
Ricardo Robles - Experto en medio ambiente
Una asignatura pendiente entre vecinos y funcionarios es la comunicación, o mejor dicho una buena comunicación. Hagamos un ejercicio juntos: cuando llegamos a ciudades de casi todo el país -salvo honrosas excepciones- las encontramos desaliñadas, a causa de su falta de limpieza, calles poco limpias, veredas rotas, líquidos cloacales, platabandas con yuyos altos, plazas mal mantenidas, intensas pegatinas, etcétera. Concluimos que la ciudad es sucia y no nos equivocamos. Inmediatamente -como sucede con los chicos- funcionarios y vecinos se inculpan de ser los responsables de esta situación y tal vez, en cierta medida, ambos tienen razón. Tanto los que dicen que la limpiaron y la volvieron a ensuciar y los otros que niegan esa posibilidad. Pero lo concreto es que, a la vista de los que vivimos y los eventuales visitantes, el aspecto que brindamos no es el mejor.
Entonces nos preguntamos qué es lo que falla; y lo que deberían preguntarse los funcionarios es si la comunicación con el vecino es la adecuada.
Sobre esta duda paso a enumerar algunas reflexiones: el vecino nunca o casi nunca encuentra una respuesta rápida a sus necesidades; ergo, necesita una administración proactiva que detecte los problemas y los resuelva a la brevedad. Hoy, ante una deficiencia en obras o servicios, debemos presentar una nota; en algunos casos nos preguntan si estamos al día, etcétera. Resulta más fácil usar las redes sociales y los medios para hacer conocer una necesidad de solución que en algunos casos es urgente. Está rota la comunicación con los vecinos. Además, los problemas en pueblos o barrios de las ciudades deben ser descubiertos por las intensas recorridas que efectúan los vehículos oficiales. Si se demoran las respuestas fracasa la comunicación.
Sería saludable que antes de planear una obra o un servicio, como la simple limpieza de un barrio, se involucre a la comunidad, con la realización de reuniones, entrevistas personales, dar a publicidad los beneficios de los cambios propuestos y escuchar iniciativas locales que, de ser buenas, puedan ser incorporadas a lo previsto.
Se debe además incentivar la comunicación personal; debemos establecer empatía, con un lenguaje accesible; esto quiere decir que los funcionarios deben tener contacto directo con los vecinos -no con los punteros zonales, que muchas veces tienen una versión desdibujada de la realidad-.
Se debe apelar a un lenguaje accesible, con una comunicación diaria y continua. De no ser así, una comunicación intermitente, tímida y falta de sinceridad o excesivamente técnica provocará invariablemente la pérdida de apoyo por parte del vecino, a quien sería también saludable hacer conocer por adelantado los proyectos para su barrio para contar con su participación y acompañamiento. De esta forma se sentirá parte del mismo y cuidará los resultados obtenidos.
Por último, la gente ya no se conforma con que le corten el pasto, le barran las calles y le pinten los cordones sólo cuando llega el funcionario, todo esto en medio de cohetes y música fuerte. Se debe visitar al vecino en silencio, sin estridencias, sin abrazos aparatosos que hieren su dignidad. Deben visitarlo porque son sus representantes y están allí porque los eligieron para que trabajen. Tal vez la palabra más repetida en estas líneas sea “deber”, y no es casual; es quizás el verbo más olvidado por quienes toman decisiones.








