
Patrick Kingsley - The New York Times
ESTAMBUL – Cuando 22 refugiados cristianos se reunieron en el sótano de un edificio de departamentos en Estambul, temprano por la tarde, un domingo reciente, rápidamente quedó claro que no se trataba de una reunión común para rezar. Varios de ellos tenían nombres islámicos.
Había un Yihad, un Abdelramán y hasta un par de Mohamad. Lo más extraño de todo, es que referían a su anfitrión – uno de los dos Mohamad – como a “irhabi”. Un terrorista.
Si Bashir Mohamad tomó a bien la broma, se debió a que otrora hubo cierta verdad en ella. Hoy, Mohamad, de 25 años, tiene una cruz en la pared e invita a otros conversos recientes a lecturas semanales de la Biblia en su sala de paredes púrpuras. Hace menos de cuatro años, no obstante, cuenta que peleó en las líneas del frente en la guerra civil siria con Yabhat al Nusra, una filial de Al Qaeda. Es, dice, un yihadista que se encomendó a Jesús.
Es una transición que ha sorprendido a todos, no menos a él mismo. Hace cuatro años, me cuenta Mohamad, “Francamente, habría matado a cualquiera que lo sugiriera”. No solo han cambiado sus creencias, sino que también su temperamento. Hoy, su esposa, Hevin Rashid, confirma, con un dejo de sutileza, que es “una mejor compañía”.
La conversión de refugiados musulmanes al cristianismo no es un fenómeno nuevo, particularmente en los países de mayoría cristiana. A veces, se acusa a los conversos de tratar de mejorar sus posibilidades de asilo al hacer que sea peligroso deportarlos de regreso a lugares que tienen una historia de persecución islamista.
La experiencia particular de Mohamad, no obstante, no encaja fácilmente en esta narrativa. El vive en un país de mayoría musulmana, tiene poco interés en buscar asilo en Occidente y recorre un sendero insólito que siguen unos cuantos ex yihadistas.
La suya es una historia que comenzó en la parte kurda del norte de Siria, en Afrin, donde creció en una familia musulmana. Mohamad coqueteó con el extremismo en su adolescencia. Cuando tenía 15 años, un primo lo llevó a oír a los predicadores yihadistas y se adhirió a una de las interpretaciones más extremistas del islam, “hasta de las que nunca has oído hablar”. Sin embargo, cuando estalló la guerra en Siria, después del levantamiento del 2011 en el país, al principio, Mohamad se unió a las fuerzas kurdas seculares en su lucha por la autonomía.
Cuando un amigo lo invitó a desertar en el verano del 2012 para unirse a Yabat al Nusra, una organización que busca establecer un Estado extremista, Mohamad estuvo de acuerdo sin reparos. Como combatiente de Nusra, continuó presenciado la brutalidad extrema. Sus colegas ejecutaron a varios cautivos, aplastándolos con un buldócer. A otro prisionero lo obligaron a beber varios litros de agua después de que le amarraron los genitales con un cordón.
Esta vez, no obstante, en la propaganda de Nusra se hacía que la violencia pareciera tolerable. “Solían decirnos que estas personas eran enemigas de Dios”, contó Mohamad, “así es que yo veía a estas ejecuciones positivamente”.
Cuando conocí a Mohamad en su sótano, no adiviné nada de todo eso. De hecho, estuve allí para observar a uno de sus invitados, un yazidi que se había convertido dos meses antes. Mohamad parecía ser el pegamento del grupo y se comportaba como si hubiese nacido cristiano y así lo hubiesen criado.
Fue Mohamad quien dirigió las primeras oraciones y cánticos. (“Gente que huyó de su casa”, comenzaba uno, “que Dios les dé seguridad”.) Y fue él quien repartió el café después. Su actitud tranquila solo se agitó cuando, en broma, sus invitados se refirieron a él como el “irhabi”, un apodo que provocó que apareciera una sonrisa avergonzada en su rosto juvenil.
En su vida anterior, no obstante, Mohamad dijo que era un hombre enojado, cuyo temperamento asustaba a sus familiares. Cuando regresó brevemente para las celebraciones del año kurdo que hizo su familia en marzo del 2013, Mohamad sentía repulsión por lo que veía como festejos blasfemos, cuyos orígenes estaban fuera de la tradición islámica.
Adoctrinado por los meses con Nusra, pasó su licencia en aislamiento, con Rashid, quien entonces era su prometida. Tanto ella como los padres de él trataron de persuadirlo para que no regresara a la línea del frente, pero él los ignoró.
De regreso en el frente, Mohamad, finalmente, empezó a cuestionar los motivos de Nusra. Al escanear el territorio gubernamental con sus binoculares, dice que vio a soldados sirios del gobierno cuando ejecutaban a una fila de prisioneros con un buldócer y concluyó que había poca diferencia entre su conducta y la de sus colegas.
Decepcionado, se arriesgó a que lo ejecutaran, desertó de Nusra y regresó a su casa en Afrin. “Fui a Nusra en busca de mi dios”, dijo.
“Pero después de que vi a musulmanes matar a musulmanes, me di cuenta de que algo estaba mal”.
Al año siguiente, su esposa y él huyeron de la guerra, se fueron a Estambul y se unieron a más de 2.5 millones otros sirios en el exilio en Turquía. No obstante, un musulmán fanático, Mohamad rezaba en voz tan alta que se quejaron sus vecinos del piso de arriba. “Solían preguntarme: ‘¿Cuándo te vas a convertir en profeta?’”. Todavía hacía que Rashid se cubriera el cabello y el cuello, y planeaba que usara un nicab o velo que cubre toda la cara.
No obstante, fue la propia Rashid la que involuntariamente hizo que su esposo rechazara el islam. A principios del 2015, se enfermó de gravedad. A medida que empeoraba su salud, Mohamad le describió su condición a su primo Ahmad – el mismo que lo había llevado a las conferencias yihadistas cuando era adolescente – en una llamada telefónica. Ahmad vivía ahora en Canadá y se había convertido al cristianismo, una medida que había impactado a Mohamad.
Un converso entusiasta, Ahmad le pidió a Mohamad que colocara el teléfono cerca de Rashid para que su grupo de oración pudiera cantar y rezar por su salud. Horrorizado, Mohamad se negó inicialmente ya que lo habían enseñado a encontrar repulsivo al cristianismo. Sin embargo, también estaba desesperado y cedió finalmente.
Cuando Rashid mejoró en unos cuantos días, Mohamad se lo achacó a la intervención de su primo. Intrigado, empezó entonces a contemplar una idea sacrílega. Le pidió a su primo que le recomendara a un predicador cristiano en Estambul que pudiera introducirlo a la religión. Lo pusieron en contacto con Eimad Brim, un misionero de una organización evangélica con sede en Jordania, llamada el Buen Pastor, quien estuvo de acuerdo en reunirse con él.
Brim dijo que rápidamente convencieron a Mohamad de los beneficios de la conversión, a pesar del peligro mortal en el que estaría. “Fue Bashir quien había estado buscando a Eimad”, contó Brim, quien también confirmó otras partes de la versión de Mohamad. “Fue fácil”.
Nadie puede explicar exactamente por qué buscó solaz en el cristianismo en lugar de en una versión más de la corriente dominante del islam. Leer la Biblia, dijo Mohamad, lo hace tranquilizarse más que leer el Corán.
Las iglesias a las que fue, prosiguió, lo hicieron sentir mejor recibido que las mezquitas del barrio. Desde su punto de vista personal, las oraciones cristianas son más generosas que las musulmanas. Sin embargo, estas son aseveraciones subjetivas y muchos rechazarían la caracterización del islam como una religión menos benigna, tanto como rechazarían la interpretación extremista que de él hace Nusra.
Para Mohamad y Rashid, fueron, quizá, sus sueños los que sellaron su conversión. A medida que la pareja empezó a considerar abandonar el islam, ella dijo que soñó a un personaje bíblico que usaba sus poderes celestiales para dividir las aguas del mar, lo que Mohamad interpretó como un signo de aliento por parte de Jesús. Luego, el propio Mohamad soñó que Jesús le había dado unos garbanzos. La pareja se sintió amada.
“Hay una brecha enorme entre el dios al que yo solía venerar y al que alabo ahora”, observó Mohamad. “Solíamos rendir culto con miedo. Ahora, todo ha cambiado”.
No obstante, para Mohamad, todo esto ha tenido un precio alto. Haber rechazado al islam ha hecho que sea un blanco para sus anteriores aliados fundamentalistas y tiene miedo de que un día le pasen la factura. No obstante, de ser así, estima que ahora tiene la más grandiosa protección de todas.
“Tengo confianza”, dice, “en Dios”








