“No estamos delante de Noruega ni detrás de Kenia”, dice al ver el medallero de Río 2016 Osvaldo Arsenio, que fue Director Nacional de Alto Rendimiento años atrás y sigue trabajando dentro de la Secretaría de Deportes. El análisis busca salir de la cuestión estadística (la mejor actuación argentina desde los Juegos de Londres 48). Y también de cuestiones emocionales, tan intensas en estos Juegos de Río de llantos, cánticos, superaciones y retiros. Como si la “épica” y lo “heroico”, dice Arsenio, acaso vitales también para subir a un podio, fueran más importantes que “la planificación, la inversión y el trabajo”. Como si, por citar un ejemplo, el podio a los 54 años de Santiago Lange (junto con Cecilia Carranza) pudiera explicarse solamente a partir de un hombre que luchó para superar un cáncer y no mencionar que el deportista había decidido establecerse seis meses en Río para optimizar su preparación. Como si Los Leones fueran pura garra y no un trabajo de años, que incluyó entrenamientos en días 31 de diciembre y 1 de enero, cuando la mayoría de la población festejaba fiestas y ellos corrían con la vista puesta en Río. Bien lo sabe la “Peque” Paula Pareto, el otro oro ya lejano de Río, que encontró el premio más alto pero tras años y años de preparación.
Sin desmerecer en absoluto la conquista, el oro de Sebastián Crismanich en Londres 2012, primero individual desde 1948, fue inesperado. Y no sólo eso. Apenas cinco meses después de la conquista, Crismanich recibía invitaciones para desfilar como modelo, para bailar en lo de Tinelli y para hacer teatro. Algunos periodistas le preguntaban al taekwondista si era judoca o karateca. Él se proponía ganar el Mundial. Difundir su deporte. Y repetir el oro en Río, con 29 años. Argentina no logró clasificar siquiera un taekwondista a los Juegos de Río. Semanas antes del inicio de las competencias, Crismanich, cansado de lesiones, anunció su retiro. Por eso, la cosecha de Río 2016 no sólo es superior en números. También es más sólida. Es cierto, son medallas doradas con una media de edad alta, que precisarán de recambio con vistas a Tokio 2020. Un paso de los años que reflejó como nadie La Generación Dorada. Manu Ginóbili y compañía que se despidieron pero siguieron escribiendo historia, se mantuvieron siempre fieles a ellos mismos. La contracara, en edad, podría ser el voleibol masculino, un equipo que sí podrá pensar en crecer para los próximos Juegos de Tokio. La mejor noticia, tras la eliminación de Río, fue el anuncio inmediato de que a Julio Velasco le fue renovado el contrato hasta el año 2020.
Los propios Juegos Olímpicos, no sólo el equipo argentino, precisarán renovación para Tokio. Ya no estarán allí Michael Phelps ni Usaín Bolt, héroes notables. Atracciones enormes que ayudan a disimular a campeones infantiles como Ryan Lochte, el nadador de Estados Unidos que protagonizó el mayor escándalo de Río. En Brasil, el Poder Judicial adquirió protagonismo inédito en los últimos años. Ha encarcelado o procesado a líderes políticos y a poderosos empresarios. Jueces y fiscales compiten casi para ver quién es más riguroso. Lo sufrió el olimpismo. La mentira de Lochte acaso no hubiese quedado al desnudo si un juez no obligaba a bajar del avión y no le retenía los pasaportes a dos de sus compañeros. Y nunca había sucedido que un poderoso miembro del Comité Olímpico Internacional (COI) terminara en medio de los Juegos en una celda común, acusado de reventa de boletos. Le sucedió a Pat Hickey, una especie de Julio Grondona, a nivel olímpico, del deporte irlandés. Su arresto deja al desnudo el método que, supuestamente, usan dirigentes deportivos para enriquecerse con negocios paralelos, agencias de viajes, revendedoras de boletos y otros. Hickey no es el único.
“Los Juegos no están dentro de una burbuja. Están dentro de una ciudad que tiene problemas sociales”. Lo dijo ayer Thomas Bach, presidente alemán del COI. Su entidad debió soportar que un juez brasileño obligara a que fueran autorizados carteles políticos dentro de los escenarios olímpicos. Pudieron seguir viéndose entonces pancartas que decían “Fora Temer”, por Michel Temer, el presidente interino de Brasil que, seguramente, volverá a ser silbado hoy en la ceremonia de clausura. En plena competencia, el Congreso brasileño dio un paso decisivo para echar del poder a Dilma Rousseff, la presidenta que habían elegido meses antes 54 millones de brasileños. Todo eso –además de la muerte del centenario Joao Havelange- sucedió en Río en plena competencia y pasó casi desapercibido. Nadie pudo ocultar, eso sí, que algunos de los medallistas de Río recordaran que habían logrado prepararse gracias a becas que habían recibido del gobierno desplazado. Lo dijo, por ejemplo, Rafaela Silva, la judoca nacida en la favela Ciudad de Dios. Y lo dijo también el boxeador Robson Conceicao, oro inédito para Brasil. Robson afirmó que, sin el boxeo, él hubiese muerto pobre en las calles. Y pidió al nuevo gobierno que desista su proyecto de bajar la imputabilidad de los menores. Que los proyectos sociales, dijo, suelen ser mejor para combatir la violencia cotidiana.
Cuando Río fue elegida sede en 2009 Brasil era “el país del futuro”, el presidente Lula era propuesto como presidente del Banco Mundial y el Cristo Redentor era dibujado como un cohete que partía hacia el espacio. Brasil, sabemos, entró en crisis. Celebró su Mundial. Salió airoso pese a la derrota 7-1 contra Alemania. Y llegaron los Juegos en medio de un temor gigantesco porque la crisis se agravó. Juegos que, entonces, ganaron antipatía porque su costo resultó indecente en medio de tanta denuncia de corrupción. Juegos “futbolizados”, con su dosis inevitable de chauvinismo, que, en nombre de la pasión, incluyó hostigamientos inédito a rivales y no sólo argentinos. Incluyó también a buena parte de los atletas brasileños haciendo saludo militar en el podio, sólo porque el dinero de sus becas pasaba por instituciones castrenses. Ridículo. Brasil –el costo y corrupciones eventuales son tema aparte- daba en el cierre por aprobados sus Juegos. Demostraba que competencias de este nivel también pueden hacerse afuera del llamado Primer Mundo. Su deporte, eso sí, no creció a la altura de lo que suele suceder con el país anfitrión.
Las páginas deportivas no son las de la economía. El deporte, además de trabajo, planificación e inversión, también es emoción. Hay que admirar y agradecer entonces a la Generación Dorada y abrir el crédito para quienes heredan ese legado. Confiar en el recambio que ayude a la recuperación de Las Leonas. Apostar a la vuelta definitiva de Juan Martín del Potro a los primeros planos. ¡Cómo no seguir creyendo en Braian Toledo! Saber que el deporte argentino, con todas sus limitaciones, con su escaso aporte a disciplinas madres del olimpismo (atletismo, natación, gimnasia) sigue teniendo lo suyo. Que su rendimiento en deportes de equipo contradice eso de que sólo servimos para hazañas individuales. Y que esto incluye a las mujeres. Los Juegos, es cierto, suelen exhibir élites deportivas y podio repetitivo a la superpotencia casi única que hoy es Estados Unidos. Pero pocos escenarios en el mundo ofrecen hoy tanta equivalencia de género como un Juego Olímpico. El que no supo o no pudo apreciar ese escenario fue el fútbol, acaso siempre encerrado en su condición de “deporte rey”. La AFA vive tal vez su peor crisis. Los Juegos le llegaron en el peor momento. Pasada la fiesta olímpica, la pelota criolla vuelve a rodar. Dudo que la humillación olímpica de Río pueda servir al menos de lección. Ni siquiera eso.
Sin desmerecer en absoluto la conquista, el oro de Sebastián Crismanich en Londres 2012, primero individual desde 1948, fue inesperado. Y no sólo eso. Apenas cinco meses después de la conquista, Crismanich recibía invitaciones para desfilar como modelo, para bailar en lo de Tinelli y para hacer teatro. Algunos periodistas le preguntaban al taekwondista si era judoca o karateca. Él se proponía ganar el Mundial. Difundir su deporte. Y repetir el oro en Río, con 29 años. Argentina no logró clasificar siquiera un taekwondista a los Juegos de Río. Semanas antes del inicio de las competencias, Crismanich, cansado de lesiones, anunció su retiro. Por eso, la cosecha de Río 2016 no sólo es superior en números. También es más sólida. Es cierto, son medallas doradas con una media de edad alta, que precisarán de recambio con vistas a Tokio 2020. Un paso de los años que reflejó como nadie La Generación Dorada. Manu Ginóbili y compañía que se despidieron pero siguieron escribiendo historia, se mantuvieron siempre fieles a ellos mismos. La contracara, en edad, podría ser el voleibol masculino, un equipo que sí podrá pensar en crecer para los próximos Juegos de Tokio. La mejor noticia, tras la eliminación de Río, fue el anuncio inmediato de que a Julio Velasco le fue renovado el contrato hasta el año 2020.
Los propios Juegos Olímpicos, no sólo el equipo argentino, precisarán renovación para Tokio. Ya no estarán allí Michael Phelps ni Usaín Bolt, héroes notables. Atracciones enormes que ayudan a disimular a campeones infantiles como Ryan Lochte, el nadador de Estados Unidos que protagonizó el mayor escándalo de Río. En Brasil, el Poder Judicial adquirió protagonismo inédito en los últimos años. Ha encarcelado o procesado a líderes políticos y a poderosos empresarios. Jueces y fiscales compiten casi para ver quién es más riguroso. Lo sufrió el olimpismo. La mentira de Lochte acaso no hubiese quedado al desnudo si un juez no obligaba a bajar del avión y no le retenía los pasaportes a dos de sus compañeros. Y nunca había sucedido que un poderoso miembro del Comité Olímpico Internacional (COI) terminara en medio de los Juegos en una celda común, acusado de reventa de boletos. Le sucedió a Pat Hickey, una especie de Julio Grondona, a nivel olímpico, del deporte irlandés. Su arresto deja al desnudo el método que, supuestamente, usan dirigentes deportivos para enriquecerse con negocios paralelos, agencias de viajes, revendedoras de boletos y otros. Hickey no es el único.
“Los Juegos no están dentro de una burbuja. Están dentro de una ciudad que tiene problemas sociales”. Lo dijo ayer Thomas Bach, presidente alemán del COI. Su entidad debió soportar que un juez brasileño obligara a que fueran autorizados carteles políticos dentro de los escenarios olímpicos. Pudieron seguir viéndose entonces pancartas que decían “Fora Temer”, por Michel Temer, el presidente interino de Brasil que, seguramente, volverá a ser silbado hoy en la ceremonia de clausura. En plena competencia, el Congreso brasileño dio un paso decisivo para echar del poder a Dilma Rousseff, la presidenta que habían elegido meses antes 54 millones de brasileños. Todo eso –además de la muerte del centenario Joao Havelange- sucedió en Río en plena competencia y pasó casi desapercibido. Nadie pudo ocultar, eso sí, que algunos de los medallistas de Río recordaran que habían logrado prepararse gracias a becas que habían recibido del gobierno desplazado. Lo dijo, por ejemplo, Rafaela Silva, la judoca nacida en la favela Ciudad de Dios. Y lo dijo también el boxeador Robson Conceicao, oro inédito para Brasil. Robson afirmó que, sin el boxeo, él hubiese muerto pobre en las calles. Y pidió al nuevo gobierno que desista su proyecto de bajar la imputabilidad de los menores. Que los proyectos sociales, dijo, suelen ser mejor para combatir la violencia cotidiana.
Cuando Río fue elegida sede en 2009 Brasil era “el país del futuro”, el presidente Lula era propuesto como presidente del Banco Mundial y el Cristo Redentor era dibujado como un cohete que partía hacia el espacio. Brasil, sabemos, entró en crisis. Celebró su Mundial. Salió airoso pese a la derrota 7-1 contra Alemania. Y llegaron los Juegos en medio de un temor gigantesco porque la crisis se agravó. Juegos que, entonces, ganaron antipatía porque su costo resultó indecente en medio de tanta denuncia de corrupción. Juegos “futbolizados”, con su dosis inevitable de chauvinismo, que, en nombre de la pasión, incluyó hostigamientos inédito a rivales y no sólo argentinos. Incluyó también a buena parte de los atletas brasileños haciendo saludo militar en el podio, sólo porque el dinero de sus becas pasaba por instituciones castrenses. Ridículo. Brasil –el costo y corrupciones eventuales son tema aparte- daba en el cierre por aprobados sus Juegos. Demostraba que competencias de este nivel también pueden hacerse afuera del llamado Primer Mundo. Su deporte, eso sí, no creció a la altura de lo que suele suceder con el país anfitrión.
Las páginas deportivas no son las de la economía. El deporte, además de trabajo, planificación e inversión, también es emoción. Hay que admirar y agradecer entonces a la Generación Dorada y abrir el crédito para quienes heredan ese legado. Confiar en el recambio que ayude a la recuperación de Las Leonas. Apostar a la vuelta definitiva de Juan Martín del Potro a los primeros planos. ¡Cómo no seguir creyendo en Braian Toledo! Saber que el deporte argentino, con todas sus limitaciones, con su escaso aporte a disciplinas madres del olimpismo (atletismo, natación, gimnasia) sigue teniendo lo suyo. Que su rendimiento en deportes de equipo contradice eso de que sólo servimos para hazañas individuales. Y que esto incluye a las mujeres. Los Juegos, es cierto, suelen exhibir élites deportivas y podio repetitivo a la superpotencia casi única que hoy es Estados Unidos. Pero pocos escenarios en el mundo ofrecen hoy tanta equivalencia de género como un Juego Olímpico. El que no supo o no pudo apreciar ese escenario fue el fútbol, acaso siempre encerrado en su condición de “deporte rey”. La AFA vive tal vez su peor crisis. Los Juegos le llegaron en el peor momento. Pasada la fiesta olímpica, la pelota criolla vuelve a rodar. Dudo que la humillación olímpica de Río pueda servir al menos de lección. Ni siquiera eso.
Lo más popular








