Las facetas de Fidel: de revolucionario a dictador

Gran parte de la historia de Castro ha sido deplorable

03 Dic 2016
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MENTIRAS. “Elecciones libres en cuatro años”, prometió Fidel en 1959. FOTO DE Jack Manning PARA The New York Times

Roger Cohen - The New York Times

Se dice que Napoleón hizo el comentario de que, si tan sólo le hubieran dado una bala de cañón cuando entró a caballo en Moscú, en 1812, habría pasado a la historia como el hombre más grande que haya vivido. En forma similar, Fidel Castro sobrevivió al momento de su grandeza, aunque no a la idealización de su atractivo.

Fidel. Una sola palabra es suficiente para evocar al hombre que descendió de Sierra Maestra con su ejército dispar y desarrapado para derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista en 1959, purgar a Cuba de la dominación de EEUU, proclamar el empoderamiento de los pobres y personificar la sed de América Latina por terminar con los gobiernos de las camarillas mimadas por el imperialismo.

En su momento, su mensaje fue eléctrico. Fidel fue el héroe barbado de los sin voz, del “pueblo”. Un continente de desigualdades y corrupción estaba maduro para la revolución; y el “Che” Guevara salió de La Habana a mediados de los 60 para fomentarla.

Casi ningún país de América Latina escapó a la tormenta, desde el Chile de Salvador Allende hasta la Nicaragua de la revolución sandinista, en 1979; desde la despiadada represión militar contra la izquierda en Argentina, donde hubo miles de desaparecidos, hasta el duro gobierno de los generales en Brasil. La potencia ideológica de la victoria de Fidel fue singular.

En “The Sympathizer” (“El simpatizante”), la novela ganadora del Premio Pulitzer, Viet Thanh Nguyen describe cómo, cuando las fuerzas comunistas leales a Ho Chi Minh avanzaban hacia la victoria en Vietnam, en 1975, su protagonista “anhelaba decirle a alguien que era uno de ellos, un simpatizante de izquierda, un revolucionario que luchaba por la paz, la igualdad, la democracia, la libertad y la independencia, todas las cosas nobles por las que mi pueblo había muerto y por las que yo me había ocultado”.

En contra del comunismo

En la gran lucha anticolonial y antiimperialista de la posguerra que sostenía el mundo emergente por la independencia en Asia, Africa y América Latina, Fidel fue una figura enorme. Sin embargo, como con Ho en Vietnam, los ideales nobles resultaron ser ilusorios. Fidel llegó a EEUU en 1959, cuando se presentó en “Meet the Press” de la NBC, declaró que su meta era la democracia, junto con “ideas libres”, “libertad de creencias religiosas” y “elecciones libres en cuatro años”. “Yo no estoy de acuerdo con el comunismo”, declaró.

Como con las promesas de libertad del ayatolá Jomeini dos décadas después, en el Irán revolucionario y antiestadounidense, fue un montón de patrañas. Fidel ya había terminado con EEUU. Estaba dispuesto a abrazar a Moscú y los gordos subsidios soviéticos (así como los misiles que llevaron al mundo al borde de la guerra nuclear en 1962). Su desafío al vasto país que se alzaba sobre su isla próxima sería lo que lo definiera, junto con su gran megalomanía.

A los tres meses de haber tomado el poder, ya había ejecutado a 400 oponentes con escuadrones de fusilamiento; la cantidad aumentaría con los años a 5.600. Al paso de las décadas, metieron a incontables disidentes a la cárcel. Cientos de miles de cubanos huyeron del aparato de seguridad de Fidel rumbo a Florida. Como escribí en 2008, después de haber visitado Cuba para hacer un artículo para una revista por el 50 aniversario de la revolución de Fidel: “Se ha silenciado a la prensa” y “la televisión del Estado es una ampulosa maquinaria de propaganda”.

En ese viaje, noté que era raro que los cubanos sentados en el muro costero en La Habana miren hacia afuera a pesar del esplendor de la vista marina. Le pregunté a la bloguera disidente, Yoani Sánchez, y dijo: “Vivimos dándole la espalda al mar porque no nos conecta; nos encierra. No hay movimiento en él. A la gente no se le permite comprar barcos porque si los tuviera se iría a Florida”.

Fidel, el libertador romántico, hizo de su isla una prisión, llena de gente inerte, estancada en la pobreza engendrada por un sistema de pesadilla. Sus logros considerables en educación, salud y bienestar básico no pueden enmascarar este fracaso fundamental.

Admiro el restablecimiento de las relaciones que hizo Barack Obama con Cuba, que lo llevó a La Habana a principios de este año para reunirse con Raúl Castro. Las relaciones congeladas entre EEUU y Cuba se habían vuelto un anacronismo. Deploro, no obstante, la débil declaración de Obama sobre la muerte de Fidel. No es suficiente que un presidente estadounidense diga: “La historia registrará y juzgará el enorme impacto de este personaje singular”. Ha habido bastante historia en la Cuba de Castro desde 1959 y gran parte de ella ha sido deplorable.

La renuencia de Obama a representar la idea de la libertad y a guiar el mundo libre contra la autocracia, así como su tendencia a asumir un tono apesadumbrado o escéptico sobre el ejercicio del poder estadounidense, ha enojado a muchos estadounidenses. Explica parte del apoyo a Donald Trump; ha hecho que el mundo sea más peligroso. No querer hacer alusión a la depredación de Fidel, es parte de esta doctrina de Obama.

Gigante defectuoso

Fidel fue un gigante con defectos. Sin duda que éste no es el momento para decir que su posición a favor de los desheredados de la Tierra no fue importante. Ni en un momento en el que EEUU ha elegido a un charlatán como presidente. Es tiempo de no pasar por alto el hecho de que Fidel era un político serio e incorruptible. Ni dejar en el tintero el sufrimiento que infligió.

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