Ayer se abrió a la crítica y prensa especializada y mañana quedará habilitada para todo público: una vez más, la prestigiosa Bienal de Venecia (Italia) concentra la atención del arte contemporáneo.
La muestra principal la forman 120 artistas de 51 países. De ellos, 103 participantes debutan en Venecia, por lo que no será una Bienal de estrellas del mundo del arte. A todo lo anterior se suman más de 80 pabellones, con los que los distintos países intentarán seducir al público.

Es una cita obligada para los amantes del arte. “Viva Arte Viva” es el lema de esta edición, que a lo largo de seis meses pretende celebrar el arte como una forma de expresión viva, según lo anunciado por su comisaria, Christine Macel. “Es un apasionado grito por el arte y el artista. Es una Bienal diseñada con, por y para los artistas”, afirma la cuarta mujer al frente de un evento que suma más de 120 años de historia.
A pesar de las crisis actuales que recorren el planeta, o quizá precisamente debido a ello, esta edición no tendrá contenido político alguno, al contrario que la anterior, comisariada por Okwui Enwezor. “Se celebra la existencia del arte y de los artistas”, explicó su presidente, Paolo Baratta. Premia, por tanto, el diálogo entre artistas y público.

Por otro lado, Venecia luce estos días como acostumbra en tales ocasiones: está tomada por los turistas, con yates multimillonarios atracados frente a las exposiciones, y con una inabarcable cantidad de actos paralelos que se celebran en los palazzos y fundaciones.
“El problema del caballo”
Uno de los más atractivos es el pabellón argentino, por la instalación escultórica de la artista visual Claudia Fontes, residente en el Reino Unido. “El problema del caballo” consta de tres piezas, entre ellas un caballo de cinco metros de altura, realizadas en polvo de mármol, con estructura de acero inoxidable y un detalle en vidrio.
A través de esta obra, Fontes se interroga sobre los conflictos que derivan en la identidad nacional -un animal que se resiste a ser domado frente a una mujer que intenta calmarlo-, en diálogo con la tradición del arte figurativo argentino.
La pintura “La Vuelta del Malón”, de Ángel Della Valle, de 1892, es una referencia clave para “El problema del caballo”, ya que fue la primera obra de arte encargada a un artista con el propósito específico de representar culturalmente en el exterior a la República Argentina como nación a fines del siglo XIX.
La pintura representó en su momento lo que entonces se entendía como “la conquista del desierto”, y hoy se entiende como la apropiación violenta por parte del Estado de las tierras habitadas por poblaciones indígenas en el sur del país.
Fontes tomó prestados aquellos personajes que tienen un rol pasivo en esa pintura (un caballo blanco y una mujer cautiva) y los puso en acción en su propia instalación, mediante un juego de escalas que expresa las emociones que estos dos personajes intercambian.







