El debate de la crisis energética

Varios factores se concatenan para nublar el crecimiento que muestra la economía argentina.

24 Abril 2004
La situación de crisis en el sector energético ha comenzado a extenderse como un oscuro presagio sobre la recuperación de la economía nacional que, desde hace un año y medio, comenzó a revertir con firmeza su dramática decadencia. La drástica alternativa de reducir sensiblemente las exportaciones de gas a países integrantes de la comunidad regional agrega, por lo demás, factores de perturbación en sus relaciones que afectan la defensa de intereses comunes en la compleja realidad internacional.
Mientras la crisis de la energía es ya una evidencia indisimulable preocupa, por otra parte, que la misma esté condicionada por enfoques políticos empecinados en buscar culpables eludiendo las propias responsabilidades. No han bastado, al parecer, las concluyentes experiencias del pasado, cuando los servicios de electricidad imponían duros racionamientos al aparato productivo y en los hogares, mientras el discurso político desbarraba consignas contra la concesión de servicios que la incapacidad del Estado no lograba mantener. Epocas de apagones insuperables que, si bien están lejos de repetirse con aquellas magnitudes, deberían servir de orientación para evitar su retorno, aplicando sinceridad y realismo al manejo del problema. Es cierto que -como acaba de señalar el presidente Néstor Kirchner- no puede atribuirse al actual Gobierno la responsabilidad de la crisis, pero no es menos verdad que la misma se incubó rápidamente en la administración precedente por la extraordinaria caída de las tarifas eléctricas a causa de la devaluación que el propio jefe del Estado ha calificado finalmente como desprolija. Devaluación y pesificación que precedieron a la actual congelación de tarifas, después de un ciclo de progreso energético por inversiones de 78 mil millones de dólares e incrementos del 60 por ciento en la producción de petróleo, 95% en el gas natural y 79% de la electricidad. Fue así que la evolución de los precios del gas y la electricidad hasta 2001 marcó sorprendentes descensos, de acuerdo con referencias del actual secretario de Energía, Daniel Cameron, durante la última campaña electoral presidencial. La congelación de tarifas y consecuente falta de inversiones demostró una vez más que todo lo que se traba en la evolución natural de la economía conduce irremediablemente, primero, al racionamiento del producto y, después, a su desaparición.
Nada de ello en el campo de la energía debió ser desconocido por el presidente Kirchner, pues durante la década del auge energético desempeñó la titularidad de la Organización Federal de Provincias Productoras de Hidrocarburos (Ofepphi), cuyo gerente fue el ingeniero Cameron, apenas escuchado en esta oportunidad al advertir sobre los riesgos en ciernes.
Infortunadamente, es raro que de un tiempo a esta parte haya algún problema grave que no tenga que ver con el grave deterioro de las relaciones políticas y de sus dirigencias. En este caso, en el propio partido oficialista, cuyas graves confrontaciones internas les impiden advertir constructivamente que lo bueno y lo malo en el campo de la energía se produjo durante sus administraciones, como tantas otras circunstancias. Es muy difícil, por no decir imposible, dejar de atribuir a la realidad política las graves situaciones que generaron finalmente la gran crisis histórica. Es por ello que lo observado recientemente en este lugar a propósito de la relación entre la indefensión frente al delito y la decadencia del sistema político, remite fatalmente como causa común a la amenaza de colapsos en los servicios eléctricos. La sociedad merece mensajes claros para contribuir a la solución de la crisis energética con su propio esfuerzo, evitando que la misma recaiga exclusivamente en el sector productivo, deteniendo la recuperación económica que testimonian los informes oficiales y privados.

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