PBRO. MARCELO BARIONUEVO
“En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, los llevó aparte, a un monte alto, y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: ‘Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salió una voz que decía: ‘Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle’. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: ‘levantaos, no tengáis miedo’. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: ‘No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos’” (Mt 17,1-9).
Algunos Padres pensaron que Jesús se fue a orar con los mismos testigos de Getsemaní, donde también se durmieron, para que el recuerdo de esta gloria que envuelve ahora a Jesús les sostuviese en el escándalo de la agonía. La presencia de Moisés y Elías les proporciona una prueba suplementaria de su divinidad. La transfiguración es la antesala del cielo, pero no se llega a él sin pasar por la pasión de la cruz. La prueba del dolor la vivió Cristo en carne propia y es la enseñanza que deja a sus discípulos. Por ello el cristiano no debe asustarse cuando en su vida personal aparecen obstáculos, pruebas, dificultades que marcan la presencia del dolor en su vida; Jesús nos invita a vivirlos con ánimo de redención. Tampoco deberíamos perder la fe ni la esperanza cuando vemos la Iglesia -que es Cristo a través del tiempo- insultada, criticada por sus enemigos o por quienes no la conocen. La Iglesia sufre también y es cubierta con el manto de burlas y desprecios que Jesús soportó en la celda de castigo de Pilatos. También nosotros sufrimos por distintas causas y, como los discípulos, debemos estar advertidos.
Que Cristo mostrara a los suyos su gloria días antes de su humillante y atroz muerte constituye una enseñanza. Es como si Jesús quisiera que comprendiéramos que allí donde hay dificultades, sufrimientos, allí el cristiano labra su gloria definitiva. Sí, a todos los que atraviesen una situación penosa o encuentran una hostilidad debida a sus debilidades o a un ambiente refractario para las cosas de Dios, Él les dice: “Dichosos los que lloran porque ellos serán consolados” (Mt 5,4). A no asustarse ni tener miedo, la fe nos asiste y nos da su fortalece. “Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?”, enseña San Pablo.








