Manzur invoca el “derecho a ser olvidado”

21 Jul 2017 Por Álvaro José Aurane
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El “derecho a ser olvidado” es la reveladora expresión con la cual se ha dado en llamar en Francia a la protección en Internet de datos referidos a la privacidad de las personas. Una sentencia manda, específicamente, que Google elimine de los resultados web de su motor de búsqueda información inadecuada sobre determinadas personas.

El “derecho a ser olvidado”, no en su actualidad gala, sino en su literalidad, se coló en los dos principales hechos políticos protagonizados por el gobernador. Juan Manzur mostró que tiene conflictos no con la historia (ni siquiera con el pasado reciente), sino con su “ayer nomás”. Y se condujo casi como invocando el olvido para su pretérito imperfecto inmediato. Lo hizo infructuosamente, claro está. Lo que le gustaría cubrir bajo un manto de amnesia no es privado, sino público. Y no hay que ir a Google para refrescarlo.

El martes se cumplieron 23 años del peor atentado terrorista de nuestra historia: la voladura de la AMIA, que dejó 85 compatriotas muertos y miles de otros argentinos condenados a sobrevivir sin quienes más amaban. Se cumplieron, a la vez, 23 años de uno de los hechos más indignos de la argentinidad: ese ataque imperdonable sigue impune.

El mandatario asistió al acto en memoria de las víctimas en la plaza Independencia y allí hizo su primera invocación al “derecho a ser olvidado”. Declaró que “fue un error firmar el convenio con el país que está acusado de promover el terrorismo”. Pero el Memorándum de Entendimiento que la Argentina, durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, suscribió con Irán no fue “un error”, sino muchas otras peores cosas.

La sumisión

El primero en notarlo fue Ariel Gelblung, el representante del Centro Simon Weisenthal para América Latina: el memorándum fue un acto de traición a la patria, precisó. Pero no solamente desde lo valorativo, sino también desde lo legal.

El artículo 29 de la Constitución Nacional establece que el Congreso no puede conceder al Ejecutivo facultades extraordinarias ni otorgarles sumisiones o supremacías por las que la vida, el honor o las fortunas de los argentinos queden a merced de gobiernos o persona alguna. Los actos de esta naturaleza llevan consigo una nulidad insanable, y sujetarán a los que los formulen, consientan o firmen, a la pena de los infames traidores a la patria. Y el Memorándum con Irán creaba una Comisión de la Verdad cuya tarea, en definitiva, iba a sustituir la causa que investiga el atentado a la AMIA. Léase, otorgaba la sumisión de la Justicia para que la vida y el honor de los argentinos asesinados quedara a merced de otro gobierno. Por ello, entre otras aberraciones, el acuerdo mereció la declaración judicial de inconstitucionalidad.

A la vez, el artículo 119 de la Carta Magna fija que la traición contra la Nación consistirá en unirse a sus enemigos prestándoles ayuda y socorro. Y los hechos se empecinan en demostrar que el Memorándum con Irán estaba hecho para ayudar y socorrer a los que enlutaron a la Argentina. Frustrada la posibilidad de que se levanten las “circulares rojas” de Interpol sobre los iraníes acusados de ser autores intelectuales de la masacre, Irán retiró el tratado de su agenda parlamentaria. Antes de que la Justicia argentina lo fulminara de nulidad, ya era letra muerta en Oriente Medio.

La voluntad

Entonces, el Memorándum no fue “un error”, sino algo inconmensurablemente más horrendo. Errar, ratifica el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de Joan Corominas, significa vagar, vagabundear o equivocarse. Y a la hora de impulsar ese tratado, los argentinos no estuvimos ante un caso de vaguedades ni de equívocos. Manzur debe saberlo: Tucumán no fue clave sino indispensable para que ese pacto fuera alumbrado.

El 25 de febrero de 2013, a un mes de haber asumido como ministra de Desarrollo Social de Tucumán, Beatriz Mirkin renunció a ese cargo para volver a ocupar su banca de diputada nacional (la había dejado para asumir en la provincia, pero esa renuncia no había sido tratada). Y después de la sesión del 26, volvió a la cartera tucumana. “Renunció porque la necesitaba la Nación para el quórum de la Cámara de Diputados y espero que luego reasuma el cargo”, explicó el entonces gobernador José Alperovich, para que no quedaran dudas de que sin la decidida intervención del Gobierno tucumano, ese memorándum nunca habría visto la luz.

No hubo ningún “error”. Los errores no gozan de semejante voluntad del funcionariado, de tamaña ingeniería estatal ni de tanta planificación gubernamental.

Los representantes del pueblo prefirieron negociar en los más inconstitucionales términos con Irán, con el relato canalla de que el Memorándum era la panacea para “sacar del estancamiento la investigación” de la AMIA, antes que escuchar no ya las advertencias de la oposición, sino los pedidos de la sociedad civil.

La comunidad judía de la provincia hizo ingentes y públicos esfuerzos para que el alperovichismo no acompañara ese acuerdo. Pero no fue oída. Ese es el calibre de la clase de estadistas que alumbró la democracia pavimentadora: sus vergüenzas son varias veces más duraderas que sus cordones cuneta.

La remembranza

Manzur fue durante ocho años vicegobernador de Alperovich. Y de ese lapso, con el correspondiente abuso de licencia legislativa, fue durante seis años ministro de Cristina Fernández de Kirchner.

El martes, en la plaza, cuando Manzur invocaba el “derecho a ser olvidado” en esos antecedentes, un comprovinciano le recordó su “ayer nomás”. “Formaste parte del gobierno kirchnerista”, le dijo al mandatario un hombre del que no trascendieron nombre y apellido, para que no fuera un individuo sino un tucumano quien le enrostrara que, a los efectos del esclarecimiento del atentado a la AMIA, el papel del kirchnerismo y del alperovichismo es el del oprobio. Y no es cosa de ciudadanos andar olvidando esas cosas.

Pero antes que ese tucumano, a Manzur le había recordado el espanto del Memorándum alguien que es parte de su más político presente. “Lo volvimos a resucitar al fiscal Nisman porque vemos que Cristina está avasallando en las encuestas”, dijo el 29 de mayo pasado la ex senadora Beatriz Rojkés de Alperovich. Ella, que votó a favor del Memorándum con Irán en la Cámara Alta, preside el PJ tucumano. Manzur es su vicepresidente.

La prueba

Alberto Nisman es la prueba doliente de que el Memorándum no fue “un error”. El fiscal federal de la causa del atentado contra la Argentina a través de la AMIA fue una de las voces contra ese tratado. Hasta el punto de que denunció a la ex Presidenta de presunto encubrimiento de los iraníes acusados de ser los autores intelectuales de la masacre. Apareció muerto en la víspera de concurrir a la Cámara de Diputados a exponer las pruebas en que sustentó la denuncia.

Las autoridades federales se emperraron en atacarlo después de su denuncia. Hasta su moral de padre cuestionaron, acusándolo de abandonar hijas en aeropuertos. Y después de que apareciera muerto de un tiro en la cabeza, sin rastros de pólvora en las manos, robaron fotos de su celular para exhibirlo como un playboy. La víctima, en realidad, era culpable para el kirchnerato. Los alquiladores de discursos de derechos humanos, que tanto se llenaron la boca con las garantías civiles, no dudaran un instante en reeditar el “algo habrá hecho”.

El cuerpo sin vida del fiscal del caso AMIA fue encontrado el domingo 18 de enero de 2015. El martes siguiente, la ex mandataria apuró la hipótesis del suicidio por Facebook. “El suicidio provoca, además, en todos los casos, primero: estupor, y después: interrogantes. ¿Qué fue lo que llevó a una persona a tomar la terrible decisión de quitarse la vida?”, posteó entonces.

A las 48 horas, y en consonancia con las encuestas que indicaban que casi nadie en este país creía que Nisman se había pegado un tiro, la ex jefa de Estado opinó lo contrario: declaró su público convencimiento de que no se había tratado de un suicidio. En el “relato”, las convicciones duran lo que un sondeo…

El kirchnerismo, en esas horas cruciales del Estado de Derecho, se comportaba no como un movimiento nacional y popular sino, apenas, como un camión sin barandas: Cristina había dado un volantazo y de pronto todo un cargamento de bien pagados malversadores de la memoria, la verdad y la justicia, que se dedicaron a descalificar a todo aquel que no creía que el fiscal se haya quitado la vida, volcaron en la curva del fanatismo. No se cansaban de dar tumbos en su incoherencia…

La foto

La infructuosa invocación del “derecho a ser olvidado” del martes no fue un intento aislado del gobernador. Al día siguiente, en lo que fue el segundo hecho político de la semana, Manzur dio otro pasó en su campaña por presentarse como un “hombre nuevo”. Y lo hizo en el marco proselitista. En las principales ciudades de la provincia pegaron afiches que promocionan la precandidatura de Osvaldo Jaldo a diputado. Y en el poster aparece nadie menos que Manzur.

En la política vernácula, donde la palabra cotiza muy bajo, los gestos son invalorables. Y si se traducen en imágenes explícitas, ni hablar. ¿Qué está en juego para Tucumán en estas elecciones? El poder provincial en 2019. Con esa certeza, el peronismo tucumano, hoy atravesado por tensiones, desconfianzas y traiciones, logra mantener unidad. Es decir, todos coinciden en que si son derrotados en octubre, no tendrán chances de retener la gobernación dentro de dos años.

Por eso, Manzur, Jaldo y Alperovich protagonizan un “té para tres”. Y desde que asumió la nueva gestión, todas las elucubraciones pasan por saber cuál se quedará afuera del binomio dentro de dos años. En ese contexto, Alperovich volvió a Casa de Gobierno hace un mes, en la semana de la definición de listas de precandidatos, para que quedara claro que las decisiones son tripartitas. Pero en el primer flash de campaña, sus socios lo dejaron afuera de la estampita. O, dicho en términos de la lectura política del afiche, si lo que está en juego es 2019, hay una foto en las paredes tucumanas que dice que los que pelean por ese futuro cercano son Manzur y Jaldo.

El kirchnerismo en el orden nacional, y el alperovichismo en el orden provincial, son el “ayer nomás” que desea esfumar el manzurismo, el cual está dando indicios de que quiere consolidarse. Pero si el olvido es un derecho que puede invocar la política, recordar tiene que ser un deber que reivindique la ciudadanía.

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