La fábula de la tortuga y el conejo

11 May 2017 Por Marcelo Aguaysol

La meta está más lejos de lo que se preveía. Por más que el tecnicismo intente bajarle el tono a un indicador sensible al bolsillo del consumidor, la inflación volvió a las andadas. Y no importa si es el índice general o la núcleo, aquella que no toma en cuenta ciertos factores como la estacionalidad de los precios o los reajustes en las tarifas de los servicios públicos privatizados. Tal vez la decisión de aumentar las facturas se tome en un mes determinado, pero el impacto es masivo. Trasciende el período y reduce el poder adquisitivo del salario.

Los propios datos oficiales han dado cuenta de ello. De acuerdo con el reporte difundido ayer por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), la inflación que dejó abril ha mostrado que ese índice sigue siendo un potro sin domar y que el Gobierno nacional no ha encontrado la receta para domesticarlo. Sólo como referencia, el organismo estadístico ha medido una variación del 36,4% en los servicios y combustible para el hogar. Tal vez la explicación técnica diga que no hay que tomar esos factores para establecer, a mediano plazo, la tendencia que puede llegar a tener en los precios. No obstante, la realidad cotidiana plantea un alto costo de esas subas, que minan aún más el ingreso familiar. Con esta transición hacia una economía más normal, es posible que tengamos otro año con pautas inflacionarias por encima del 20%, pese a que la economía les ha puesto un techo del 23% a los reajustes en las remuneraciones de los consumidores.

Indudablemente, el salario sigue siendo la tortuga de la vieja fábula, mientras el conejo, de vez en cuando, sale de su cueva para desperezarse y saltar por el efecto de un sinceramiento.

“Los aumentos tarifarios son una causa autónoma de inflación y conspiran contra el logro del objetivo antiinflacionario. En un contexto en que el resto de los precios nominales no desciende, cada incremento en la tarifa de electricidad, gas o transporte adiciona cierto porcentaje a la inflación anual. Por ejemplo, el reciente aumento en la electricidad impactará en los guarismos de febrero, marzo y noviembre”, había advertido, en febrero pasado, el Centro de Estudios de la Nueva Economía (CENE) de la Universidad de Belgrano. Más allá de esa proyección, el propio presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, ha dicho, en reiteradas oportunidades, que aún confía en alcanzar la meta del 17% de variación anual de precios.

Si bien la inseguridad sigue siendo el principal problema que observan los tucumanos, en los últimos meses la situación económica ha ganado lugar en la agenda de preocupaciones ciudadanas. Por caso, un reporte de la consultora Quality reveló que un 36% de los tucumanos sondeados el mes anterior, ha respondido que le inquieta el rumbo económico, con la inflación a la cabeza, seguida de los despidos y de la desocupación. Desagregando el monitor de opinión de esa consultora, que dirige Andrea Desjardins, sostiene que la inflación es el segundo problema que está en la cabeza de los tucumanos, con un 20% de respuestas en ese sentido, sólo superado por los robos y arrebatos (26%) y por encima del desempleo y los despidos (16%). La situación tiende a pintar un panorama sombrío con el padecimiento de la industria textil. En la Casa de Gobierno temen por el futuro de Alpargatas y por eso, cada tanto, funcionarios hablan con ejecutivos de la firma en pos de conservar la fuente laboral en esa emblemática fábrica ubicada en Aguilares.

La economía le pone un ancla al talante del votante. La Casa Rosada lo sabe y, por esa razón, busca la forma de instalar cuestiones como la grieta. El Gobierno nacional no le encuentra la vuelta a una inflación que, si bien no está desbocada, genera dolores de cabeza al intento de encarrilar la actividad. Dentro de dos meses, Tucumán puede sumarse a la medición nacional. Los precios locales siguen la tendencia del país.

Mientras persistan estos indicadores resultará cuesta arriba bajar los índices de pobreza. Precisamente la inflación se alimenta de la necesidad de los que menos tienen. Los precios de la canasta familiar resultan inalcanzables para un 30% de la población. Reunir unos $ 12.000 al mes no es tan sencillo. Administrarlo mucho menos, si es que el sinceramiento en los precios no le da un respiro al salario.

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