El padre de los juegos de Río

La influencia de Havelange para la elección de estos JJ.OO.

El deporte mundial ya comenzó a hablar de los atletas olímpicos. De, ya llegarán sus turnos, los Michael Phelps y los Usain Bolt. Los que creen que los Juegos, como sucede desde hace tiempo, también son escenario de Guerra Fría, eligen hablar de Estados Unidos y su liderazgo en las acusaciones de “doping de Estado” contra Rusia.

Y los que prefieren poner sus ojos sobre Brasil se preguntan si los Juegos de Río terminarán favoreciendo al presidente interino Michel Temer, silbado en la apertura del viernes, o si, en cambio, ayudarán a la vuelta de Dilma Rousseff. Ni hablar de Lula, el presidente de moda cuando en 2009 le ganó, entre otros, nada menos que a Barack Obama, que viajó para que votaran por Chicago. El mismo Lula al que el diario Financial Times proponía en 2009 como presidente del Banco Mundial y que hoy está bajo proceso judicial. El mismo Lula que, quién sabe, acaso podría volver a ser elegido en 2017 como presidente.

Pero el hombre que siempre se jactó de haber logrado que Río de Janeiro viviera su fiesta de estos días, el dirigente más poderoso en la historia del deporte de Brasil, tiene hoy cien años y sigue su obra por la TV: se llama Joao Havelange.

Un mes atrás, tras uno de sus últimos problemas de salud, el ex presidente de la FIFA (1974-1998) fue dado de alta del cuadro de neumonía que lo había obligado a ingresar en el Hospital Samaritano, de Botafogo, zona sur de Río. “Quiere ir a la apertura de los Juegos”, dijo inclusive su vocero. Se lo merecía. Al fin y al cabo, él luchó como pocos buscando votos para Río.

“Los espero para celebrar juntos mis cien años de edad”, decía a sus amigos, dirigentes votantes del Comité Olímpico Internacional (COI) y de Federaciones internacionales, muchos de ellos deudores de viejos favores. Havelange, efectivamente, cumplió sus cien años. A los 20, fue nadador en los Juegos Olímpicos de Berlín, en la Alemania nazi. Juegos de los que estos días se celebran ochenta años, sin que el COI hubiera expresado jamás arrepentimiento por habérselos dado a Adolf Hitler.

Havelange se declaró entonces fascinado por la organización nazi. Admiró la Filarmónica de Berlín. Y disfrutó el descuento del 75% en el precio del boleto, que le permitió recorrer Alemania. En los Juegos de Helsinki ‘52, segundos de la posguerra, Havelange integró la selección brasileña de waterpolo. Nadó casi toda su vida. Apenas daba la mano, ya trasmitía una salud de hierro. Todavía lo recuerdo en el Congreso de la FIFA de 2002 en el hotel Hilton, de Puerto Madero.

Soportó estoico la reunión de seis horas de Comité Ejecutivo que buscó arrinconar al presidente Joseph Blatter. Igual al día siguiente con la Asamblea que votó por la continuidad de su delfín suizo. Apenas terminó la sesión, los delegados corrieron al baño. Y él, con 85 años, caminaba tranquilo por el salón.

Le pregunté si no sentía responsabilidad por la quiebra de ISL, brazo comercial de la FIFA, la firma que creó su amigo Horst Dassler, fundador de Adidas. “Recibí la FIFA en 1974 con 20 dólares en la tesorería y la dejé con contratos por valor de 4000 millones”, me respondió, seco, con tono intimidatorio. A metros, todos hacían fila para el baño. “Mi próstata –le dijo su secreto en voz baja a Julio Grondona- funciona como si tuviera veinte años”.

En 1978, Havelange celebró con éxito su primer Mundial como presidente de la FIFA, la Copa en una Argentina de bota militar. El Mundial de Jorge Videla. Dos años después, él y su amigo Dassler fueron claves para que el español Juan Antonio Samaranch fuera votado en Moscú como nuevo presidente del COI. A cambio, Samaranch impulsó el ingreso pleno de los deportistas profesionales a los Juegos.

La fiesta fue en 1992 en Barcelona, su ciudad natal. Un año antes, ya muerto el dictador Francisco Franco, cerca de 100.000 catalanes habían exigido la salida de Samaranch. Cantaban en la plaza San Jaime, frente a las puertas de la Generalitat: “Samaranch fot el camp” (Samaranch andate). Samaranch era entonces presidente de la Diputación de Barcelona. Usó uniforme franquista y saludó con el brazo erguido.

Sabio, abandonó la política y se refugió en el deporte. Llegó a presidente del COI, el mismo cargo al que hoy aspira su hijo de 56 años, que lleva el mismo nombre y el jueves pasado fue elegido en Río como vicepresidente del COI. Fue impulsado por el propio presidente del COI Thomas Bach, que a su vez era delfín de Samaranch padre. Así suele funcionar el club del poder en el deporte mundial. Havelange, a él volvemos, también quiso designar a su heredero. Primero con Blatter (que fue su secretario general) y luego con Ricardo Teixeira (que era su yerno). Samaranch padre, Blatter y Teixeira terminaron dejando todos sus cargos tras graves acusaciones de haber permitido corrupción. Havelange, claro, también.

Allí están ahora los documentos de la Cancillería brasileña, publicados días atrás por el diario Folha, que prueban la influencia decisiva de Havelange para que Río ganara la sede olímpica. Los países africanos siempre le agradecieron haber sido él quien expulsó de la FIFA a la Sudáfrica de los tiempos del apartheid. Havelante se jactó de haber impulsado a Carlos Arthur Nuzman como presidente del Comité Organizador de los Juegos de Río. Y, no obstante algún inoportuno exceso de optimismo, se jactó también de haber logrado él los votos decisivos para la Ciudad Maravillosa.

¡Cómo no emocionar a los viejos amigos invitándolos a celebrar todos juntos su cumpleaños número cien? En 2011, sin embargo, Havelange debió irse del COI por la puerta de atrás. Fue obligado a renunciar para evitar el bochorno. Ya se conocían las graves denuncias de corrupción en la FIFA, de los sobornos que había recibido de su amigo Dassler, en el escándalo ISL que, con el tiempo, liquidó también a Blatter y Teixeira. Y el COI, del cual Havelange era miembro decano, con 48 años de antigüedad, le dijo que debía irse.

“Entregó los anillos olímpicos –escribió el periodista Juca Kfouri- para no perder los dedos”. En 2013 también tuvo que renunciar al cargo de presidente honorario de la FIFA, la entidad que él se había jactado de haber refundado.

Pobre Joao. Llegó vivo a los cien años. Pero su centenario, el 8 de mayo pasado, no fue precisamente la fiesta que él había imaginado. Sólo se le mantuvo fiel la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF). “Uno de los mayores dirigentes del siglo”, lo felicitó la CBF.

“El mayor presidente de la historia de la entidad”, agregó el comunicado. Si fuera por el presente, tal vez tiene razón. Sus sucesores fueron provocando bochornos, uno tras otro, incluido el actual, Marco Polo Del Nero. “El único Marco Polo –ironizó el diario Folha- que no se atreve a viajar por el mundo porque teme ser arrestado por el FBI”. Acaso fue Havelange el que inició la ruta de las tentaciones. Sabía que la dictadura de Videla quería organizar sí o sí el Mundial ‘78 y supo sacar provecho de la situación.

Creyó que sería eterno. “Doctor Joao”, le decían con reverencia en Brasil, siempre protegido por la TV Globo. Eran tiempos en los que aspiraba al Premio Nobel de la Paz. Y en los que el COI, hoy desagradecido, lo distinguía como uno de los tres mayores “Dirigentes del Siglo”, junto con Samaranch y el barón de Coubertin. Hoy, el presidente del Comité Organizador de los Juegos de Río se llama Carlos Nuzman. Años atrás le preguntaron quién era su dirigente de referencia. “Soy discípulo –respondió Nuzman- de Joao Havelange”.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios