Bebida en sitios bailables

Hay normas que se deben respetar en este tipo de negocios y que las autoridades deben hacer cumplir.

08 Abril 2004
Informamos ayer sobre el caso de una joven que concurrió a un local bailable de Famaillá y terminó internada por una intoxicación que, según sus familiares, derivaría de la droga que alguien habría puesto en su bebida. El caso, más allá de los resultados a que llegue su investigación, hace oportuno referirse, una vez más, a las situaciones que se generan en los centros donde la juventud se reúne a bailar durante los fines de semana.
En tales negocios, generalmente colmados de público, se consume por lo menos alcohol, y esto infringe la prohibición legal que existe a su respecto. Por encima de las explicaciones que puedan dar los propietarios, es evidente que la ingesta se produce, como lo testimonia el hecho -comprobable por cualquiera- de jóvenes que, ya con el sol alto, caminan tambaleándose por las calles, o causan disturbios con sus grescas en la vía pública.
La Policía de Famaillá afirma que, en esa ciudad, casi todos los fines de semana detiene por lo menos a diez menores en ese estado. La cifra parece baja si, simultáneamente, se reconoce que en Famaillá existe mucho alcoholismo juvenil. Y al mismo tiempo, podría decirse que, en San Miguel de Tucumán, dada la mayor cantidad de población, la suma de detenidos debiera ser muchísimo más alta.
Todo esto no hace sino demostrar que, en el problema del consumo de alcohol entre los jóvenes, es mucho lo que se debe hacer y no se hace. Aunque las autoridades informen a menudo respecto de controles que practican, parece obvio que los mismos no son todo lo frecuentes que debieran, y que tampoco tienen el alcance que sería necesario para producir un verdadero cambio en la realidad que mencionamos.
Nos referimos tanto a la venta en el interior de los establecimientos bailables, como a la que se realiza en los quioscos de la calle. Porque es sobreabundante decir que, si los jóvenes beben alcohol, es porque alguien se lo vende, dentro del local donde bailan, o fuera del mismo. Esta es la realidad, y corresponde enfocarla con la franqueza que requiere.
Por cierto que, junto al problema del alcohol, está el de las drogas y fármacos de diverso tipo, tan difundidos en estas últimas décadas, y tan conocidamente dañosos. Su venta y su consumo tienen que estar sometidos a una vigilancia tan celosa como la que requieren las bebidas alcohólicas, si deseamos librar a nuestra juventud de las consecuencias terribles de esas adicciones.
En esta tarea, es indudable que el poder público, por medio de la Policía y de la Municipalidad, tiene que jugar un rol fundamental. Si lo cumple a conciencia, tendrían que advertirse resultados. Es cuestión de implementar estrategias realistas y eficaces, pero, sobre todo, se trata de hacerlas cumplir sin miramientos de ninguna especie y en todos los casos.
Por lo demás, ninguna acción de esta índole puede resultar exitosa, si no se lleva a cabo en forma constante. Las campañas esporádicas no sirven para este propósito, y solamente proporcionan la ilusión de que se está interviniendo en un problema que, en los hechos, no registra ningún cambio.Hay que agregar, una vez más, el urgente requerimiento de que la comunidad se comprometa en este estado de cosas. Resulta clave que, en los hogares, los progenitores tengan una actitud de atención y de vigilancia respecto de sus hijos, de los lugares que frecuentan y del estado en que regresan de estos, a la mañana siguiente. Si esto se cumpliera a conciencia, y si los padres ejercieran la tarea que les atañe, se habría dado un significativo paso adelante para poner límites a una cuestión que no puede sino inquietar a toda la comunidad.
Es, repetimos, un tema de gran trascendencia, y se lo debe encarar con la hondura que corresponde.

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