La metamorfosis

La inseguridad y los cambios policiales se relacionan.

13 Marzo 2004
Por Roberto Delgado

La seguridad es una materia compleja y difícil de manejar. Hace poco más de un mes el ministro Pablo Baillo se congratulaba de que habían bajado los asaltos a taxistas y conductores de remises, y hoy la comunidad lamenta los asesinatos de los remiseros Claudio Pereyra y Carlos Salazar. Con semejantes oscilaciones, medir la efectividad policial es prácticamente imposible, sobre todo en una sociedad en la que la desconfianza ciudadana lleva a que haya pocas denuncias, en la que no existen estadísticas criminales ni medios tecnológicos adecuados. Sólo se puede contar con una percepción sobre el "clima" de seguridad y con estrategias cambiantes para enfrentar las tormentas, con la idea de que, por ahora, todo es provisorio.
Por eso, a pesar de los deseos del gobernador José Alperovich de que en tres meses de gestión se solucionara el problema de la seguridad, hasta ahora se van tentando salidas, con momentos de euforia de funcionarios (como ocurrió hace un mes) y con instantes de inquietud por el recrudecimiento de la violencia (como ahora). Muestra de estas oscilaciones son los cambios incesantes en diferentes áreas policiales (en la Dirección de Investigaciones, en el Departamento Informaciones, en algunas comisarías como las seccionales 1ª y 2ª, que tuvieron tres jefes cada una, en estos cuatro meses). Se trata de señales de que no se termina de encontrar la gente adecuada para determinadas estrategias.
Eso estaba claro desde el comienzo. Hay hábitos, métodos, elementos, estrategias y vicios policiales que no pueden cambiarse de un plumazo, y eso incide en los resultados de una política de seguridad. Los policías están acostumbrados a trabajar de determinada manera, y todos los estamentos vinculados con la seguridad encajan en ese rompecabezas. Los agentes tucumanos son poco eficaces en prevención del delito y bastante efectivos en represión. De hecho, muchos hechos resonantes terminaron con delincuentes detenidos pocas horas después de cometidos. Pero todo es como un círculo vicioso. La situación no cambia demasiado, entre otras cosas porque a menudo los métodos de trabajo ayudan a mantener el statu quo. Por ejemplo, la ley de Contravenciones suele ser usada como método de recaudación más que como un elemento para prevenir, y las sospechas de coimas sobrevuelan de tanto en tanto sobre la mal pagada tropa policial. Si a eso se le añade una Justicia saturada de trabajo, ociosa para investigar errores y apremios policiales e incluso sospechada en causas resonantes como la de las 4x4, se entiende que muchas cosas no cambien. Son imparables los motoarrebatos, los robos de motos y bicicletas, los asaltos a repartidores y los ataques a taxistas. No se sabe qué hacer con los menores delincuentes, y se teme que esté circulando cada vez más droga en nuestro medio.
Sin embargo, hay una metamorfosis en marcha. Se ha comenzado a instruir en ciertas materias más "democráticas" (como Psicología y Pedagogía) a los instructores policiales. Los jóvenes que ingresaron a la fuerza de seguridad inundan el centro, y eso ayuda a que la sensación de tranquilidad aumente y, probablemente, a que disminuya la actividad de ciertos delincuentes como los pungas y las mecheras. Hasta ahora se ha tratado de preservar a los jóvenes de las tareas "duras", que saben hacer los viejos agentes, cuestionados por sus métodos, pero útiles como carne de cañón en la batalla. Los jóvenes policías no pueden entrar a los barrios densos como La Bombilla o Villa 9 de Julio, y tampoco los quieren asignar a las comisarías para que no se contaminen con los viejos hábitos.No es una cuestión menor. Aun cuando entre los viejos agentes hay muy buenos profesionales, es evidente que entre los dos tipos de policías hay formas opuestas de trabajo que están en pugna. Y una tendrá indefectiblemente que fagocitar a la otra.

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