La guerra de acusaciones en tiempos electorales

23 Jul 2017 Por LA GACETA

Es el arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados, comunidades, regiones. También la actividad de las personas que gobiernan o aspiran a regir los asuntos públicos, es la habilidad para tratar con la gente o dirigir un asunto. Otros consideran que es el arte de lo posible o de lo imposible, según cómo se la mire. La política conlleva en sí misma el deseo de trabajar por los otros, de modo que quien la ejercita debe tener vocación de servicio. Y cuando eso no ocurre, se vuelve sinónimo de embuste, de demagogia. Y sobre ello, el escritor español Enrique Jardiel Portela dijo con humor: “los políticos son como los cines de barrio, primero te hacen entrar y después te cambian el programa”.

El 13 de agosto tendrán lugar en todo el país las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), que es un método de selección de candidaturas para cargos públicos electivos nacionales y de habilitación de partidos y alianzas para competir por tales cargos. Cuando se aproximan los comicios, las relaciones entre partidos y candidatos se tensan. Arrecian las acusaciones de bolsoneo, de violaciones a las normas sobre el desarrollo de la campaña electoral. Entre los dos principales espacios políticos que competirán una denuncia se responde con otra.

En nuestra edición del viernes, señalamos que la imputación pública del Frente Justicialista contra dirigentes de Cambiemos por una presunta entrega de mercadería del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación como prebendas, generó un fuego cruzado de proporciones. La denuncia ya llegó a la Justicia Federal. Se sumaron denuncias de otros dirigentes incluso de otros partidos, acerca de presuntos ilícitos que habrían cometido el intendente capitalino y la delegada del Ministerio de Desarrollo Social. A su vez, referentes del espacio de Cambiemos acudieron al mismo tribunal para denunciar la supuesta violación de las normas electorales por parte de los referentes del oficialismo. Otros postulantes también opinan sobre estas hipotéticas irregularidades tratando de llevar agua para su molino.

Como es ya una costumbre, en épocas electorales las peleas, descalificaciones personales cobran protagonismo, y prácticamente las propuestas pasan inadvertidas. La ciudadanía se convierte entonces en rehén de los intereses de quienes aspiran a representarla. Da la impresión de que los candidatos están seguros que crucificando a sus rivales con chicanas u otras argumentaciones viles, conseguirán más votos, en lugar de hacer hincapié en proposiciones que contribuyan a mejorar la calidad de vida de los comprovincianos y enderezar el destino de este vapuleado Tucumán, que desde hace varios lustros necesita industrializarse para levantar cabeza, y que se debate aún en un horizonte de pobreza y desigualdades. Una buena parte de la clase política insiste en esta metodología, tal vez porque considera el ciudadano es un imbécil que votará a un determinado postulante influido por las acusaciones o sobornado con cualquier tipo de prebendas, llámese bolsones u otras variantes. Se parte entonces de una subestimación al futuro representado, lo cual es denigrante.

Justamente si la política no goza ciertamente de prestigio en muchas sociedades es porque sus muchos de sus cultores suelen bastardearla y la usan para conseguir un próspero estatus económico. Se trata de prestigiarla con el debate de ideas, con acciones transparentes, con candidatos preparados para llevar adelante la difícil misión que les tocará si son electos y esencialmente que estén dispuestos a trabajar por el bien común. “El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”, afirmaba Winston Churchill.

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