La pelea también es por la plata

06 Jul 2017

¿Cuánto vale la palabra y cuánto la acción? ¿Es más conveniente remarcar las diferencias que potenciar los acuerdos? ¿La dirigencia política (no sólo con poder de decisión, sino también el conjunto) aprendió de los errores del pasado? ¿Puede la política estar por encima del bien común? Demasiados interrogantes quedan abiertos en función de las conductas de la clase dirigente. Y, ojo, no hay distinciones; todos caen en la misma bolsa porque, con sus más o con sus menos, terminan exteriorizando actos propios del individualismo más que del altruismo que sólo los estadistas muestran. En definitiva, ese es el atributo mediante el cual esos prohombres quedan grabados en la historia.

En la política, a las palabras se las lleva el viento, más aún si fueron pronunciadas a través de promesas electorales. A cada anuncio le sucede una chicana, y viceversa, pero la sociedad no llega a percibir los frutos. El año que viene, probablemente (y sería lamentable), La Madrid seguirá inundándose porque las obras que esa comunidad requiere para soportar las intensas lluvias sencillamente no estarán listas. Son más estructurales que coyunturales. Será el botón de la prueba que las rencillas políticas no conducen a nada; sólo al olvido de los que necesitan y a la desidia. Y (también probablemente) volverán los políticos a la zona a prometer ayuda. Nadie aprende de los errores; todos suelen cometer los mismos desaciertos; a la corta o a la larga, también acostumbran a ser presos de sus palabras. Es el karma de la política, la cíclica historia argentina.

Las elecciones de octubre aparecen como las más bélicas de las que se han vivido en Tucumán. El discurso agresivo se antepone a las propuestas sensatas y cumplibles. Cuatro bancas de diputados están en juego en la provincia. Tal vez no sea un número importante para torcer el rumbo en la Cámara Baja pero, si jugaran como un equipo, más allá de los colores partidarios, el electorado no se sentiría tan frustrado por haberle dado el voto a tal o cual postulante que, en muchos casos, se deja llevar por las luces de la gran ciudad y se olvida de sus orígenes, de quienes lo eligieron como representantes. Gran parte de los candidatos electos le han dado la espalda al propio eslogan que potencian en tiempos de campaña (“hechos, no palabras”).

La virulencia electoral no debe embarrar, tampoco, una cuestión de alto impacto social como es la financiera. Ni la Nación debiera debilitar fiscalmente a los distritos no afines, ni la provincia hacer lo mismo con las intendencias que no comparten la misma idea política. En estos días corrieron versiones acerca de contratiempos para afrontar, en tiempo y en forma, el pago de los sueldos estatales. La inyección dineraria extra de los meses excepcionales (mayo y junio) en transferencias coparticipables evitaron, tal vez, una sangría de días. El gobernador Juan Manzur insiste en que no solicitará crédito alguno para gastos corrientes, como el de Personal, por ejemplo. Pero nada dijo acerca de qué hará si la Casa Rosada llegar a enviar fondos para que los intendentes afines a Cambiemos inauguren obras hasta octubre. Las Asistencias del Tesoro Nacional (ATN) fueron, son y serán los vehículos para apuntalar las obras públicas, más aún en tiempos de elecciones. Esa es otra puja que no le sirve al bien común. Un caso testigo fue el reclamo del intendente capitalino Germán Alfaro, que ayer fue a tocarle la puerta al despacho de Manzur para que le entregue un ATN por $ 5 millones enviado por Macri. En la Casa de Gobierno no le dieron demasiadas explicaciones sobre el retraso en el giro del dinero. Desde la tribuna gritarían metete con el coya, pero no con la alforja. ¿Un efecto dominó?

Hay emisarios que van de Tucumán y vienen de la Casa Rosada. Testean, auscultan el clima, pero Tucumán está muy lejos de las encuestas del poder central. Hablar hoy de acuerdos para evitar una mayor sangría es prematuro. Nadie quiere ceder terreno. En el lenguaje electoral, hacerlo sería una señal de debilidad. Mauricio Macri quiere una polarización federal. En otros términos, que cada candidato de Cambiemos tenga en su territorio su propia Cristina Fernández de Kirchner al frente. Pero, Córdoba, Chaco, Santiago del Estero o el mismo Tucumán no son como Buenos Aires. Tienen realidades políticas completamente diferentes, necesidades financieras preexistentes (no hay distrito que llegue a sostenerse por sí, ya que entre el 70% y el 80% del dinero que le ingresan provienen de la caja nacional). En este juego político, los que pierden siempre son los mismos.

Cambiemos enrostra al Partido Justicialista, en todas sus expresiones, el pasado; el PJ, a su vez, afirma que el macrismo ha deteriorado uno de los pilares económicos fundamentales: el consumo. Y que el Gobierno nacional volvió a sobreendeudar al país. Ambos coinciden en un término: ajuste. Los justicialistas dicen que, luego de las elecciones, volverá a observarse otro reacomodamiento de precios. Cambiemos, a su vez, le reclama a los gobernadores que sean más responsables y transparentes a la hora de gastar. En esa diáspora se desenvuelve la Argentina, en una discusión en el que el ajuste suele ser huérfano porque nadie se hace cargo del problema.

Pese a esas acusaciones mutuas, el gabinete macrista está confiado en que la economía ayude a mejor el clima para la inversión, aunque la incipiente recuperación se observa en sectores que no son generadores genuinos de mano de obra. “La dinámica nos favorece”, lanzó uno de los colaboradores presidenciales en base a datos de reconocidos economistas del país. La construcción, para ellos, será el barco insignia de la senda del crecimiento sostenido. Pero los fantasmas siguen espantando. El dólar mientras no se dispare más allá de los $ 18,10 (pauta admitida oficialmente hasta fines de año) no será un problema. Vaticinan que la inflación de julio (proyectada en un 2%) será la última de la serie de datos elevados. Sin embargo, esas estadísticas no aseguran que los precios no sigan subiendo. La nafta, en ese sentido, volvió a ser el termómetro que fue en el pasado. Mientras suba su valor, todo el sobrecosto se trasladará al precio final. Así. no hay bolsillo que aguante.

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