Una hoguera al revés: la patria y “La Coca”

23 Jul 2017

Por Santiago Garmendia - Para LA GACETA - Tucumán

Hablar sobre un texto, por lo menos en tanto que uno es el escritor, tiene muchos problemas. En primer lugar, no deja de ser un relato (al cuadrado si se quiere). Pegadito a esto está lo segundo, la tentación de generar un personaje que diga cómo hay que escribir. Pensemos en las recetas de Doña Petrona y recordemos que eran parte de una política de estado para que la mujer argentina cocine a gas, para dejar la leña. O sea que la señora de Gandulfo no solo nos ha educado en la heteronorma, sino en la “propano norma”.

No obstante deseo compartir una historia sobre un escrito llamado “El tesoro escondido”, basado en un episodio familiar pero común: la sepultura de libros durante la dictadura. La ficción parece estar más en la parte real, en nuestro “Farenheit 451 tucumano”. Privado y a la vez extendido.

La casona de la calle Juan Luis Nougués donde mi papá tuvo que enterrar su biblioteca fue vendida a un sindicato y siempre nos hemos preguntado por esos libros y qué les pasaría si salieran a la luz y a esta realidad, a un mundo tan distinto del de la revolución que pregonaban Marx, Trotsky y tantos otros que duermen en la tierra del jardín. En mi cuento un padre y un hijo se lanzan a la profanación, ayudados por dos jardineros del lugar a los que han sobornado:

“Sacaron la champa y, a las pocas paladas, apareció la bolsa negra. Pesaba una enormidad.

Teníamos la emoción de un penal en la Copa del Mundo. Tiraron una y otra vez de ella hasta que terminó desfondada, abriendo sus tripas de papel sobre el césped.

Aquí ocurrió algo curioso.

De repente los papeles sueltos, manchados, se disolvían ante nuestros ojos. Leí “Trotsky” antes de que lo volara el viento; creo que Freire se desintegró a los segundos. Todo el tesoro escondido esfumándose.

Se me ocurrió que fue culpa nuestra, que si los dejábamos hubieran seguido bien ahí. El contacto con el aire y con la realidad tan amarga a la que los resucitábamos –divagué– habían sido causa de la silenciosa hoguera.

Fue entonces que, mientras como fino pellejo volaban los tesoros filosóficos y políticos, la revista apareció al fondo del pozo. En la tapa, totalmente desnuda, ella mordía una manzana, resplandeciente, primitiva: “la Coca” Sarli”.

Los jardineros la pidieron como parte de pago pero no estábamos dispuestos a ceder la última moneda del tesoro.

El 9 de Julio fue el cumpleaños de Hilda Isabel Gorrindo Sarli, la Coca. Las coincidencias hablan.

© LA GACETA

Santiago Garmendia - Doctor en Filosofía, escritor, profesor de la UNT.

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