La sociedad vandalizada

28 Jul 2017 Por Guillermo Monti

En octubre del año pasado, un ciudadano decidió que una instalación artística montada en la puerta de la Casa Histórica constituía una ofensa a la Patria y, acto seguido, la destruyó. La polémica subsiguiente pudo haber generado alguna arista interesante, en especial en lo referido al rol del arte como movilizador del pensamiento crítico, pero terminó empantanada en el bizantino juego del “a favor” y “en contra”. La culpa no es de las redes sociales, sino de quienes las utilizan, diría Perogrullo. “El arte tiene límites”, decretó el vándalo acerca de aquella creación del cordobés Rea.

Quiere la casualidad que estén cumpliéndose 100 años desde que Marcel Duchamp intentó que la exhibición de un mingitorio fuera su aporte a una muestra organizada por la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York. No lo dejaron, pero esa es otra historia. Del vanguardismo se habla, se escribe, se estudia y -en especial- se produce obra desde hace un siglo (y un poco más). Es apenas un ejemplo de lo obsoletas e inútiles que resultan algunas discusiones en torno al arte contemporáneo. La amplia mayoría de las posturas generadas por el episodio de la Casa Histórica atrasaban varias décadas. Pero lo que siempre resultará fascinante es medir el impacto que las creaciones generan entre el público.

¿Qué le pasó por la cabeza a quien vandalizó la obra ganadora del Salón de Arte Contemporáneo? Puede que las cámaras de seguridad del Museo de la UNT muestren con claridad al autor del corte que dañó el material plástico (afortunadamente, el artista Nicolás Pontón podrá reemplazarlo). Las imágenes exhibirán un rostro, pero no las motivaciones. Las conjeturas sobre el por qué del acto son varias, algunas alejadas por completo de un potencial rechazo que pueda generar la obra o de la voluntad de involucrarse en el hecho artístico con un espíritu performático. A veces las causalidades son mucho menos elevadas.

Lo preocupante es el contexto que explica los múltiples actos de vandalismo. Si en Tucumán nada se salva, por más nuevo, bonito y útil que resulte, ¿por qué el arte debería ser una isla? Si el tucumano está acostumbrado a romper, ensuciar y robar, a partir de un nivel de ensañamiento con el espacio público difícil de encontrar en otras ciudades, ¿sorprende que alguien agarre a patadas una instalación artística porque tiene ganas? ¿O que visite un museo con la idea de herir de muerte una pieza que fue concebida, básicamente, para hacerlo pensar y/o disfrutar?

Es bueno subrayar que el vandalismo opera de manera transversal en el cuerpo social, tan predispuesto a estigmatizar en función de clases y de poderes adquisitivos. Cortarle la mano a una estatua o estampar una leyenda a navajazos sobre un banco de madera son conductas atribuibles a ricos y a pobres. Y vale una salvedad: el que arranca una placa de bronce no es un vándalo, sino un ladrón. En fin, LA GACETA publicó en infinidad de ocasiones el millonario presupuesto que el Estado provincial y los municipios destinan mes a mes a las reparaciones. Es un mal endémico de la tucumanidad.

Nadie nace enamorado de la voz de Mercedes Sosa, de la narrativa de Hugo Foguet o de las pinturas de Fued Amin. Los públicos se educan y ese es un trabajo minucioso cuyos frutos se aprecian en el mediano plazo, porque es una semilla que debe plantarse entre los más chicos. En el hogar, por supuesto, pero sobre todo en la escuela. En una entrevista publicada en LA GACETA del martes, la escritora cordobesa María Teresa Andruetto lo explicó con precisión, en su caso refiriéndose a la lectura.

“La escuela es un espacio de transformación para chicos de todas las condiciones -apuntó Andruetto-. Si es por fuera de la escuela, en talleres, en librerías y demás, son ciertos chicos los que concurren. La cuestión es pensar en un espacio dentro de la escuela que sea curricular, que tenga una periodicidad, una duración, una frecuencia y un docente coordinador estable. Pero que, al interior de ese espacio, se trabaje sobre todo en la construcción lectora de los participantes, más que analizar contenidos. Que sea una suerte de lectura y conversación sobre los libros”.

Esa educación para el arte, que es la educación para la vida, define a la cultura como el más formidable de los motores de inclusión social y de construcción de ciudadanía. Y entre sus múltiples beneficios reporta la condición de antídoto contra, por ejemplo, el vandalismo. Como un llamador interno capaz de bloquear cualquier pulsión destructiva.

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