Liberarse de la maldición de la libertad

15 Jul 2017

Victimizarse es la treta más común del poderoso que no admite la responsabilidad por las consecuencias de sus actos. Los carniceros nazis la utilizaron a menudo. En vez de decir: “¡Qué horrible es lo que hago a los demás!”, decían: “¡Qué horribles espectáculos debo contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!” Quien organizó la muerte de millones de personas declaró en su interrogatorio que al recibir la orden de Hitler se consoló pensando que había dejado de ser “dueño de sus propios actos” y que él no podía “cambiar nada” (la versión argentina de esta farsa fue la “obediencia debida”). El victimario pide que comprendan el “sufrimiento” que le produce tomar medidas atroces porque “no tiene más remedio”.

Pero victimizarse es, también, el recurso de quienes explican sus desdichas por la maldad externa. Es la vocación de eterna víctima inocente que nada tiene que ver con sus padecimientos, siempre ajena a sus desgracias e irresponsable de ellas. Dice el protagonista de un texto de Bioy Casares y Silvina Ocampo: “Yo había asumido la peligrosa actitud de quien abjura de sus responsabilidades, de quien se entrega a una voluntad ajena”. Precisamente, esa entrega es la que posibilita al (auto) victimizado evitarse la pregunta: ¿qué tengo que ver con esto que me ocurre? Para el psicoanálisis el sujeto es siempre responsable de sus excesos, siempre “tiene que ver” con lo que le ocurre, siempre tiene la posibilidad de convertirse en una “cuestión” para sí mismo, por tanto, nunca es totalmente inocente de su transcurrir. “No se hace lo que se quiere y, sin embargo, se es responsable de lo que se es. El humano lleva sobre sus hombros la carga de sí mismo. En este sentido la libertad podría pasar por una maldición. Y es una maldición. Pero es, también, la única fuente de la grandeza humana, ha dicho Sartre.

Victimizarse, poner afuera en el pasado, la inclemencia divina o la mala conjunción de los astros en la causa de los males propios es liberarse de la maldición de la libertad, pero ¿qué, si no la esclavitud, es liberarse de la libertad? Entre estas paradojas discurre nuestra vida, para no enfrentarlas algunos se robotizan tras las redes sociales, el alcohol, las drogas, el juego o la indiferencia... pagando con el precio más alto de todos que es autocondenándose a la infelicidad.


Marta Gerez Ambertín

Post Doctora en clínica psicoanalítica


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