Ser argentino

Un día como hoy es particularmente propicio para preguntarnos qué nos identifica, qué características comunes (si es que las hay) definen nuestra identidad nacional (si es que tal cosa existe). Hay, por lo menos, un poema mínimo que juega ese rol.

09 Jul 2017

Por Rogelio Ramos Signes

PARA LA GACETA - TUCUMÁN

Decimos “Argentina”, decimos “los argentinos”, y pensamos que hay algo que nos une a todos, que nos unifica, que nos uniforma (que no nos uniforme ¡por Dios!), que nos diferencia de los demás habitantes del planeta por tal o cual característica.

¿Qué significa ser argentino? ¿Tener un componente plateado en nuestra estructura física? A este tema ya lo hemos tocado muchas veces. Ya hemos hablado de nuestros íconos: el dulce de leche, el colectivo, la birome, las huellas digitales, Gardel, El Che, Borges, Fangio, Maradona, Messi. Ya hemos hecho gala de nuestra devoción por la amistad, por el fútbol, por el psicoanálisis, por los asados, por las guitarreadas, por algunos programas de televisión, etcétera. Pero (primer pero de este texto), programas televisivos que cuentan con una gran audiencia hay en todo el mundo, y en todo el mundo la gente toca la guitarra y canta y ama (o detesta) el psicoanálisis y llena estadios de fútbol y cultiva la amistad y, con pequeñas variantes, algo pone en la parrilla (la famosa barbacoa de otras tierras ¿viste?).

¿Qué significa ser argentino, entonces? Habitar un país delimitado por coordenadas precisas, desde luego. Santa Catalina (Jujuy) como punto extremo por el Norte, y Ushuaia (Tierra del Fuego) por el Sur; Bernardo de Irigoyen (Misiones) en el Este, y San Martín de Los Andes (Neuquén) al pie de la cordillera marcando el Oeste. Perfecto. Y dentro de esos cuatro puntos ¿qué hay? Dentro de esos cuatro puntos estamos nosotros: una suerte de italianos que hablamos en español (un español cada vez más irreconocible), que nos besamos todo el tiempo (como dice Charly García en una canción), que protestamos pero que no hacemos, que abandonamos el campo, que desde hace 60 años seguimos convirtiendo en un monstruoso espermatozoide a nuestro país: una cabeza descomunal, llamada Buenos Aires, y un cuerpito tembloroso que sigue sus mandatos. De acuerdo. ¿Y qué más? El dinero no, por supuesto. Acá hay gente obscenamente rica y hay gente que hurga en las bolsas con residuos buscando qué comer. Y tanto unos como otros festejan los goles de Boca Juniors, o de cualquier otro equipo; es decir, se ponen eufóricos en el mismo momento, aunque luego uno va a comer a un restaurante de múltiples copas y de cubiertos para cada cosa, y el otro se conmueve si consigue en la bolsa de la que ya hablamos un trozo de pizza sin cucarachas. Y tanto uno como el otro lleva a Boquita en el alma, pero (segundo pero de este texto) como dice Serrat: “se despertó el bien y el mal / la zorra pobre al portal / la zorra rica al rosal / y el avaro a sus divisas”. En este caso, ambas zorras son argentinas, y el avaro también. Y todos somos argentinos, y tenemos los mismos gobernantes, y votamos el misma día, y cantamos el mismo himno (ese donde López y Planes nos empuja a vivir “coronados de gloria”).

Versos

Tal vez el color de la bandera sea un punto que nos unifica. Todos sabemos que se resuelve en celeste, blanco y otra vez celeste, aunque algunos todavía crean la historia del cielo y de las nubes, y otros sepan que la historia de los Borbones no fue ajena a la hora de crearla. La hermosa música del himno, pagada a un compositor español, tal vez sea otra de las cosas que conocemos todos los argentinos. ¿Y qué más? No sé si hay algo más. Hay niños aborígenes que nunca vieron una pelota de fútbol, y niños de zonas muy marginales que nunca probaron el dulce de leche. Es imposible unificar preocupaciones y conocimientos. Hay argentinos, de todas las clases sociales, que no saben qué quiere decir la palabra argentino.

Claro que hay algo, pequeñito pequeñito, que también nos identifica. Es un poema mínimo, una cuarteta que todos conocemos, que todos conocimos aún antes de ir a la escuela, y que algunos conocen al margen de la escuela misma, como la letra del Arroz con leche, aunque nunca hayan probado una cucharada de arroz con leche. Esa cuarteta es el poema más popular de nuestro país, a saber: “En el cielo las estrellas, / en el campo las espinas / y en el centro de mi pecho: / la República Argentina”. ¿Quién la escribió? ¡Alguien debió inventarla! ¿Cómo se popularizó de modo tal?

Argentinos, compatriotas, convirtámonos en investigadores y vayamos al origen de uno de los pocos registros de nuestra nacionalidad.

El 25 de mayo de 1901, durante la fiesta que conmemora esa fecha patria, la niña Carmen Dopazo recitó por primera vez esa cuarteta en su escuela (Escuela San Martín, de la ciudad de La Paz, provincia de Entre Ríos).

La había inventado su tío, José Piñeiro, un joven gallego (gallego de Galicia; de Pontevedra, precisamente) que hacía cinco años que vivía en la Argentina, que había viajado al litoral para visitar a su prima Generosa Piñeiro de Dopazo, y que quería que su pequeña sobrina Carmencita recitara en el acto escolar algo sencillo y desconocido.

Con el correr de los años, mientras la cuarteta pasaba de boca en boca, de escuela en escuela, de niño en niño y de provincia en provincia, el joven gallego fue desempeñando diferentes trabajos en la Argentina de su corazón; en su patria adoptiva. Mientras trataba de sacar enseñanzas de cualquier libro que caía en sus manos, fue mandadero en un almacén (dormía sobre el mostrador muchas veces), mayoral de tranways, dibujante técnico en oficinas del Ferrocarril (fue uno de los que bosquejaron el puerto de Quequén), hábil calígrafo, dibujante de figurines para las revistas femeninas de entonces, y codirector del diario “La Capital” de Mar del Plata. Falleció a los 87 años y, respondiendo a sus deseos, sus cenizas fueron arrojadas al mar. Su sobrina Carmencita, que lo sobrevivió varios años, fue respetada maestra, muy exigente y de extensa trayectoria, en la provincia de Entre Ríos.

El periodista Emilio Alonso recuerda una anécdota relatada por el nieto mayor de don José Piñeiro. En los años 50, mientras el anciano esperaba un tren en el andén de una estación de la zona Sur del Gran Buenos Aires “escuchó a un chiquito, para gracia de los familiares, recitar su poema: habían pasado más de 50 años de aquel 25 de mayo. Embargado por una profunda emoción, lloró como un niño más, pero no se animó entonces a decirle a esa familia que él era el autor del poema. Su copla, llena de gratitud y sentido patriótico, es un verdadero baluarte en estos tiempos de tanta extranjerización sonora.”

Curioso final para este texto. Un pianista español (el maestro Blas Parera) compuso tal vez la única música que conocemos todos los argentinos; la música de la Marcha Patriótica, que con el tiempo se convirtió en el Himno Nacional. Otro español, José Piñeiro, improvisó para uso de su sobrina, con más devoción que destreza poética, la única pieza lírica que conocemos todos los habitantes de este país. No hay en ella cumbres nevadas, ni esa ave carroñera llamada cóndor, ni ejércitos gloriosos, ni olor a pólvora, ni rotas cadenas, ni corceles, ni acero. Sólo hay unas estrellas, muy arriba; y muy abajo unas espinas; y un pecho que palpita y que se emociona; un pecho de aquí, para nada plateado; un pecho argentino.

© LA GACETA

Rogelio Ramos Signes - Escritor.

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