San Martín tropezó con un escollo que se veía desde lejos

21 Jul 2017 Por Guillermo Monti

El chico que debutó en Lanús allá por 2009 es el Leandro Díaz de hoy. Repasemos su viaje por el fútbol profesional, de aquel tiempo a la fecha.

- Está claro que los mejores momentos fueron los de sus comienzos en un club que es modelo en la formación y proyección de jugadores. Hasta que en el Clausura 2012 lo cedieron como refuerzo al Tigre del “Vasco” Arruabarrena: jugó una decena de partidos y marcó un gol antes de regresar a Lanús para entrar apenas cuatro veces a la cancha.

- En 2013 se marchó a Huracán. Jugó siete partidos (al inicio con notables rendimientos), pero se enredó en un conflicto con barrabravas y terminó dando el portazo.

- Recaló entonces en Viña del Mar, para sumarse al Everton chileno. Jugó sólo cuatro partidos.

- Atlético, club en el que había hecho las inferiores, lo recibió en 2014. Tras la derrota en la final por el ascenso con Huracán rompió el letrero que marca los cambios, lo expulsaron y recibió una suspensión de 10 fechas. Al final de la temporada siguiente, con el “Decano” ya en primera, Juan Manuel Azconzábal le dio salida. El motivo: indisciplina.

- En los últimos años pasó por Ferro, Sarmiento y Rafaela, sin mayor trascendencia.

Estos antecedentes parecieron no contar para la flamante directiva ni para el cuerpo técnico de San Martín. ¿Crack o bomba de tiempo? A la luz de los hechos, una apuesta de altísimo riesgo que el club decidió correr. El resto es noticia: Díaz borró con el codo el precontrato firmado con la mano, hizo de su perfil en Facebook un himno de amor por Atlético, reveló que tiene una oferta más tentadora del exterior y denunció que lo habían amenazado de muerte en Tucumán. Completito.

Tal vez haya sido mejor que la historia se resolviera ahora y no a mitad del campeonato, cuando perder un jugador implica un dolor de cabeza. El de Díaz puede sumarse al amplísimo registro de futbolistas dotados de buenas condiciones pero perjudicados por su temperamento o por su conducta. No es casual que le digan “El Loco”. Es joven -25 años-, ¿encarrilará su devenir? Mmmmm...

Pero el problema es de San Martín, que tropezó con un escollo evitable. Si a la gestión anterior se le criticaba el capricho y la unilateralidad al momento de tomar decisiones, atribuibles básicamente al desconocimiento en la materia (¿se acuerdan cuando los dirigentes sabían de fútbol?), el grupo encabezado por Roberto Sagra empezó transitando el mismo carril. Tal vez Diego Cagna esté convencido de su capacidad para meter a Díaz en caja y sacarle lo mejor en beneficio del equipo. Ni siquiera llegó a contar con él.

No hay margen de error para la temporada venidera, en la que San Martín arrancará con un promedio flaco y la amenaza está representada nada menos que por seis descensos. Se dirá que la aspiración es armar un plantel para pelear arriba, pero siempre es conveniente cazar el oso antes de vender la piel. Es una situación compleja porque hasta mediados de agosto el mercado de pases se mantendrá en llamas y cada día que pasa es una oportunidad que se pierde.

Vamos a la pregunta de fondo: ¿cuál es el perfil de los refuerzos que pretende San Martín? Vale un ejemplo al pasar. Belgrano se despidió de su histórico capitán, Guillermo Farré. Tiene 36 años y un conocimiento enciclopédico del juego, aprendido durante una vida en la mitad de la cancha. Se lo llevó Sarmiento de Junín, embarcado ya en un proyecto pensado para regresar cuanto antes a Primera. ¿No es la clase de jugador que se necesita para fortalecer un equipo que peleará en dos tablas a la vez? ¿Está San Martín atento a los Farré (que no son tantos) sueltos en el mercado?

No hay momento más delicado en una temporada que el inicio, cuando se van eligiendo las piezas. A mayor cantidad de equivocaciones en el armado del cuadro, menores aspiraciones. Se necesita ojo clínico en el análisis, velocidad para negociar, datos precisos sobre lo que el jugador hace adentro y afuera del campo, capacidad de seducción para que el futbolista se enganche con el club. Y mucho más. Después no vale lamentarse.

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