El voto pulgar

02 Jul 2017
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Resulta que las PASO ya no sirven. O no les sirven. Ahora descubren que son defectuosas; pero ocurre sólo después que la propia dirigencia las convirtiera en un contratiempo, tal como sucedió con los acoples. Son las travesuras escondidas en las normas electorales -cuando se las pergeñan- las que las hicieron fracasar, porque algunas son concebidas desde el egoísmo sectorial con la excusa de mejorar el sistema de representación política. Pero con algún sistema electoral hay que votar y elegir, abierto o cerrado. Hoy, en medio de la parafernalia confrontativa entre los precandidatos -que renuncie, que tome licencia, que somos mejores, que son peores, que son el pasado, que vienen con la corrupción encima, son ineptos para gobernar- se escuchan propuestas para eliminar las PASO porque no tienen sentido ya que los que se presentan para el primer colador político del 13 de agosto, serán los mismos que estarán en el segundo colador institucional del 22 de octubre. Un argumento.

En el fondo, no es el sistema de primarias abiertas, simultáneas y obligatorias lo defectuoso, sino la forma en que la dirigencia degradó a los partidos políticos; ya que eso terminó afectando a las PASO. Estas primarias nacieron -entre otras cosas- para que Estado sea el único aportante de recursos a los partidos y para que ningún millonario ambicioso -como De Narváez en 2009- pueda usar sus bolsillos para hacer proselitismo. Y encima ganarle al kirchnerismo. Egoísmo disfrazado de equidad distributiva. Ahora resultan onerosas para el Estado. Y si las organizaciones son reducidos a meras siglas electorales y los mecanismos de votación se arman para privilegiar a unos y para perjudicar a otros, el combo sólo puede provocar malestar y exigir la desaparición de las PASO por costosas y fracasadas.

Corría el 2030. Como otros 33 millones de compatriotas aguardaba. Los segundos se ponían viejos y él quería sacarse rápido esa responsabilidad de encima. ¿Por qué era obligatorio votar? En su mano descansaba la urnita electrónica, diminuta como un celular. ¡Cara e innecesaria! Era igual a la que poseían los otros 33 millones habilitados como él y que también no veían la hora de superar ese trance que sucedía en simultáneo. ¿Por qué tenía que elegir a candidatos de los otros? “¡Qué incomodidad sufragar!”. Le habían explicado cómo funcionaba el sistema; las indicaciones se podían bajar al teléfono, a la compu, a la tablet. Claro, el 2% de los analfabetos tecnológicos recibía clases personalizadas a domicilio. Pero él, como los arcaicos Baby Boomers, la antigua generación X, los pasados Millenials o los recientes “Z”, conocía el paño. No tendría que caminar hasta una escuela, ni subir a un ómnibus, ni esperar que lo busquen, como en años del Cambalache. Sufragaría en el living de su casa; cómodo, tomando mates, o leyendo el diario en el baño o viendo una jugada repetida del ex crack Messi con la camiseta del “millonario”, donde se retiró.

Es democrático votar, es obligatorio elegir; hacen falta los dirigentes y los dirigidos. Son necesarias las urnas, los candidatos y, fundamentalmente, dinamizar a los partidos políticos, tanto como imponer nuevas reglas electorales para recuperarlos. Sino las buenas intenciones -como aquellas urnitas digitales electrónicas futuras o como las PASO- por el accionar de algunos pícaros terminan atentando contra la credibilidad del sistema. Algunos reniegan de las primarias porque han fracasado cómo método para involucrar obligatoriamente a los independientes en la selección de los candidatos o para alentar las internas en los partidos. Mejor que el riesgo de competir es armar un partido propio. No es un mecanismo perverso, sólo cayó en manos de políticos argentinos; que hacen hasta lo imposible para que las buenas intenciones terminen beneficiando a unos pocos. Tal como ocurrió con los acoples, o antes con los sublemas. Degradación porque no se piensa en todos, sino como sector político. Sabido es que el dueño de la pelota es el que pone las reglas.

La indicación fue clarita: durante la semana anterior había que buscar de entre toda la oferta electoral la que más agradara, copiarla, reservarla en la memoria de la urnita y aguardar la hora del clic masivo, anónimo y democrático. ¡Tanto tiempo perdido para eso! Tener que concentrarse para apretar el botoncito rojo a la hora señalada. ¡Postergar el “whatsapeo”, twits, chat y la piratería digital para elegir diputados! ¿A quién se le puede ocurrir semejante pérdida de tiempo? Y gastar tanto dinero en semejante cantidad de maquinitas suizo-japonesas para usarlas un segundo y encima cada dos años. Menos mal que las pilas son alemano-estadounidenses y que duran diez elecciones nacionales. El “apoya-urna” de colores con brazos manejados a control remoto para que las sostengan y sirvan de adorno las urnitas digitales lo inventó un argentino. “Hay que eliminar este sistema, inventar algo que no distraiga tanto al ciudadano”.

No es malo elegir, menos votar; de eso vive la democracia. Pero en la degradación de los partidos está gran parte del fracaso del esquema de primarias abiertas. Si hasta Cristina Fernández, que las impulsó en 2009, en la primera ocasión en la que pudo reivindicarlas como su gran reforma política, le rehuyó. No le convino ni la convenció su propia iniciativa. Le espantó. No quiso competir en la interna del PJ. Y es legal. Cuando las presentó a través de la ley 26.571 (de Democratización de la representación política, la transparencia y la equidad electoral), la ex presidenta dijo que servirían para democratizar los partidos y para que “nadie pueda decir que hay candidatos designados a dedo; para que nadie hable de listas cerradas en las cuales no se puede participar”. Y hubo dedo y listas cerradas; en todas partes (bueno, en la provincia, los del Frente Justicialista para Tucumán pueden decir que no). Los efectos negativos los sufren las organizaciones partidarias, que casi ni sirven como herramientas para alterar y mejorar la realidad, sino como siglas para legalizar la dispersión política. Los tiempos electorales dinamizan a los partidos, allí adquieren vida interna; pero con las PASO no pasó eso. Irónico. Nadie quiere ir a una interna, nadie quiere competir en la previa, sólo miran la final. Es más fácil tener un partido bajo el brazo que pelear voto a voto con el adversario interno. Es imposible evitar que eso suceda con la legislación actual. Es inevitable una nueva reforma política a la luz del fracaso del sistema por responsabilidad de la propia dirigencia y por los continuos ataques de aquellos que parecen renegar de la participación ciudadana. Algunos parecen exigir que elijan los que estén afiliados (dato: de los 33 millones de argentinos en condiciones de sufragar; 8,3 millones están afiliados a un partido político).

A las 18 del domingo, declarado a los fines de la votación feriado electoral nacional no turístico y de permanencia hogareña, todo el mundo debe poner el pulgar en la urnita electrónica y votar. O sea, debe verificar a sus elegidos y ponerlos en la nube electoral. Para mayor seguridad, un servicio digital español garantiza que ese dedo se use sólo una vez y en su respectivo aparatito. Nada de apretar varias veces -¿pulgarizar?- para modificar el resultado, se computa “me gusta” una vez y nada más. Así de personalizado, seguro para evitar el fraude dactilar, para impedir el voto digitalizado cadena, el doble voto pulgar y los posibles secuestros de pulgares. Un mecanismo francés impedía que pudiesen votar los pulgares de personas fallecidas. Todo calculado. Resultados garantizados y con reconocimientos de normas Iram. Las señales (los votos) de cada aparatito iban a distintas pizarras virtuales, unas nacionales y otras provinciales, donde, al toque, en centésimas de segundo, aparecían las cifras finales. Nada de escrutinio provisorio -una etapa menos-, directamente al definitivo. Chau a las encuestas de pulgares comprados o pagadas por manos anónimas. “Los electos son ...”. Listo, él y los restantes 33 millones habilitados se sacaron un peso de encima, pasaron la primaria abierta electrónica; pero aún tenían que ir a la segunda vuelta. “¡Qué contratiempo! No sirve para nada usar este botoncito rojo, si después tenemos que hacerlo de nuevo”; exclamó. Y siguió razonando: “deberían eliminar las PASO, eliminar los partidos, eliminar las listas. Es demasiado cansador este sistema”. Quejas, como años atrás.

Un aspecto que molesta a algunos es que estos comicios sean obligatorios -porque le costarán muchos millones al Estado o porque la gente debe distraerse para ir a sufragar; para ellos ni la urnita electrónica de pulgar único sirve-; situación que podría evitarse volviendo las antiguas internas cerradas de los partidos políticos. Algunas voces se escuchan en ese sentido. Así votarían sólo los afiliados, no lo harían los independientes, que mirarían desde afuera y los costos no los afrontaría el Estado. Chau PASO. Sin embargo, no es suficiente que el péndulo vuelva a pasar por donde ya lo hizo. Hacen falta nuevos requisitos para los partidos, nuevas condiciones para modernizarlos y que no sean sólo siglas de ocasión para servir de marca impresa en una boleta. Los partidos casi molestan en las PASO; obstaculizan las pretensiones de los ambiciosos.

Otro tanto pasa en Tucumán con los cientos de partidos políticos, nacidos y multiplicados a la sombra del acople. Este sistema electoral para elegir candidatos como las PASO, degeneró. Y afectó a los partidos políticos. Una reforma es necesaria -esta pendiente-, por lo menos para que en las próximas elecciones provinciales de 2019 no se repitan los cientos de boletas en los cuartos oscuro. O la existencia de mismos apoderados de decenas de partidos. O el alquiler de estas organizaciones para los que quieren candidatearse. O la vigencia de leyes que le facilitan la vida a los partidos provinciales que no lleguen al mínimo de votos durante cinco elecciones consecutivas.

Al acople y las PASO los afectaron la picardía de algunos, que convirtieron en sistemas viciados esos mecanismos. A pensar en una nueva reforma, sin travesuras ni picardías egoístas para mejorar la representación política, porque eso es al fin lo que se degrada.

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