Fantasmas de Oro

Fantasmas de Oro

De la mano de Neymar, Brasil ahuyentó los malos espíritus y se subió a lo más alto del podio olímpico por primera vez

REDENCIÓN. Neymar agradece al cielo mientras Wewerton va a felicitarlo y el alemán Horn se lamenta en el suelo.  Reuters REDENCIÓN. Neymar agradece al cielo mientras Wewerton va a felicitarlo y el alemán Horn se lamenta en el suelo. Reuters
21 Agosto 2016
RÍO DE JANEIRO.- Exactamente de allí, del ángulo recto que forman el palo y el travesaño, del lugar que eligen las arañas para tejer sus redes en los arcos en desuso, Neymar Júnior empezó a descolgar las telarañas más traumáticas del pasado del fútbol brasileño una tarde de agosto en Maracaná. Y quizás, a bordar un futuro más saludable, capaz de recuperar la gloria y el juego de antaño.

Iban 26 minutos del primer tiempo cuando el estandarte de este Brasil olímpico provocó una falta más sobre la izquierda del ataque local. Se cuidaban los alemanes de no tocarlo, de ni siquiera toserle cerca, pero cada tanto no podían impedir el roce.

Neymar respondió con un lanzamiento perfecto, en fuerza, velocidad y precisión. La pelota se enroscó en el aire, ganó altura, evitó el manotazo del arquero, tocó el horizontal y se fue para adentro, para empezar a sacudir los resabios más amargos del ayer. Corrió entonces el hombre del Barcelona hacia el banco de suplentes con gestos elocuentes: “Acá estoy yo, hoy y acá estoy yo”, parecía decir. Quizás fue un desahogo dedicado a quienes le criticaron en los primeros partidos de estos Juegos.

No fue fácil, ni antes ni después del gol. Porque el juvenil equipo alemán tuvo la categoría que pedían las circunstancias. La adecuada para construir una final magnífica, reivindicativa de la magia de este juego, digna del carácter legendario del escenario y del marco de unos Juegos Olímpicos. Alemania tiene la enciclopedia completa del saber futbolístico, sin importar nombres ni edades de los jugadores que integren sus equipos.

El delantero también jugó el partido que se le exigía. Probó todas las artes que conoce. Tiró tacos, bicicletas, ofició de velocista y de asistente, buscó el arco de Horn siempre que pudo.

Hasta que Brasil se tuvo que jugar la medalla que tanto deseaba en los penales. Entonces se guardó el último para él. Weverton llegó en su auxilio atajándole a Petersen el quinto disparo de los alemanes. Y tal como había hecho dos horas antes, cuando llegó su turno Neymar apuntó arriba, a la izquierda de Horn, en dirección al ángulo. Y acertó.

Para colgar del cuello de todo un país la medalla que le faltaba. Para entrar en el Olimpo del fútbol brasileño. Para empezar a limpiar, por fin, las traumáticas telarañas del pasado. (DPA)

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