Una observación cotidiana que señalan habitantes de San Miguel de Tucumán y de Yerba Buena, tanto en la sección "Cartas de Lectores" como en la columna "Caminando la Ciudad", es el estado deplorable que ofrecen muchas calles y espacios verdes de ambas ciudades. Tales advertencias, sin duda, merecen una concienzuda reflexión, y debiera avergonzarnos a todos por igual -autoridades y ciudadanos-, ya que de una u otra manera todos somos responsables de la caótica situación que impera en los grandes conglomerados urbanos.
Con lamentable frecuencia se toca este tema en nuestros editoriales y crónicas. Desafortunadamente, nada parece conmover ni a los gobernantes ni al pueblo, porque no se crean estrategias para revertir el caos ni se observan cambios de actitud. Cuando hay un camión recolectando basura, por ejemplo, hay otro vecino o carrito que arroja residuos en otra esquina. Esta es una espiral de nunca acabar. Y lo peor de todo es que nos estamos acostumbrando a convivir con la inmundicia, con los ruidos molestos, con el desorden del tránsito vehicular, con la violación a las señalizaciones -cuando las hay-, con las montañas de basura putrefacta en cualquier esquina céntrica o en un baldío...
"Autitos chocadores"
Y el asunto no termina aquí. También se está imponiendo un nuevo estilo para conducir, similar al utilizado en la pista de los "autitos chocadores" de los parques de diversiones. Mientras en los parques los conductores se divierten porque tratan de manejar sin rozar los minivehículos entre sí -cosa que es imposible por la estrechez de la pista-, en las calles los automovilistas van tensos y nerviosos porque se sienten obligados a conducir zigzagueando -como si estuviesen en total estado de ebriedad- para esquivar pozos y grandes roturas en el pavimento. En estos casos, las calles también resultan estrechas porque los sectores que están destrozados superan a los tramos que están en condiciones. Como ejemplos basta mencionar la esquina de Moreno y Perú, en Yerba Buena; y la Avenida de las Américas entre Belgrano y Colombia, y Muñecas entre avenida Sarmiento y Uruguay, en la capital.
Por suerte, hay gente sensible que en estos días de lluvia se toma el trabajo de señalizar las cráteres con alguna rama o con una bolsa de basura, de modo que el desprevenido conductor no quede entrampado o rompa las cubiertas.
Tal estado de abandono y de irrespetuosidad hacia el prójimo es, desgraciadamente, moneda corriente en esta sociedad, donde el incumplimiento de los deberes públicos va de la mano de la falta de educación urbana.
Ni los peatones se salvan
Caminar por las veredas del centro también conlleva sus riesgos. Mucho más los días de lluvia. Las veredas parecen pistas de obstáculos. Baldosas flojas, zanjas, baches, improvisadas pasarelas con tablas endebles tornan casi imposible transitar sin correr el riesgo de ensuciarse o de perder el equilibrio y caer de bruces. Para colmo, las veredas muy angostas obligan al peatón a tomar la calle para apurar el paso. Al descender, la cosa no es mejor: debe caminar esquivando los derrames cloacales que proliferan en toda la ciudad. Si a esto se le suma el embotellamiento vehicular, la imprudencia e impaciencia de la mayoría de los conductores, el peligro está permanentemente al acecho.
La suciedad que hay en toda la ciudad es, en gran parte, responsabilidad de los ciudadanos. Pero el permanente deterioro de las calles se le adjudica, casi siempre, a la falta de fondos. Aquí surge el eterno problema: la comunidad quiere ver obras para cumplir puntualmente con sus tributos; las autoridades esperan que el ciudadano cumpla con sus obligaciones para obtener una abultada recaudación impositiva y realizar los trabajos. ¿Habrá que esperar mucho para ver quién da primero el ejemplo? Tucumán necesita, antes que nada, recobrar la imagen de Jardín de la República si pretende competir en el mercado turístico. Y esta tarea es de todos.







