqueza: convivían judíos, católicos, turcos, apellidos importantes. Fue un colegio muy solidario conmigo. Hablábamos de cómo, en un mundo cada vez más segregado, en el que los probres viven con los pobres y los ricos con los ricos, experiencias como esta te marcan para toda la vida”.

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