Deborah Zimmerman: “en el mundo falta potenciar el trabajo colectivo”

La distancia siempre aporta una mirada diferente del lugar propio, un cambio de perspectiva que empuja a pensar qué tenemos para enseñarle al mundo y, sobre todo, qué tenemos que aprender. Estos son algunos tucumanos que edificaron su vida fuera del país

02 Jul 2017

Tucumanos por el mundo

Deborah Zimmerman es tucumana y arquitecta; la crisis de 2001 la empujó a tomar la decisión de emigrar a España, pero las crisis españolas la llevaron a tomar una que no estaba en sus planes. Así lo cuenta: “la indignación por la tomadura de pelo que significan las crisis me acercó a los movimientos políticos que surgieron tras el 15 M de 2011. Pensé que quejarme mientras veía un noticiero o pretender arreglar el mundo en una charla de café no me servía ni a mí ni a nadie; que para conseguir que las cosas cambien no basta con votar, hay que comprometerse, implicarse y trabajar mucho. Y así me metí en uno de los líos más insospechados de mi vida: soy concejala en el Ayuntamiento de la pequeña ciudad donde vivo, Vilanova i la Geltrú, por uno de los grupos de la oposición”.

- ¿Por qué te instalaste allí?

Mi marido y yo tenemos familia en Cataluña. Vivimos en Barcelona, luego en Sabadell... y nos fuimos enamorando de Vilanova i la Geltrú. La elegimos porque además de contar con un clima y una playa maravillosos, es una ciudad con mucha personalidad, vida cultural, asociativa y festiva. La gente es abierta, amable, cercana y no nos costó sentirnos en casa. Cuando llegué a Barcelona el ritmo de la construcción era febril y no fue difícil conseguir trabajo, pero sólo en obras; al no poder firmar proyectos mis posibilidades estaban muy limitadas. El estallido de la burbuja inmobiliaria fue como un déjà vu, un mal sueño, pero decidí aguantar y dar vuelta la tortilla. Me puse a estudiar otra vez, homologué mi título y con muchísimo esfuerzo comencé a trabajar nuevamente como arquitecta, por mi cuenta.

- ¿Qué descubriste allá?

- Los aprendizajes más significativos tuvieron que ver con ser inmigrante. Quien se va pierde cosas que se entienden y se valoran recién cuando dejan de estar. Para mí fue especialmente difícil la sensación de carecer de ese tejido de relaciones que se construyen naturalmente, sin pensarlo ni buscarlo, a lo largo de la vida.

- ¿Cómo es la experiencia en la política?

Creo que para cambiar las cosas trabajar a nivel municipal es fundamental; las posibilidades de alcanzar soluciones en los municipios, donde la empatía por cercanía es buena mentora, crecen. Creo que en el mundo falta potenciar el trabajo colectivo. Los frutos de la injusticia no son deseables para nadie, pero esto suena a cuento chino si los responsables de administrar lo de todos no tenemos presente siempre nuestra obligación de rendir cuentas de lo que gestionamos. Quien gobierna ha de mandar obedeciendo. Y para ello no hay más alternativa que participar, vigilar y exigir; a la democracia tenemos que cuidarla entre todos. El ritmo es frenético y requiere dedicación y energía, pero lo hago con mucha ilusión. Y puedo repartirme entre la vida política, la actividad profesional y mi irrefrenable vocación de seguir formándome: acabo de terminar una especialización en rehabilitación de edificios.

- ¿Qué aportó Tucumán a tu formación profesional y como persona?

- Allá el grueso de mi formación la recibí en instituciones públicas, tesoro del que la mayor parte de la humanidad no puede presumir. Fui a la Escuela Sarmiento, a la entonces Escuela de Música y a la UNT, y recibí herramientas que me permiten desarrollar pensamiento crítico y capacidad para seguir aprendiendo siempre, condición sine qua non para crecer. En lo personal, resumiría lo recibido en Tucumán como “kit de supervivencia ante las hostilidades”. Pareciera negativo, pero por el contrario, he salido de allí entrenada para afrontar y superar situaciones difíciles sin morir en el intento.

-¿Qué extrañás? ¿Y qué no extrañás en absoluto?

-Extraño la gente que quiero, la creatividad infinita, el saber reírse de uno mismo y ponerle al mal tiempo buena cara. Añoro el optimismo a prueba de adversidades, la capacidad de relativizar, las empanadas, el quesillo y el locro. No extraño el exitismo, la competencia malsana, la agresividad que se respira. Prefiero olvidarme de la brecha social, de la doble moral, del machismo y del elogio de los estigmas. Tampoco siento nostalgia del calor ni de la humedad.

- ¿Qué tenemos que incorporar en la provincia o aprender de otros para crecer y mejorar?

- Es esencial asimilar que el respeto (en el más amplio de los sentidos, no hablo de sumisión ni soy moralista) no debería ser negociable. También es importante entender que el “estado de bienestar” no existe si tu vecino lo pasa mal. Si esto no se solventa, la paz social es una utopía. Pero no sé si el “primer mundo” es el mejor ejemplo: si bien la convivencia interna es algo más equilibrada, los “vecinos de al lado” son los países sometidos a explotación para garantizar bienes de consumo a los países ricos. El cinismo y la avaricia son universales, pero en las distancias cortas son más palpables, porque el choque es cara a cara. Por eso insisto en el trabajo a nivel municipal.

- ¿Volverías a Tucumán?

- ¡Nunca digas nunca! En este momento de mi vida me encuentro a gusto donde vivo. No creo que mi decisión de regresar dependa necesariamente de que algo cambie allá. Salvo en situaciones extremas, estas determinaciones son más bien personales. Visito Tucumán periódicamente, no pierdo contacto. El tiempo dirá…

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