Gustavo Fernández es el número uno del mundo en tenis adaptado

Antes de los dos años, sufrió un infarto medular pero eso no le impidió ser el mejor. “Todos quieren ganarme”

20 Jul 2017
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Alejandro Klappenbach - Especial para LA GACETA

Conversar con Gustavo Fernández es, no importa la cantidad de veces que uno lo haga, una oportunidad de aprendizaje y crecimiento. Desde que la vida le marcó el camino, con un imprevisto infarto medular antes de cumplir dos años, su andar fue una constante de trabajo y superación, siempre con el deporte como elemento de ejecución.

El tiempo, sabio, ha hecho su trabajo y de alguna forma fue el espacio en el cual, poco a poco, se acomodaron las piezas hasta este 2017 en el que el tenista de Río Tercero, Córdoba, ha jugado las tres finales de Grand Slam (campeón en Australia) y es el estándar mundial más alto en el tenis adaptado.

“Siempre fui medio inconsciente y ambicioso respecto de objetivos. Casi sin tener real conciencia de lo que implicaba, una y otra vez decía que iba a ser el mejor. No era un juego, tampoco algo verdaderamente real. Jugaba al básquet y me imaginaba en la NBA con sillas de ruedas; lo mismo con el golf, con la natación. Y cuando llegué al tenis, pensaba y decía que iba a ser el número uno del mundo, que iba a ganar todos los Grand Slam y ese tipo de cosas”, contó el cordobés. Y agrega: “a medida que fui creciendo también entendí que no alcanzar esos objetivos no invalidaría mi carrera. Una vez que, dentro de mi potencial tenístico estaba la posibilidad real de ser el mejor, profundicé eso de actuar en consecuencia. Y di todo, absolutamente todo. Por eso no es casualidad, lo buscamos, aunque no fuera el motor central de nuestro trabajo y esfuerzo”.

- ¿Cómo hacés ahora, que sos ganador de Grand Slam y número uno del ranking, para renovar tus objetivos?

- Es muy fácil. Disfruto demasiado de mi vida como deportista, como tenista profesional. Ya lo hacía en los momentos con peores resultados. ¡Imaginate ahora! Ahí, en mi centro, sólo hay lugar para ser el mejor tenista que yo puedo ser. Así voy a entrenar con las mismas ganas todos los días y encontrarle sentido al esfuerzo que hago.

- Unos años atrás contabas que en el circuito adaptado son pocos, que se conocen mucho y que conviven de manera excelente. ¿Ves un cambio hacia vos en el último tiempo, pensando en que ahora sos una referencia y ese jugador a vencer?

- Hay diferencias. Siento que pocos creían que yo podía ser alguien dominante, por varias razones. Vivo lejos, todo me queda incómodo, mi discapacidad es más profunda que la del resto. Me he ganado un respeto grande también por eso. Al mismo tiempo, está el orgullo deportivo de los que me enfrentan. Todos quieren ganarme, tal como yo antes quería ganarles a otros. Diría que hasta se hace más divertido. A mí me motiva sentir que el de enfrente va a dejar todo para ganarme. Y me da orgullo ser quien en los últimos meses elevó el nivel y empuja al resto a tratar de alcanzarlo.

- ¿Sentís alguna responsabilidad extra al ir ganando espacio y consiguiendo cosas dentro del contexto de los torneos?

- No, en eso me veo igual que todos estos años. En este camino largo, y lento, vamos logrando cosas para nuestro deporte. Tenemos un espacio más importante que años atrás, y a la vez está lejos del lugar que, sabemos, nos merecemos. Pero de nada vale lamentarse, hay que darle para adelante y seguir peleándola.

- Si hablamos específicamente del juego, ¿cómo es la adaptación de ustedes, arriba de la silla de ruedas, para jugar sobre césped?

- Es mucho más difícil que para el tenista convencional. La pelota, cuando pica bien, levanta menos, y nosotros no podemos “flexionar” la silla. Eso complica mucho. Y además muchas veces pica mal o irregular. Por otra parte el pasto ofrece más resistencia a las ruedas, moverse es más duro, somos más pesados en césped. Pique más rápido, nosotros más lentos… cualquier pelota te lastima. Yo cambié patrones de juego, construí mucho menos con pelotas cruzadas desde el fondo, busqué resoluciones rápidas, subí más a la red. Mis características naturales no son para césped, haber llegado a la final fue un gran resultado y un reflejo de mi evolución.

- Tu familia estuvo en Londres; no habían estado en París (perdió la final de Roland Garros). Debe haber sido muy emotivo…

- Y lo fue. Cada vez que pueden ellos me acompañan. Por suerte ahora pudo estar mi abuela, alguien muy especial en mi vida. La semana fue difícil, el tema del número uno del ranking me generó muchas presiones que creo haber gestionado muy bien. Eso fue un éxito de todos , en paralelo al muy buen torneo que tuvimos.

- Siempre hablás en plural,” ganamos”, “logramos”. Es fácil percibir que no es sólo una forma sino parte del fondo en tu carrera…

- Claro. No concibo la vida sin todos ellos. Desde Roberto Fresa, el primero que me empujó a meterme en una escuela de tenis, mi equipo actual (coach, Fernando San Martín; preparador físico Matías Tettamanzi; dos kinesiólogos, Juan Carlos Varela y ‘SopaBenedetti) y toda mi familia: por un lado el núcleo más pequeño (padres, hermanos, abuela, mi novia, tíos y primos); por el otro los amigos, que son parte de una familia más amplia.

- Hace un ratito me dijiste que tu abuela era especial. ¿Por qué?

- Es la mamá de mi papá, la única de mis cuatro abuelos que sigue viva. Ana María Buffon, se llama ¡como el arquero! Siempre fui un mimado de ella y nunca me había visto jugar, así que ya saldamos esa cuenta pendiente y lo hicimos en una semana inolvidable que ella hizo más intensa todavía.

- Imagino que a esta altura de tu vida la palabra discapacidad no te duele. ¿Me equivoco?

- No, la uso mucho, todo el tiempo. Yo soy discapacitado, la silla de ruedas es un hecho, debo vivir con eso. Debo desarrollar mi vida con esta discapacidad pero eso no significa una limitación: yo no estoy limitado para ser el mejor que puedo ser, siempre con mi silla de ruedas. Lo tengo absolutamente naturalizado.

- En tus días en Londres se conoció que no tenés sponsor en tu ropa

- Estaría bueno que quede claro que en ningún momento quise quejarme. Salió publicado que había ido a comprar mi ropa para Wimbledon y surgió la inquietud periodística de saber cómo era que ninguna empresa me daba la ropa. No pasó de allí aunque la repercusión fue importante y ayudó para que se avance en el tema. Quién te dice la próxima vez…

- Hasta te llamó el Presidente…

- Sí, ¡me sorprendió! Fue muy lindo que se interesara por mí. Me gustó. Son actitudes que gratifican. ¡Quién hubiera dicho, hace unos años, que el presidente de la República me iba a llamar por cómo yo jugara al tenis! Es un mimo muy grande. Y una buena anécdota para contarles a mis hijos.

- Perdón… ¿vas a ser papá?

- No ahora, falta un tiempo, aunque seguro me gustaría ser padre joven para que mis hijos puedan disfrutar de nosotros (está de novio con Florencia) como, junto a mis hermanos, lo hicimos con mis viejos. Ya es un tema que conversamos. Falta, pero no tanto.

A esta altura, ya todos sabemos que Gustavo perdió la final de Wimbledon con el sueco Stefan Olsson. El resultado generó una frustración inicial que, pocas horas después, mutó a la satisfacción por haber jugado otra final de Grand Slam. Eso ha aprendido Gustavo; las derrotas duelen lo mismo, pero el dolor dura menos. Y así, sin dolores, y al calor familiar que se aviva en Italia por la llegada de un nuevo sobrino, el número uno del mundo renueva energías para encarar el resto de su temporada profesional.

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