El histórico ninguneo de Macri y sus costos

28 Jul 2017 Por Álvaro José Aurane
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HACE UN SIGLO. En la viñeta de 1913, el gobernador Ernesto Padilla (asumió ese año) le muestra a Roque Sáenz Peña los muebles de Casa de Gobierno, que cambió para alojarlo. El Presidente, cuando venía a Tucumán, dormía allí.

La del miércoles fue una jornada que quedará en la historia de Tucumán, y no por razones gloriosas ni heroicas.

Nunca antes, hasta ese día, un Presidente de la Nación vino a la provincia a desplegar actividades y se fue sin siquiera saludar al gobernador.

Por el contrario, hace no mucho más de 100 años, en los últimos momentos de la democracia restringida (sin voto universal, secreto y obligatorio), los jefes de Estado de la Nación no sólo pasaban por la Casa de Gobierno: se quedaban a dormir en ella. El historiador y periodista Carlos Páez de la Torre (h) confirma, por ejemplo, que lo hizo Roque Sáenz Peña en 1912 y en 1913. Una centuria después, en tiempos de democracia irrestricta, no pasan ni cerca de ella.

Hubo un episodio similar durante la década pasada, pero que no categoriza como antecedente. El 11 de enero de 2004, cuando aún no había cumplido un año en la Casa Rosada, Néstor Kirchner aterrizó en el aeropuerto Benjamín Matienzo, bajó brevemente a tomar un café, y se fue sin tomar contacto con el entonces gobernador José Alperovich. Pero todo eso ocurrió en plena madrugada, entre la 1.10 y las 2.25, porque se trató de una escala técnica para que el Tango 01 cargara combustible y siguiera rumbo a México. En ese momento, el gobernador estaba en Tafí del Valle, por lo que le resultó imposible llegar. Sin embargo, el desaire lo mortificó largamente: los dueños de los comercios de la estación aeroportuaria sabían del arribo presidencial y por eso mantuvieron las persianas levantadas; él, en cambio, se enteró apenas 15 minutos antes del aterrizaje.

Lo de Macri es, para Manzur, incomparablemente peor. El primer mandatario no paró aquí por casualidad, sino que vino específicamente a desairar al gobernador tucumano. Y lo hizo a lo grande. Pagando costos políticos, inclusive…

Crónica del desaire anunciado

LA GACETA anunció el domingo la visita del jefe de Estado y su intención de esquivar al mandatario provincial. 72 horas después, cumplió. Desplegó no una actividad, sino dos: se reunió con productores en Los Ralos; y con jóvenes dirigentes en Horco Molle. Ante unos y otros habló de las bondades de su proyecto político y a unos y a otros les pidió respaldo en las urnas. Y después no sólo se fue sin ver al gobernador: lo que le mandó no fueron saludos.

El Presidente formuló dos reparos institucionales serios. El primero, en declaraciones al programa local De primera mano (reproducidas en todo el país por las emisoras de Radio Nacional), cuando planteó que como los comicios de este año son nacionales, no se repetirá el “papelón” de las elecciones provinciales de 2015 que ungieron gobernador a Manzur. El segundo, en el discurso de Horco Molle, cuando condenó que Tucumán no haya adherido a la Ley Nacional de Acceso a la Información. “Tenemos que exigir al gobernador y a la política de Tucumán: queremos saber qué hacen con el dinero de los tucumanos; tienen que rendir cuentas. Aquí hay mucha pobreza, y queremos saber si realmente están usando (los recursos) para reducirla y para generar ingresos para todos”.

Ambas cuestiones horadan el gran déficit manzurista: la transparencia. Cuando Manzur era vicegobernador, la partida que financiaba los ahora derogados “Gastos Sociales” pasó de los $ 150 millones de 2014 a $ 600 millones en el electoralísimo 2015: $ 200 millones salieron en valijas del banco oficial en los 90 días previos a los comicios provinciales. Esas elecciones fueron una licuadora de representación: con 454 partidos, más 1.657 acoples (partidos que “acoplaron” a otros sus listas parlamentarias), hay legisladores consagrados con 10.000 votos en una provincia con 1,5 millón de habitantes. Para 2019, la Junta Electoral Provincial calcula que los partidos serán 1.051; y si ese incremento del 130% se traslada a los acoples, estos rondarán los 3.800.

El reclamo presidencial evidencia que la de Manzur es una “gobernación de principios”. En su discurso inaugural, el gobernador anunció la reforma política. Y 20 meses después, todo sigue como al principio. El año pasado, para los festejos del Bicentenario, el mandatario dio su compromiso a la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) de ratificar la Ley Nacional de Información Pública. Pero a fines de ese mismo año, mandó a anunciar desde la Secretaría General de la Gobernación que no haría tal cosa, sino que la provincia presentaría su propia ley. Y un año después de esos dichos y contradichos, todo sigue como al principio…

Si una pasadita sin avisar de Néstor por el aeropuerto fue un desaire emblemático para el alperovichismo, que -aunque miembro del Frente para la Victoria- padeció los dos primeros años del kirchnerismo en el ostracismo, la visita de Macri a Tucumán realizada con el explícito propósito de ningunear al gobernador auguran, en el pronóstico político, la posibilidad de que comience un período de aislamiento de la provincia. Uno más. De ser así, oneroso será el costo que pagará Manzur por sus omisiones sin solución de continuidad.

Trágicas son las metáforas de estas tierras: si esto es por muchos momentos comparable a Macondo, puede que en el Aconquija vengan clareando cien años de soledad…

Por cobrar

El desprecio hacia Manzur no va a salirle gratis a Macri. Ya se ha dicho aquí que el núcleo duro del kirchnerismo (que no apoyaría al Presidente ni aunque se llevara de vacaciones al gobernador) y el núcleo duro del macrismo (que votará por Cambiemos aunque el Presidente fuera a arrojar naranjazos a Casa de Gobierno) no le alcanzan ni a uno ni a otro sector para imponerse en las urnas. Los que no están ni en uno ni en otro extremo, y que sí son mayoría, darán su apoyo a aquellos con quienes se identifiquen. Y esos ciudadanos, ubicados en ese lugar común dado en llamar “la avenida del medio” porque prefieren la moderación, vieron al jefe de Estado nacional protagonizar en Tucumán actitudes que, al decir del propio Macri hace unos años, “no son PRO”.

En su entrevista radiofónica, el Presidente manifestó que “cuando (el gobernador) vuelva a comportarse de forma respetuosa, volveremos a trabajar juntos”. Es una declaración dura, que sin embargo Macri justifica vagamente: “A partir de que arrancó la campaña, a lo único que se ha dedicado el señor Manzur es a agredir y a descalificar todo lo que antes elogiaba”.

Como no se puede pretender que, en campaña, el gobernante peronista alabe la gestión de Cambiemos (para eso está su adversario José Cano), se puede inferir que las razones por las que Macri considera que Manzur es un irrespetuoso son personales. Por un lado, los insultos que recibió en abril, cuando recorrió el sur inundado de la provincia. Por otro, los improperios que la vicepresidenta Gabriela Michetti soportó el 9 de Julio, en la Catedral. (El manzurismo se cruzó de brazos ante las infamias contra el binomio presidencial: si no ordenó los insultos, nada hizo después por escarmentar a los reincidentes insultadores.) Precisamente porque las razones son personales no puede referirlas. Sin embargo, aunque no lo diga, Macri mezcló el miércoles lo personal con lo institucional. Más allá de su comprensible indignación con los patoteros de renta estatal, él es el Presidente de todos los argentinos, lo voten o no, así como Manzur es el gobernador de todos los tucumanos, lo voten o no.

Las instituciones están antes y después que los hombres, y manejarse institucionalmente no es una cuestión circunstancial. Velar por la institucionalidad trasciende cualquier incomodidad coyuntural. Pedírsela al kirchnerismo y no al macrismo es una hipocresía propia del populismo.

Luego, Macri, presidente de todos los argentinos, vino a Tucumán a hacer campaña. Y ni siquiera a apoyar a un candidato, porque las próximas elecciones no son generales, sino que son las primarias. Es decir, el mandatario vino a apoyar, en rigor, a precandidatos en una interna.

Tal vez, en aras de disimular ese proceder sesgado, Macri se mostró con sus referentes locales, pero actuó en todo momento como si el candidato, en verdad, fuera él. En ello se observa una estrategia proselitista: Cambiemos apuesta a nacionalizar la campaña. No quiere que la cuestión se dirima entre este postulante o el otro, sino entre “el cambio” que dice encarnar (personificado en el mismísimo Macri) y cualesquiera adversarios, que al no ser parte de “el cambio” son presentados como una vuelta al pasado.

Como fuere, dos son las fotos que Macri finalmente no se tomó: una con Manzur, dándole la mano, y otra con Cano, levantándole los brazos.

Ellos, los de entonces

Además de los costos electorales e institucionales, el último de los precios a pagar es el apoyo parlamentario. Ante las críticas presidenciales, Manzur eligió su perfil indescifrable: no enojarse. Respondió que supo elogiar las ideas de Macri y que hoy cuestiona su plan económico. Algunos de quienes lo concurren, por ello, minimizan las tensiones y aseguran que cuando pasen los comicios Manzur seguirá necesitando asistencia nacional, así como la Nación demandará de los diputados y los senadores tucumanos. Pero lo del miércoles fue más que una puesta en escena.

Macri, ese día, marcó dos divisorias de aguas: en el orden nacional pautó que en una vereda está él y en la otra los que apoyan la corrupción, que corporizó (y corporativizó) en el todavía diputado Julio de Vido. En el orden local también marcó dos veredas: en una está él y en la otra, Manzur y todo lo que predicó de él. Aún salvando las distancias y las escalas, la equiparación es durísima.

Manzur, el primer gobernador de Tucumán al que un presidente deja en la banquina de su provincia, tampoco es el mandatario jaqueado que asumió. Por un lado, porque el propio macrismo le dio, a lo largo de todo el largo 2016, la legitimidad en ejercicio que necesitaba, ya que había sido ungido en elecciones embarazadas de maniobras fraudulentas. Entonces, los diputados y senadores tucumanos votaban silenciosamente con Cambiemos, Manzur firmaba convenios de devolución de Coparticipación Federal de Impuestos dejando a la polvareda al resto de los gobernadores peronistas, y la Nación mandaba ministros a almorzar y sacarse fotos con Manzur. A él, este año, la Corte Suprema de la Nación le dio la legitimidad de origen que necesitaba, al validar aquellas trágicas elecciones. Dicho de otro modo, ahora Manzur tiene margen para ofenderse. Ni él ni Macri son los mismos que en aquellos “entonces”. Y en política es tan corto el amor y es tan largo el olvido…

Lo que no funciona

Hay, por cierto, una última declaración de Macri que merece ser rescatada, porque no fue electoral y, por tanto, es acaso el único mensaje verdaderamente presidencial de la histórica visita.

Tras reunirse con ese infatigable luchador que es Alberto Lebbos y las madres y los padres que lo acompañan en su lucha contra los crímenes impunes. “Recién hablé con las víctimas de la impunidad. Tucumán necesita que funciones la Justicia”, declaró el Presidente.

Teléfono, señorías. Larga distancia…

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