Historias de tucumanos en los 42 K de Buenos Aires

Hoy tendrá lugar una de las carreras más populares de Latinoamérica. Las calles porteñas se llenarán de runners que van a empujar sus piernas hasta llorar. Siete tucumanos sintetizan su pasión: “cuando corrés una maratón, te sentís capaz de hacer cualquier cosa”.

De izquierda a derecha, Nougués, Páez de la Torre, Espinoza, Safarsi, Vázquez y Stanich, cuatro historias, la misma pasión.
LA GACETA / ANTONIO FERRONI De izquierda a derecha, Nougués, Páez de la Torre, Espinoza, Safarsi, Vázquez y Stanich, cuatro historias, la misma pasión. LA GACETA / ANTONIO FERRONI
09 Octubre 2016

Hay sensaciones difíciles de asir con palabras. Lo que uno siente cuando corre una maratón entra en ese cúmulo de emociones inasibles. ¿Cómo explicarle a los demás que en esos momentos sos un héroe? ¿Cómo hacer para que otro entienda que si has pasado horas y horas corriendo eres capaz de hacer cualquier cosa? ¿Cómo decirle a tu pareja, a tus hijos, a tus padres que has pensado en ellos en cada pisada? ¿Cómo podrían otros concebir que te arriesgues a acabar tirado en el piso a causa de un calambre? ¿Quién podría entender ese calvario? Sólo vos. Y los otros que -como vos- han aprendido que a la vida hay que vivirla. Y para vivirla, hay que sentirla. La maratón es eso: sensaciones. Es pasar del sacrificio a la felicidad. Es libertad. Es volverte viento. Es sentir cuán fuerte puede latir tu corazón. Es llevar tu ser a sus límites. Es correr con el cuerpo, primero; con la cabeza, después; y con el corazón, al final. Entonces, es llegar, caer de rodillas, mirar el cronómetro y llorar.

Hoy cuando se corra la maratón de Buenos Aires -una prueba que carga con la fama de ser de las más populares de América Latina- entre la multitud sudorosa que se extenderá por las calles porteñas habrá varios tucumanos. Gonzalo Nougués será uno de ellos. El año que viene, cumplirá 10 años como corredor. Podría suponerse que se trata de un maratonista con experiencia. No es el caso, pues estos serán sus terceros 42 kilómetros. Es que, durante ese tiempo, simplemente se dedicó a trotar a su arbitrio. Hasta que, en una ocasión, el año pasado, un amigo suyo se sumó a esas travesías. “Empezó de repente, como Forrest Gump. Entonces, tuve compañía. Y un día, dijimos: ‘¿y si corremos una maratón?’. Hoy, mi vida gira en torno al running”, cuenta Gonzalo -43 años, representante de Nike, esposo y padre-. Eso implica que, en cada viaje, las zapatillas son lo primero que cabe en su valija. “Donde voy, corro. Y si no corro, me pongo tonto”, añade. Este estilo de vida le ha traído beneficios, puesto que ha bajado los kilos que pesa en la balanza, duerme bien y se siente de mejor humor, entre otras ventajas. Así que hoy, cuando cruce el arco de largada, lo hará pensando en que no va a ganarle a nadie... más que a él mismo.

El abogado Ruy Páez de la Torre es el Forrest Gump -protagonista de la película de los 90 que un día cualquiera se lanza a correr y suma decenas de seguidores- al que hace alusión Gonzalo. Un año atrás, no corría ni un kilómetro. Hoy, tiene dos maratones en su haber y otras en su deber. “Me gusta la sensación posterior a la corrida. Es un cansancio placentero”, sintetiza.

La historia de Leonella Safarsi -40 años, pediatra, esposa y madre de tres niñas- es una mezcla de perseverancia, sacrificio y hasta habilidad para establecer prioridades. Porque, como dice ella, trabaja 12 horas al día, atiende a las hijas y, entre un sinfín de ocupaciones, se entrena. "La maratón de Buenos Aires es mi último objetivo del año. Veré si puedo bajar mis tiempos y acabarla en menos de cuatro horas", se esperanza. Y para ello, sabe que lo que vaya a hacer en los últimos 12 kilómetros será crucial. A esa distancia, las reservas de hidratos de carbono del cuerpo se agotan. Los corredores sienten que, si alguien los sopla, los derriba. No en vano, se preparan para el llamado "muro de los 30", en el que deben echar mano a una de sus fortalezas más valiosas: la mente. Y a eso apelará Leonella. "En los últimos kilómetros sólo pensaré en mis hijas, en mi marido y en la felicidad de llegar".

José Ignacio Vázquez -abogado, 39 años- representa otro caso. Unos meses atrás, el windsurf era su única pasión. Hasta que, en julio pasado, se probó en su primera maratón, en Tucumán. Al cabo, va por la segunda medalla. Pero -a decir suyo- la tiene colgada en el cuello desde el día mismo en que decidió correr. “Los viajes se disfrutan desde el instante en que uno empieza a planificarlos. Con las maratones pasa algo parecido. Más allá del resultado, he transitado un camino en el que encontré salud, superación, confianza y una forma de vida”, dice.

Pero una maratón no viene con certificado de garantía. Puede truncarse en cualquier tramo. El éxito se debe, en consecuencia, a la dedicación y al trabajo duro. Sebastián Stanich -programador, 40 años- viene a ejemplificar esto, pues se ha entrenado de un modo minucioso. No obstante, apenas ha podido conciliar el sueño en las noches de la víspera. “Estoy chiflado, ansioso. No quiero caminarla, sino terminarla, y en menos de cuatro horas. A partir del kilómetro 28, me repetiré a mí mismo: ‘no parés, no seas cagón’. Sé que puedo hacerlo. Sé que voy a hacerlo”, dice.

Por lo visto, además de determinación, a esta gente le sobra autoconfianza, fortaleza y capacidad de sacrificio. Que lo niegue Juan Pablo Briga -profesor de educación física, 31 años-, quien pretende superar su propia marca, y finalizar entre los 100 primeros. Para que el propósito no decaiga, le ha pedido a su padre que lo acompañe en los últimos cinco kilómetros. “En esa etapa todo depende de la fuerza mental. El cansancio es tan grande que el cuerpo lo único que te pide es que te detengas”, relata. A los aficionados les lleva entre cuatro y cinco horas completar los 42,2 kilómetros del circuito. A los profesionales, en cambio, les sobra con dos horas y media. Hace unas semanas, el etíope Kenenisa Bekele ganó en Berlín con dos horas y tres minutos, y estableció la segunda entre las mejores marcas de la historia.

Sólo resta oir a Edgardo Espinoza -41 años, profesor de ciencias jurídicas-. Él habla de los miedos, de esos que se ciernen aún sobre los valientes. Dice que sentir dolor durante la travesía o lesionarse son los temores recurrentes. Pero enseguida añade que vale la pena el reto, porque la recompensa es mayúscula: "cuando corrés una maratón, te das cuenta de que sos capaz de hacer cualquier cosa".

En definitiva, cuando los vean pasar con la cara colorada, ya sea erguidos o arrastrándose, no les pregunten porqué lo hacen. Ahora saben que a ellos les gusta ganarle al tiempo. Ls gusta volverse vientos, encontrarse consigo mismos, transformar su mundo con sólo una pisada. Pero -sobretodo- ellos creen en sí mismos. Corren porque creen en sí mismos.
En definitiva, cuando los vean pasar con la cara colorada, ya sea erguidos o arrastrándose, no les pregunten porqué lo hacen. Ahora saben que a ellos les gusta ganarle al tiempo. Les gusta volverse vientos, encontrarse consigo mismos, transformar su mundo con sólo una pisada. Pero -sobretodo- ellos creen en sí mismos. Corren porque creen en sí mismos. 


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